
Estado de la libertad artística en Latinoamérica 2020- 2022
Entre 2020 y 2022, artistas de toda América Latina enfrentaron censura, amenazas, persecución, violencia y exilio por ejercer su derecho a crear y expresarse.
Este informe realizado por Bulla, reúne esos patrones, documenta los casos más representativos y analiza cómo el autoritarismo, el conservadurismo y el crimen organizado han impactado la libertad de expresión artística en la región.
La libertad artística es también un indicador del estado de los derechos humanos y de la democracia. Cuando un artista es censurado, perseguido o amenazado por lo que crea o expresa, no solo está en riesgo su derecho individual a la libertad de expresión: también se reduce el espacio para el pensamiento crítico y para la participación en la vida pública.
En América Latina, este escenario se ha vuelto cada vez más preocupante. Entre 2020 y 2022, artistas y trabajadores de la cultura enfrentaron censura, amenazas, persecución, violencia y exilio en distintos países de la región. El informe Estado de la libertad artística 2020–2022 analiza estos ataques y documenta cómo actores estatales, grupos de narcotráfico y organizaciones del crimen organizado han convertido la creación artística en un territorio cada vez más vulnerable.
El informe identifica tres grandes patrones que atraviesan la región. El primero es la radicalización de los regímenes autoritarios de Cuba, Venezuela y Nicaragua, donde las restricciones al espacio cívico y la persecución de las voces disidentes han afectado directamente a artistas y trabajadores de la cultura. El segundo es el avance de la censura y el hostigamiento en contextos democráticos, impulsados por discursos conservadores, tradicionalistas y populistas que buscan limitar expresiones relacionadas con los derechos de las mujeres, las comunidades LGBTI o la religión. El tercero es el impacto creciente del narcotráfico y el crimen organizado, que ha provocado amenazas, asesinatos, extorsiones y cancelaciones de eventos y actividades culturales.
Aunque las formas de represión y violencia cambian de un país a otro, el resultado es similar: artistas que dejan de crear, cancelan presentaciones, abandonan sus lugares de origen o recurren a la autocensura para protegerse.
El informe dedica una mirada particular a Colombia y Cuba. En el caso colombiano, analiza el papel que han desempeñado el grafiti y el arte urbano como herramientas de reflexión, denuncia y reparación en los debates sobre memoria y justicia, así como la participación de artistas y expresiones artísticas durante los estallidos sociales de 2019 y 2020. También documenta los riesgos que enfrentan artistas y trabajadores de la cultura que ejercen su actividad como una forma de activismo o liderazgo social en territorios afectados por la violencia, la inseguridad y la presencia de organizaciones criminales.
En Cuba, el panorama está marcado por el endurecimiento de la represión contra las voces disidentes. El informe analiza la aprobación del Código Penal de 2022, el exilio forzado y las distintas formas de expulsión y hostigamiento que han enfrentado artistas identificados o considerados opositores. También recoge testimonios de artistas que permanecen en la isla y que continúan creando en medio de condiciones económicas adversas, dificultades para acceder a materiales y financiamiento, censura y hostigamiento.
A pesar de este escenario, el informe también muestra la capacidad de resistencia de artistas y audiencias. En distintos países de la región, las movilizaciones sociales, la presión ciudadana y las herramientas de los sistemas democráticos han permitido enfrentar intentos de censura y defender el derecho a la libertad de expresión artística. La solidaridad y los vínculos entre artistas de diferentes países aparecen, además, como una herramienta fundamental para mantener vivas expresiones culturales que, en otros contextos, podrían desaparecer.
El panorama regional sigue siendo preocupante. La violencia del crimen organizado se ha extendido a nuevos territorios y sus efectos sobre la cultura todavía son difíciles de dimensionar. Artistas han perdido la vida, han abandonado sus trabajos o han suspendido conciertos y festivales debido a las amenazas y la extorsión. Al mismo tiempo, queda pendiente comprender una de las consecuencias menos visibles de este fenómeno: la autocensura y el repliegue de artistas hacia otras actividades como respuesta a la violencia y la inseguridad.
Monitorear y documentar estas situaciones permite entender que la libertad artística no es un derecho aislado. Su deterioro es una señal de alerta sobre el estado de las libertades fundamentales y sobre la capacidad de una sociedad para convivir con la diferencia, el pensamiento crítico y la disidencia.
Porque cuando intentan silenciar el arte, también están restringiendo el espacio para la libertad de expresión y la participación democrática.
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