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Fútbol popular: así rueda la pelota como arma de transformación social en el sur de Bogotá

Liga de Fútbol Popular Bogotá

Fotos de Daniel Sierra

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Jóvenes estudiantes de la ‘Nacho’ o la Pedagógica se ponen cada ocho días sus camisetas de directores técnicos y les enseñan a grupos de niños de Kennedy, Usme, Bosa o Soacha que otro fútbol sí es posible. Allí mandan la fraternidad, la participación igualitaria y la defensa de los proyectos ambientales de sus comunidades, haciéndoles contrapeso al mercantilismo y ambición que manchan a este deporte en la actualidad.

Mario Rodríguez H. | @quevivalaeMe

Mientras la Liga Águila reúne a encopetados del fútbol profesional como Atlético Nacional o Millonarios, y la Liga Distrital de Fútbol a clubes deportivos con cierto músculo financiero como el Caterpillar Motor o Dinhos, en canchas olvidadas del sur de la capital se juega, hace dos años, otra competencia en la que el deporte más popular del mundo intenta realmente cobrar ese elemento de pertenecer al pueblo, a la comunidad. Con las uñas, armando rifas, concursos de bingo y ventas de stíckers, jóvenes de Kennedy, Usme, Bosa, Antonio Nariño, Los Mártires, y del municipio de Soacha, organizan la Liga de Fútbol Popular de Bogotá, un certamen que acoge a 16 equipos de fútbol que ven en este juego una herramienta para la construcción de paz y el cuidado ambiental de sus territorios.

Los planteamientos que guían la gestión deportiva de estos jóvenes son los que en su momento pusiera sobre la mesa Sócrates de Souza, el genial mediocampista brasileño de los setenta, llamado el “democráta del fútbol”. Además de sus inolvidables gambetas en el mundial de México 86, este futbolista lideró un movimiento de autogestión para que los jugadores de su equipo, el Corinthians brasileño, decidieran por consenso los asuntos que los afectaban. “Ganar o perder, pero siempre con democracia” era uno de sus lemas, los cuales hablaban del fútbol como un arma política capaz de ser puente para la transformación social.

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Entre todas las expresiones que tiene este deporte en el mundo, la Copa Hombre Nuevo es referente especial para lo que hoy intenta consolidarse como la Liga de Fútbol Popular. Desde 2012, en la ciudad argentina de Colonia Caroya, se juega cada cuatro años este torneo, al que llegan selecciones de fútbol alternativas de Argentina, Brasil, Chile, Inglaterra, Bélgica o Lituania. En este evento se la juegan por sentar raya con el fútbol mercantilizado, en el que los sueños de los pelados por ser Messi o Neymar se esfuman por los negocios y las dificultades que implica llegar al profesionalismo, sin tomar en consideración el talento o disciplina.

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Siguiendo ese modelo, en el sur de Bogotá es posible encontrar equipos con nombres que aluden a personajes o elementos de la lucha política y social como los Lenin Killers, de Bosa, La Pelota Rebelde, de Kennedy o Suacha FC, el actual campeón y que desde su nombre busca la reivindicación de ese territorio: “Suacha se divide en dos palabras: ‘Sua’, que significa varón, y ‘Cha’, que significa Sol –explica Checho Gamboa, profe del equipo–. La gracia del nombre es rescatar las raíces indígenas del municipio entre tanto mercantilismo global”. A todos estos equipos los unen una serie de valores extradeportivos en torno a la pelota como el acceso universal, la participación social, la fraternidad y la gestión de proyectos productivos.

Todos estos equipos tienen sus categorías, según la edad de los futbolistas, y sus denominaciones también son un homenaje a figuras representativas del pensamiento social desde el fútbol: la categoría Sócrates de Souza, para jugadores de 6 a 8 años; la categoría Honey Thaljieh (una jugadora de la selección femenina de Palestina), para niños de 9 a 12 años; la categoría Carlos Caszely (futbolista chileno y político afín al gobierno de Salvador Allende), para chicos que tienen entre 13 y 15 años; la categoría Nettie Honeyball (una inglesa considerada como la pionera del fútbol femenino), que junta jóvenes entre los 16 y 18 años; y la categoría Éric Cantona (futbolista francés reconocido por su crítica al sistema bancario y apoyar causas sociales), donde juegan mayores de edad. Otro de los elementos particulares de este fútbol es la no distinción de género. “Tratamos de enseñar que el deporte no debe polarizar como pasa actualmente con cosas muy sencillas pero que nadie nota, el género, por ejemplo. Que el fútbol no sea mixto genera cierta polarización y aquí estamos demostrando que hay otra forma”, explica Mateo Martínez, estudiante de Ciencias Sociales en la Universidad Pedagógica Nacional y uno de los directores técnicos del equipo Semillas de la Montaña.

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Desde las canchas del barrio Potosí, en Ciudad Bolívar, donde la Escuela Popular Gestores de Paz Fútbol Comunitario entrena para la tercera edición de la Liga de Fútbol Popular que iniciará el 28 de enero, se observa una montaña árida que separa esta localidad de Soacha. “Son 148 hectáreas explotadas por la minería”, detalla Yhoyner Nieto, estudiante de Licenciatura en Educación Infantil de la Universidad Pedagógica Nacional y uno de los entrenadores que tiene este equipo. En toda esa extensión de terreno hay un solo árbol, bautizado por la comunidad como el “Palo del Ahorcado”, un eucalipto de más de 100 años.

