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El aguante indígena en Bogotá

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Fotos de Kicho Cubillos y Alejandro Mazuera

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Algunos líderes muiscas, je’eruriwas, yauna, huitoto, entre otras comunidades, se han organizado en la capital colombiana para evitar que sus tradiciones sean borradas de la historia nacional. Actualmente hay presencia de más de 87 pueblos indígenas en la ciudad y estas son algunas de sus luchas.

Alejandro Mazuera Navarro

En una casa ubicada en una zona montañosa del centro de la ciudad se realiza un baile amazónico. Aunque muy lejos del pulmón del mundo, los participantes danzan con máscaras que evocan a los animales de la selva. En otra montaña capitalina pero más hacia el sur, en un colegio, también se baila en honor al guatín, un roedor similar al cuy, propio del Chocó. Por su parte, algunas mujeres en Chapinero Alto cocinan la harina de yuca para hacer casabe, una tortilla que no puede faltar en las comidas de los indígena de la Amazonía. Mientras tanto una abuela examina, haciendo uso de la medicina tradicional de Bacatá —uno de los territorios que hacía parte de la Confederación Muisca—, a un hombre que sufre un dolor: ordena que lo soben y también le formula plantas. Todos estos indígenas viven en la ciudad, llegaron desde diferentes puntos cardinales del país. Aunque usted no los vea a diario, actualmente hay presencia de más de 87 etnias indígenas en Bogotá.

Cada vida es una historia: las hay alegres, de conocimiento, como las de quienes vienen de la Sierra Nevada a capacitarse en universidades como la Nacional. A ellos se los ve andar por el campus, a veces en búsqueda de algún texto que dejó un profesor en la fotocopiadora. Pero para ser sincero, estas experiencias no corresponden a la mayoría, ya que muchos indígenas llegan a la capital por desplazamiento violento y deben adaptarse a las malas a una vida diferente, con un ambiente hostil y acelerado.

Los indígenas llevan más de quinientos años resistiendo, por ello en medio de las dificultades buscan preservar su cultura y saberes tradicionales, y para este fin existe una organización llamada ASCAI, la cual reúne a los diversos cabildos fundados en la ciudad.

Eduardo Rodríguez Macuna es el nombre en español que le pusieron a Ewaeaya’ami (se lee guapayami). Es algo que sucede en muchos pueblos indígenas: algunos integrantes tienen un nombre en su idioma y otro en castellano.

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Ewaeaya’ami con un tabaco

 

Ewaeaya’ami llegó a la ciudad huyendo del conflicto en el norte del departamento del Amazonas. Aunque en su pueblo recibió el título de guerrero, “solo está permitido matar para comer”, explica. La cosmovisión de su gente habla sobre la inutilidad de los conflictos. “La primera guerra fue entre los seres del aire y del agua —continúa—, y después de una larga lucha entendieron que no es útil, que nadie gana”.

Él hace parte de los Je’eruriwas (se lee jerurivas), un pueblo que originalmente se asentó en el río Wani´iyá, afluente del río Caquetá, y que actualmente se encuentra al borde de la extinción, víctima de la violencia. Hoy sobreviven 78 de ellos y todos son desplazados.

El Ministerio del Interior aún no los reconoce como una comunidad indígena y se espera que en octubre finalmente se logre dicho nombramiento. Macuna viene dando a conocer su cultura y organiza bailes tradicionales en los cuales los participantes visten máscaras de animales, que “son ancestros de los seres humanos, superiores. Ellos pueden saber [previamente] que va a haber un terremoto, chillan frente a su amo porque saben que va a morir”.

Eduardo Rodríguez Macuna vive en la localidad de Santa Fe, una zona de calles empinadas y casas humildes. La ciudad no ha sido nada sutil con su comunidad. “Chocamos con unas verdades distintas. Los jóvenes se meten en drogadicción y muchos son engañados”.

 

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Plantas del mambeadero, coca y tabaco

 

 

No obstante, él conserva sus saberes. Su esposa, Soraya Yauna, que es del pueblo Yauna del Amazonas, cocina los platos típicos de su región. “La Caguana es de almidón de yuca y siempre está en la maloca (construcción indígena) cuando llegan visitas. Acá la brindamos a los amigos cuando vienen a visitarnos”.

Este hombre trabaja en la espiritualidad de los integrantes de su pueblo a través de plantas como la coca y el tabaco y realiza ceremonias para armonizar y restablecer el equilibrio. Dice que esas son las funciones de los indígenas, pero que han sido hechas a un lado. “Los grandes ricos del mundo, en su afán por obtener esas riquezas, han alterado el planeta entero, han contaminado las aguas y han profanado la tierra”. 

