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Un libro imposible enviado a Fidel Castro y otras anécdotas del “librovejero” de Gabo

Un libro imposible enviado a Fidel Castro y otras anécdotas del “librovejero” de Gabo

Ilustraciones de Enka

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Al dueño de San Librario el país lo recuerda por el robo que sufrió de una primera edición de ‘Cien años de soledad’ durante la Feria del Libro de 2015. Pero más allá de eso, entre el librero y García Márquez existió un trato fortalecido por el intercambio de libros, encuentros en Cuba y dedicatorias del Nobel. “Yo tuve una relación bonita con él”, dice. 

Tomás Tello

Cada vez que arranca la Feria del Libro, una amarga anécdota le hace ruido en la cabeza a Álvaro Castillo, cofundador de San Librario, la tradicional librería bogotana.

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Para la feria de 2015, que tuvo a Macondo como país invitado, prestó una primera edición de Cien años de soledad que consiguió a seis dólares en Montevideo. La reliquia se la encontró rebuscando entre libros de segunda mano, y el propio Gabriel García Márquez le puso su sello, invaluable para el librero: "Para Álvaro Castillo, el librovejero, como siempre, y desde siempre, de su amigo Gabriel". El último sábado de la feria, con Corferias abarrotado, alguien abrió la caja de seguridad donde se guardaba el ejemplar, lo sacó y se lo llevó. Álvaro recibió una llamada avisándole del robo. No dijo palabra alguna, colgó y se fue a caminar sin rumbo. Se armó de valor para ir hasta el stand donde estaba el libro, se paró en frente de la caja desocupada con los labios temblorosos a punto de estallar pero, otra vez, enmudeció. La angustia le duró seis días: el viernes siguiente la Policía encontró el libro en La Perseverencia. Álvaro lo recibió en rueda de prensa televisada, lloró de la emoción y donó el libro a la Biblioteca Nacional.

Esa vez, Álvaro mojó prensa y la historia llegó hasta medios internacionales. Sin duda, es la anécdota de Álvaro Castillo que más se recuerda pero detrás de la relación que tuvo con Gabo se esconden otras que lo marcaron. “Yo tuve una relación bonita con él”, dice este tipo, quien prefiere que se refieran a él como uno de los libreros del escritor pero no se atreve a decir que fue su amigo.

Toda conversación entre ambos, recuerda el librero, empezaba con un “Ajá, ¿cómo va la vaina?” de García Márquez. Hablaban de política, nuevos autores, tendencias, fútbol y de Cuba, la isla en donde se encontraron más de una vez y, dice Álvaro, el lugar en el que el Nobel se veía más que nunca como una persona común y corriente.

Estas son otras anécdotas que ligan al “librovejero” con el escritor, contadas por él mismo:

 

Cuando Gabo quiso tener la primera edición de ¿Arde París?

En 1997, Eligio García Márquez, uno de los 15 hermanos del Nobel, se puso a investigar el proceso de escritura detrás de Cien años de soledad. Para su tarea, buscó los libros que había leído su hermano durante el tiempo que escribió su obra cumbre, pero los quería en la misma edición y leerlos en las mismas fechas en que lo había hecho Gabo. Eligio se comunicó con Álvaro y recibió de su mano novelas como Los recuerdos del porvenir (Editorial Joaquín Mortiz) de Elena Garro y Las palmeras salvajes (Editorial Sur) de William Faulkner, un escritor del que le pasó varias obras. Tiempo después, en 2001, Eligio publicó Tras las claves de Melquiades.

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Una vez vio el trabajo de Álvaro, Eligio le habló a Gabo sobre el vasto conocimiento literario del librero y exaltó su capacidad para conseguir libros. Por eso, a través de Eligio, Gabriel García Márquez mandó a pedirle la primera edición de ¿Arde Paris? de la editorial Plaza y Janés, libro escrito por Dominique Lapierre y Larry Collins. Extrañado, Álvaro le dijo que había otras ediciones de la novela. Pero esas no servían. “Gabito quiere esa porque trae mapas y fotos”, le comunicó Eligio al “librovejero”, quien no tardó en conseguirlo y convertir ese en el primero de los muchos intercambios de libros que realizaron.