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En esta escuela, fundada en julio de 2016, están inscritos 60 niños y niñas, entre los 6 y los 18 años. Juntos a ellos hay jóvenes como Yhoyner, que se encargan de transmitirles a los jugadores no solo las técnicas para dominar el balón o las tácticas del fuera de lugar, sino también se preocupan por generarles reflexión en torno a las dinámicas del fútbol moderno, el que se viste de Adidas y Nike, y paga hasta cien millones de euros por un jugador. “La idea con el fútbol comunitario es crear espacios de encuentro de diferentes procesos populares, que buscan rescatar el fútbol de la lógica del mercado a través de una mirada crítica, recontextualizando su práctica en torno a las posibilidades de relación, fortalecimiento del tejido social de las comunidades y ejercicio recreativo”, explican los voceros de la Liga. También, en las reuniones de la escuela, discuten ampliamente los procesos barriales y territoriales que los rodean, uno de ellos relativo al “Palo del Ahorcado”.

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Yhoyner Nieto señala el "Palo del Ahorcado".

 

Además de entrenar cada domingo, mensualmente hacen un recorrido al Cerro Seco, lugar donde está ubicado el “Palo del Ahorcado”. “Nosotros como comunidad crecimos yendo a ese árbol, que hace parte del territorio que queremos ver consolidado como el Parque Ecológico Cerro Seco. Ahora solo es posible ir con el viacrucis del Viernes Santo porque es el único día en el que el paso está permitido; los otros días es imposible pues lo cercaron, lo privatizaron”, explica Yhoyner, cuya cercanía a estos temas se da por su vinculación a ‘No le saque la piedra a la montaña’, una organización cuyo objetivo es frenar la minería a cielo abierto en la capital. Con cada recorrido al Cerro Seco, Gestores de Paz FC busca multiplicar el mensaje entre la población y que las familias se integren a los ejercicios de defensa ambiental. Si bien la intención de los organizadores de la Liga y de la mesa ambiental ha sido acercarse a las autoridades distritales para definir el parque ecológico, la reciente Resolución 00520 de 2017, derogó el Proyecto de Acuerdo 023 de 2015, que pretendía declarar Cerro Seco como Parque Ecológico Distrital de Montaña.

Para Darling Molina, estudiante de Trabajo Social de la Universidad Nacional y también entrenadora de Gestores de Paz FC, es una fortuna vivir con la montaña al pie pero se lamenta por ver cómo la rompen, en vez de aprovecharla. Este territorio ha estado amenazado por la minería a cielo abierto, que según el último diagnóstico local del Hospital Vista Hermosa, de 2016, ha disparado la incidencia de enfermedades respiratorias en la localidad, ubicándose como la cuarta causa de mortalidad general en la localidad; por la invasión urbana, evidente en el crecimiento de la ocupación ilegal: de 813 hectáreas ocupadas ilegalmente en 2003 se pasó a 3.690 en 2016, según cifras de la Secretaría de Hábitat; y por el microtráfico, una problemática que tiene a Ciudad Bolívar como la localidad con mayor prevalencia en el consumo de cualquier sustancia psicoactiva, según el más reciente Reporte de Drogas de Colombia.

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“Nuestra idea es construir paz desde tres ejes: los escenarios de participación, donde podamos abordar una formación política sobre lo que es la paz; lo ambiental, que nos permita comprender y defender los valores ecológicos de nuestro territorio; y lo deportivo, porque el fútbol es una fuerza articuladora donde más allá de quien gane lo importante es que los pelados vean en el encuentro una relación de compañerismo, de fraternidad”, explica Darling.

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Mateo Martínez junto a su equipo Semillas de la Montaña

Por supuesto, entre tanta charla y acciones comunitarias, también rueda la pecosa. Entre todos los asistentes se dividen las tareas: hay que pintar las canchas, arrancar la maleza que crece en las gradas, limpiar la basura que rodea el lugar e invitar a la comunidad a las actividades. Paralelo al cotejo se prepara una gran olla de sancocho y se juega bingo, y los mismos futbolistas toman el micrófono para narrar las gambetas que ven en la cancha, al mejor estilo de los narradores de RCN o Win Sports: “Pidan domicilio… le dejó el balón servido hasta con papas a la francesa… se sacó hasta los mocos pero se los comió”. En partidos como el que se jugó el pasado mes de diciembre entre Gestores de Paz y Semillas de la Montaña se maneja siempre una relación de respeto. “No importa si no ganamos –dice Julián, el ‘diez’ de Semillas, un equipo fundado apenas en junio del año pasado–. Claro que queremos ganar, pero lo importante es aprender del rival, aprender que no importa si son niñas o niños, no vamos a entrar a matar o a pegar porque vayamos perdiendo”. Estas ideas que tiene un niño como Julián, surgen de escuchar cada semana a su director técnico, Mateo Martínez, quien tiene a su cargo 25 jugadores. Para él, la idea con el fútbol popular es romper esquemas, demostrar que otro fútbol es posible, a pesar de las problemáticas con las cuales les toca convivir.

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Yhoyner Nieto y su equipo Gestores de Paz

“A veces los papás no dejan ir al entreno a los pelados porque se escuchan tiros en las calles, entonces lo que nosotros hacemos es un acompañamiento casa por casa”, cuenta Mateo, quien también lidera jornadas de embellecimiento y organiza las concentraciones pedagógicas de todos los equipos, en las cuales se proyectan documentales para involucrar a la comunidad, como Árbol de Vida, del colectivo audiovisual Caja de Espejos, un largometraje que cuenta la historia del “Palo del Ahorcado”, 18 Toneladas, documental que retrata el caso de Doña Ginneth, una mujer que en 2013 murió tras ser atropellada por una tractomula que se quedó sin frenos y llevaba 18 toneladas de recebo extraído del Cerro Seco y, claro, el documental Copa Hombre Nuevo, que dan para pensar en un fútbol nuevo, o por lo menos de valores diferentes, en donde no prime el deporte como mercancía sino por garantizarlo como un derecho capaz de transformar la sociedad.

 

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