Fanny Cuiro también viene del Amazonas, más exactamente de La Chorrera, un corregimiento cercano al Caquetá. Es huitoto, estudió derecho y actualmente realiza una maestría. Junto a otras compañeras de su misma comunidad decidieron crear la casa cultural Mutesa (Mujer, Tejer y Saberes), en la que los indígenas, especialmente las mujeres, encuentran un lugar más amable, parecido a lo que dejaron al salir de sus territorios.

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Fanny y una pintura

 

En esta edificación de tres pisos al oriente de Bogotá se puede descansar en hamacas o comprar artesanías. Allí, junto a las mochilas Wayuú, se pueden ver canastos Wounaan de colores o delfines hechos en madera por los Ticunas. “No es solo que se encuentren [aquí] mujeres de diversas culturas indígenas —dice Fanny—, sino que haya un espacio en el que, por medio del diálogo, las que llegan de nuestras comunidades desplazadas sanen sus dolores”.

En esta casa también se cocinan platos de comunidades indígenas, y para eso la jornada debe empezar muy temprano, pues se debe salir a las 5 de la mañana a buscar algunos productos que no se consiguen fácilmente en Bogotá, alimentos que llegan por avión de lugares como la Amazonía colombiana.

Los sábados en Mutesa se dictan talleres de tejido y artesanía. Del grupo de participantes sobresalen tres jóvenes chicas que, durante mi visita, no apartaron la mirada del telar. Una de ellas tiene una camiseta de la banda Sepultura, es amante del rock y su piel es bastante blanca. Las apariencias me engañaron. Se trata de la hija de Fanny Cuiro, Sara Barona, quien se auto reconoce como huitoto y dice que lo que más le gusta de su cultura es que todos se ayudan entre sí.

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Sara Baronap

 

 

Las otras chicas que tejen en el telar también nacieron en la capital del país, pero al igual que Sandra se reconocen como indígenas. Ellas son Laura Daniela Peña y Lina Andrade. Laura estudia artes visuales y realiza cuadros con temas alusivos a la selva, a su gente, y dice que lo referente a la cultura huitoto vive siempre en ella pues las energías de la naturaleza le ayudan a sobrevivir en la ciudad. A Lina, en cambio, le costó aceptar que era indígena, y asegura que fue por un proceso de ignorancia, sin embargo, hoy se siente orgullosa de sus raíces que vienen del pueblo Piratapuyo del Amazonas.

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Laura Peñap

 

 

Nakha, en idioma de los Wounaan del Chocó y del Valle del Cauca, es un nombre que significa simple, sencillo y humilde. John Freddy Valencia —como se llama Nakha en idioma castellano— lidera desde 2015 un proceso de etnoeducación en el Colegio Confederación Brisas del Diamante, del barrio Vista hermosa (Ciudad Bolívar), zona en la que habitan más de 400 Wounaan del Chocó, quienes al igual que Nakha llegaron a causa del desplazamiento. Los miembros de este pueblo rara vez se van a vivir a un lugar donde no haya otros integrantes de su comunidad, pues para ellos es vital vivir unidos y compartir propósitos comunes.

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Nakha posando y la ciudad de fondo

 

El plan educativo de Nakha consiste en inculcar las enseñanzas de los grupos étnicos junto a las materias tradicionales de la ciudad, por esta razón en los talleres los niños mestizos, los indígenas y los afros aprenden por medio del juego a conocer y valorar los saberes de este grupo que habita en las selvas chocoanas.

“Había muchos choques culturales —reconoce John Freddy Valencia—, los niños Wounaan no se integraban con otros compañeros que no fueran de su comunidad. Además, había algunos que no hablaban el español y por eso no entendían lo que les explicaban”. Pero eso cambió. Actualmente se puede apreciar cómo todos los estudiantes, sin importar la raza, saludan con alegría a John y disfrutan de sus talleres. Bailan, cantan y aprenden de sus compañeros.

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Nakha durante una clase.

 

Y ese cambio lo certifica Herminia Sánchez, docente titular del Aula Diferencial, un salón en el que los más pequeños aprenden a reconocer los saberes propios de su pueblo. “Antes había niños que les daba pena decir que eran indígenas. Hoy se sienten orgullosos diciendo “yo soy Wounaan””. También asegura que los comentarios racistas, que a veces se escuchaban, hoy han desaparecido. 