 

Fidel Castro, amigo de García Márquez, también necesitó del librero

Haciendo memoria, Álvaro recuerda con detalle la llamada que recibió de Eligio García Márquez pidiéndole un encargo para Fidel Castro, quien antes le había encomendado al Nobel, su amigo, que le consiguiera un libro:

– Álvaro, ¿podrías conseguirme la biografía Fidel: un retrato crítico de Tad Szulc?
– No sé, Eligio. Ese libro está agotado acá. Grijalbo, la editorial, lo remató en el 92. ¿Quién lo busca?
– Gabito me dijo que lo necesitaba.
– Pero, no entiendo, él vive en México y lo más probable es que allá sí lo consiga.
– Lo que pasa es que viaja mañana temprano y tienen que enviar el libro mañana mismo.
– ¿Enviarlo a quién? No entiendo.
– Mira, lo que pasa es que Fidel le pidió el libro a Gabito.
– ¿Cómo así? ¿Fidel le pidió a Gabriel García Márquez una biografía de él mismo?
– Sí.
– Listo. Yo la tengo, se la consigo.
– Perfecto. ¿Cuánto vale?
– ¿Usted cree que yo le voy a cobrar un libro a Fidel Castro? Le voy a pedir, eso sí, que me deje mandarle una carta.

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Y así quedó la llamada. Como era de un día para otro, Álvaro recuerda que escribió una carta corta para Castro en la que le dejaba clara su admiración. La misiva arribó a buen puerto, seguramente de manos de Gabo, pues años después llegó un recado especial para el “librovejero”: un libro de fotos y retratos de Fidel Castro, realizado por el fotoreportero cubano Liborio Noval, con un mensaje: “Para Álvaro Castillo, un presente. Fidel Castro Ruz”.

 

Dedicatorias de Gabo para los amigos y exnovias del “librovejero”

Un amigo de Álvaro que le compraba libros prolíficamente le pidió que le consiguiera una dedicatoria del Nobel para una primera edición de Cien años de soledad. El amigo sabía de antemano que el librero tenía contacto con el escritor, por lo cual no le parecía descabellado que lograra la firma. “Él era un genio para las dedicatorias. Las sacaba de lo que uno le decía”, recuerda el librero.

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Libro en mano, Álvaro se fue a la revista Cambio, donde escribía García Márquez. El Nobel tomó el libro y le puso la dedicatoria al Cien años de soledad. Álvaro prefiere no revelar a quién iba dirigido el mensaje de Gabo, pero sí cuenta qué le puso: “Para […], de cuya generosidad tantos vivimos de taquito”.  El “librovejero” lo abrazó, lo besó y le dio las gracias por crear Cien Años de Soledad. García Márquez, sin embargo, le advirtió que el libro que quedaría para la Historia sería El amor en los tiempos del cólera. “No me importa -le respondió Castillo- a mí me gusta es ese”.

Desde entonces, a muchas de las visitas a Cuba, Álvaro llegaba con un bulto de libros en su maleta. “Bueno, a trabajar”, le decía a Gabo, quien firmaba y firmaba ejemplares de sus novelas para amigos y exnovias del librero.

 

Echándole una mano con los datos de Vivir para contarla

En una ocasión, García Márquez le pidió a Álvaro que buscara con urgencia un poema del poeta colombiano Guillermo Valencia que necesitaba para la investigación que hacía en Vivir para contarla, su autobiografía publicada en 2002, año en que murió Luisa Santiaga, su madre. Gabo lo necesitaba para el día siguiente, pero el problema era que no sabía ni cómo se llamaba, ni en qué libro estaba.

El librero, entonces, haciendo un trabajo de arqueólogo, tuvo que revisar la obra completa de Valencia, echando mano de la única pista que tenía: unas palabras que el Nobel recordaba del poema que le leyeron cuando era niño. Álvaro no tuvo problema en encontrar El circo, un poema que, escribió el Nobel, recitó “más asustado que un cristiano frente a los leones”.

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En otra ocasión, cuando García Márquez publicó un fragmento de En agosto nos vemos en la revista Cambio, fue Álvaro el único que se atrevió a hacerlo caer en cuenta de un error cometido. En el texto, Gabo afirmaba que en su mesa de noche dejaba la novela El día del los trífidos de Ray Bradbury. La vaina es que ese libro es de John Wyndham y no de Bradbury.  Después de hablar con él, escribió a la revista para que revisaran.

En la siguiente edición, una pequeña nota afirmaba que lamentaban el error, que se debió a un descuido interno de la publicación, confirmando que nadie se atrevía a corregirlo, salvo Álvaro. “¿Por qué nadie me corrige? Muchas gracias, librovejero”, le dijo el Nobel a su librero.

 

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