La vida útil de las bicicletas que se fabrican hoy en día es vergonzosa comparada con la de las monaretas, que durante décadas encabezaron la lista de regalos navideños y es por eso que acá le traemos un breve recorderis de estas reliquias que marcaron (y aún marcan) infancias.

 

Daniel Fandiño / @sinsecuencia

La Calle 13 o Avenida Jiménez es el lugar al que actualmente los ‘Nairos’ o ‘Rigos’ rolos van en busca de una bicicleta asequible. Las favoritas de los compradores son las fijas, las todoterreno y las de BMX, sin embargo, lo que muchos de los clientes no saben es que todas esas bicis son unas ‘culicagadas’ al lado de esos ponys de acero sobre los que sus padres aprendieron a montar.

Las monaretas llegaron a Sudamérica a finales de la década de los 40, cuando en Brasil se estableció la entonces denominada Monark Indústria e Comércio Ltda, que luego para el 62 se llamaría Monark S.A. La empresa rápidamente se convirtió en un gigante productor de las bicicletas que para la época encabezaban la lista de deseos que los más pequeños le hacían a Papá Noel. Perú fue el otro país de este lado del charco que empezó a importar las Monark, directamente desde Suecia.   

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Imágenes tomadas de Monark Brasil

 

A pesar de no haber mucho archivo al respecto, es claro que la industria Monark Colombiana S.A. llegó a Cali en la década del 50. Durante una entrevista realizada por Fernando Millán en mayo de 2012 a Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, este cuenta cómo fue que sobre una turismera Monark que le costó 70 pesos, obtuvo sus primeros triunfos en uno de los deportes que más le ha sonreído a Colombia.

Hace aproximadamente 8 años John Tovar, un bogotano apasionado por la mecánica, se propuso trabajar en un proyecto animado por el deseo de su novia (hoy en día su esposa), de tener una bicicleta que fuera única e imposible de conseguir en una tienda convencional. “Pensando en eso un día me encontré en una chatarrería un marco de una Monark Riviera y empecé. Duré alrededor de seis meses en esa bicicleta, tratando de conseguir partes y de armarla como yo creía que debía verse una bicicleta restaurada. A ella le gustó mucho pero fue a partir de esa bicicleta que noté que estaba haciendo las cosas mal”. Eso motivó a John a montar su taller: La Cicla, ubicado en Suba, aunque también ha trabajado en las casas de algunos clientes que quieren estar al tanto del proyecto.

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Foto de María José Alarcón

 

El proceso con la primera restauración de una monareta no había sido del todo satisfactorio para Jhon, pues a la bicicleta aún le faltaban piezas originales, calcomanías y detalles de acabados, errores que con el tiempo su ojo de publicista le permitió reconocer. “Usted va a un mecánico de cualquier taller de bicicletas y la restauración consiste en que la desarma, la engrasa, la vuelve a ensamblar, pinturita por aquí y ya, sale. La pintura en casi todos los talleres se aplica a lo que caiga y es por eso que hay problemas de rayones, de sobrecapas, de gotas y más”. Debido a la práctica el proceso de restauración de una monareta le puede llevar a John de 3 a 4 semanas, eso dependiendo de la consecución de las piezas. Actualmente ha logrado materializar exitosamente cerca de 80 trabajos desde que empezó.

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Foto izquierda de María José Alarcón y Foto derecha de John Tovar

 

El trabajo de John con las bicicletas es hecho a mano, es un proceso artesanal que sumado a las piezas originales, hacen de estas Monark auténticas obras de arte cuyo valor ronda los 700.000 y el millón de pesos. “En un principio yo lijaba y limpiaba todo el metal, el proceso era muy largo y no quedaba tan bien porque después al aplicar la pintura con pistola quedaban superficies rizadas. Lo que hice fue probar el Sandblaster con arena pero igual se maltrataba mucho el metal. Finalmente usé cáscara de arroz que es lo que ahora hago, lo muelo, saco la harina y con eso pelo la bicicleta a presión, eso limpia el metal de óxido y le permite ver a uno qué le toca reparar”

El lema del proyecto de John es: “No restauramos bicicletas, restauramos sueños.” Uno de esos trabajos que recuerda con gran afecto lo denominó El Ángel. “Una muchacha trajo una bicicleta que era del primo, un joven que murió cuando tenía 18 años y ella 19, ambos se criaron como hermanos pero el pelado tuvo una decepción amorosa y se metió en el garaje, prendió el carro y ahí quedó. -Explica Jhon- La bicicleta la tuvieron arrumada desde que murió. Ella no me contó la historia, me la contó el esposo cuando estábamos definiendo colores y detalles. Cuando la fuimos a entregar, pasa en las películas y en la vida real, la familia se reunió para recibir la bicicleta y eso fue un mar de lágrimas de todos y pues uno se conmueve también.”  

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Foto de John Tovar

 

Dentro del proyecto también ha restaurado y reconstruido patinetas y algunos triciclos de los que se fabricaron en Medellín entre los años 50 y 80, uno de ellos para Jaime Pulgarín, un cliente para el que John ha hecho tres trabajos. “De niño uno creció en una familia muy pobre, yo tengo 47 años, hace como 40 yo monté en esas Monark en Manrique, ahí hay un lugar que es muy conocido en Medellín que se llama la Munka- Munka que todavía existe. -Asegura Jaime- Ahí a uno le alquilaba la mamá una o dos veces en el año una de esas bicicletas por 15 minuticos y eso era un placer uno pedalear, es una experiencia que difícilmente se vuelve a repetir. Desde ahí han sido tres proyectos, un triciclo, una bicicleta para mi hija que lleva cinco años en Estados Unidos y ahora quería una bicicleta pero con la temática de Coca-Cola y pues yo me llevo la satisfacción de esos proyectos”.  

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Fotos de John Tovar

 

La monaretas son reliquias que marcaron generaciones: desde aquellos pequeños que aprendieron a montar en estas bicicletas, señores que paseaban por el centro de la capital, hasta jóvenes ilusionados con llegar a ser esos ‘escarabajos’ que representarían al país en las competencias de mayor exigencia a nivel global.

 

Acá el proceso de ensamblaje de la 'Mona Coca Cola', el último proyecto de John.  

 

 

Échele un ojo más de cerca al trabajo de John Tovar aquí.