Herminia también echa mano de los saberes de las madres de los niños en este proceso de aprendizaje multicultural, a quienes invita para que expliquen costumbres emblemáticas de sus comunidades, como el maquillaje.  “Yo aprovecho esos trazos para enseñar las figuras geométricas, para trabajar los números y articular toda la parte oral del castellano”.

 

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Niños Wounaan

 

 

Estos talleres que dicta Nakha se han convertido en un ejercicio de tolerancia, pues en este colegio también hay niños de otras comunidades indígenas, como los Pijaos.

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Niños Wounaan

 

 

Este territorio citadino conocido como la capital de Colombia no solo recibe indígenas de diferentes latitudes del país. En Bogotá también ha existido un pueblo originario: los muiscas, cuyos saberes medicinales y medioambientales hoy son empleados por la abuela Blanca Nieves Ospina Mususú.

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Blanca Nieves Ospina Mususú posando

 

 

“Aunque el apellido del abuelito era Ospina, nuestro apellido real, natal, nativo, es Neuque. Mususú [es] por las abuelitas. Nosotros somos de línea materna. Y es que todo el territorio Muisca es de útero, de vientre de madre, sagrado de lagunas”. 

Esta mujer ha hecho parte del proceso de recuperación de la cultura muisca que vienen adelantando algunos integrantes de la comunidad después de la Constitución del 91, pues gran parte de los saberes de sus ancestros fueron borrados y su organización social aniquilada con el arribo de los españoles, llegando hasta el punto de prohibir un alimento que para ellos era vital: la quinua.

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Abuela Blanca

 

 

No obstante, en la sombra siguieron existiendo personas que atesoraban estas enseñanzas a pesar del temor a ser castigados. “Mi abuelita Amalia me decía “ustedes no digan que son indígenas porque los matan” —cuenta Blanca—. Imagine esa cadena de miedo que ellos traían”.

La señora Ospina Mususú dice que ha recuperado muchos de sus saberes por medio de visiones que llegan a través de los sueños, y de la planta del tabaco. Hoy usa estos conocimientos ancestrales para curar con medicina tradicional, además realiza un proceso de recuperación ambiental en la zona donde vive, Suba, al noroccidente bogotano, un lugar sagrado para los muiscas, pues allí hay 4 cerros donde sus comunidades hacían ofrendas y pagamentos a sus dioses.

Ella entiende, desde su sabiduría ancestral, lo que muchos ambientalistas mencionan: que los ecosistemas se encuentran unidos entre sí formando una sola cadena. Por esta razón están reforestando desde el cerro hasta la parte baja, en el humedal La Conejera, en donde siembran árboles nativos que fueron arrancados, lo cuales ofrecen equilibrio al suelo, así como alimento y medicina para su pueblo.

Según la abuela Blanca, la segunda aniquilación, después de la conquista, fue la que se produjo con los cultivos de flores en los años setenta, ya que “cambiaron cauces de aguas y secaron terrenos fértiles. Hoy muchos de los que trabajaron allí tienen cáncer”. A ella le preocupan los planes de Peñalosa en zonas como la Reserva Van der Hammen: “Nuestro adorado alcalde quiere convertir el sector en asfalto y en concreto, y eso es lo que no queremos”.

La abuela, al igual que Eduardo Rodríguez, realiza ceremonias para armonizar y buscar el equilibrio del medio ambiente. Como Fanny Cuiro, la líder huitoto de Mutesa, también se preocupa por los indígenas que llegan a la capital y los ayuda por medio de ASCAI, la Organización de Cabildos del Distrito. Y como Nakha, también lleva un proceso de etnoeducación en un colegio de Suba.

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Artículos de Blanca

 

El indígena es el guardián de la Tierra. Sus prácticas están relacionadas con mantener el ciclo ambiental, el calendario ecológico y, en general, la salud de la naturaleza. Cuando llegan a las urbes no solo buscan preservar su identidad, también pretenden que por medio de sus saberes se restablezca la armonía del entorno con la Pachamama y con los miembros de sus comunidades en la diáspora: encontrar el equilibrio en medio de esta selva de cemento llamada Bogotá.


Este artículo hace parte de la alianza Cartel Urbano - Colectivo Proterra para la generación de contenidos sobre el medio ambiente. Este colectivo es una organización que busca contribuir a la construcción de territorios sostenibles e incluyentes a través de diferentes iniciativas con empresas, comunidades indígenas y campesinas.

 

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