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Ariana Cubillos, una fotoperiodista colombiana en medio del caos caraqueño

Ariana Cubillos, una fotoperiodista colombiana en medio del caos caraqueño

Foto portada de Rafael Hernández

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Hace ocho años llegó a Caracas, a un país que ya sufría los coletazos de su peor crisis social y política. Desde finales de marzo esta girardoteña no ha parado de cubrir las marchas que se organizan casi a diario. Armada con su cámara, un casco y un chaleco antibalas, vive entre el peligroso oficio fotográfico y el hecho de ser madre soltera.

Alberto Domínguez

Ariana visualizó la foto que quería tomar: los miembros de la Guardia Nacional Bolivariana detrás de sus escudos, los tres carros de la Guardia —uno preparando el chorro de agua—, el doctor en bata blanca acercándose a un policía militar para abrazarlo. La mujer se acercó, puso el ojo en el visor y apretó el obturador.  

Lo siguiente sucedió en un abrir y cerrar de ojos, como siempre pasa en la fotografía: el carro que lanza agua —o la “ballena”, como lo llaman en Venezuela— disparó su chorro y todos los presentes salieron corriendo, a excepción del doctor y Ariana, que se agachó. Los dos fueron a dar al piso. “Lo primero que pensé fue pararme muy rápido por si venían carros, me daba miedo que me atropellaran”, recuerda esta fotoperiodista de 43 años sobre aquel momento de vulnerabilidad que quedó registrado en video: 

 

 

Con el cuerpo de la cámara en el piso y un lente reventado, se paró apoyada en sus colegas. Mientras, de fondo, la banda sonora acostumbrada en Caracas: el estruendo de los gases lacrimógenos, el galopeo de las multitudes que van de un lado al otro, los chillidos y los alaridos.

 

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Ese 22 de mayo en Caracas —día en que los médicos salieron a marchar hacia el Ministerio de Salud— fue para los venezolanos un día más de protestas, que a la fecha han dejado 75 muertos. Para Ariana Cubillos, fotógrafa colombiana de la Associated Press, fue un día más en la oficina y la “ballena” un incidente propio del oficio.

 

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Cubillos se inició en este oficio como practicante en el diario El Tiempo, en Bogotá, a finales de los años noventa, pero desde los años de bachillerato sabía que se quería dedicar a la reportería gráfica: lo tuvo claro al ver una primera plana en El Tiempo después de la avalancha del Nevado del Ruiz, que arrasó con el pueblo de Armero. Una imagen lograda por el fotógrafo Felipe Caicedo —quien después se convertiría en su maestro durante las prácticas— en la que se veía una mujer desnuda emergiendo del lodo, totalmente cubierta de barro, siendo auxiliada por dos hombres.

Esa imagen la ayudó a despejar las dudas y así decidió que lo que ella quería hacer era unir el periodismo con la imagen. Tuvo toda la intención de estudiar la carrera y titularse periodista, pero no encontró una opción que se ajustara a su bolsillo, por lo cual decidió matricularse a Cine y Fotografía en UNITEC. Cursó la materia Reportería Gráfica y se terminó de convencer sobre el rumbo que debía tomar su vida. Después de aquel primer acercamiento al oficio en El Tiempo junto al editor Henry Agudelo, se vinculó a la agencia de noticias AP, que le comisionó, desde 2004, el cubrimiento de diferentes problemáticas y catástrofes en Puerto Príncipe (Haití), como el terremoto de 2010 en el que murieron más de 300.000 personas y que dejó un saldo de millón y medio de damnificados. Desde el principio, en la AP, tuvo de cerca al fotoperiodista argentino Ricardo Mazalán, quien le enseñó mucho de lo que hoy aplica.

Después de Haití, aterrizó en Caracas.    

 

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Los últimos 3 meses han sido especialmente complicados en el país vecino para esta fotorreportera. No ha tenido descanso desde finales de marzo, cuando se intensificaron las protestas sociales por la pérdida de facultades del Parlamento Nacional, controlado por la oposición al gobierno de Nicolás Maduro. Entre los gases lacrimógenos, los perdigones disparados por militares y policías, y las piedras que lanzan los estudiantes exhaustos de la situación política venezolana, siempre emerge la figura de Ariana junto a la de tantos periodistas, videógrafos y reporteros gráficos a quienes la profesión los ha trascendido bajo circunstancias peligrosas. Algunos de ellos son extranjeros como Ariana —quien ya tiene un acento que delata los ocho años que lleva en este país— que suben y bajan por las calles de Caracas, siempre en la línea de frente, tratando de entender una complicada dinámica social y política para poder contarla al resto del mundo.

 

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Venezuela no es un país ajeno para ella así provenga de Girardot (Cudinamarca), a miles de kilómetros de distancia, pues en Caracas nació Luna, su única hija, hace tres años. En 2014 la capital venezolana atravesaba un levantamiento social similar al de ahora, y la noche en la que Ariana entró en trabajo de parto debió cruzar tres barricadas y llantas quemándose para llegar a la clínica. Al otro día, ya con la niña en brazos, realizó el mismo recorrido de regreso en idénticas condiciones.

Desde que nació su hija, Ariana compagina su oficio fotográfico con el trabajo de mamá —de mamá soltera— en un país en el que su familia se reduce a esa pequeña niña. “Toda mi familia vive en Colombia. Una señora me ayuda, pero no es fácil. Yo no descanso nunca. Cuando no estoy en las calles con la cámara, estoy con la niña. Cuando estoy con ella y vamos al parque se me olvida toda la locura y el estrés”, dice la mujer. También combate el caos cotidiano con sesiones matutinas de yoga.

 

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La pequeña ya ha sido testigo en primera línea del trabajo de su mamá. Recién separada de su pareja, Ariana tenía el encargo de cubrir la marcha convocada por las mujeres de la oposición el 8 de marzo de 2015, Día de la Mujer, que desembocó en un polvorín, como cualquier acto público gestionado por la oposición. “No tenía quién cuidara a la niña, y la llevé conmigo. Fue lindo y fue duro. Todos los colegas aquí son muy buenos compañeros, muy solidarios”, dice Ariana.

Ariana ve dos constantes en su trabajo y en el de muchos reporteros en Caracas: la valentía por encima del talento y la solidaridad por encima del triunfo. “Hay momentos en que estamos todos en la misma escena y todos queremos obtener lo mismo. Cada quien quiere su mejor foto, pero tratamos de cuidarnos entre nosotros”, reflexiona. 

 

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En un país en el que al 3 de mayo de este año el Instituto de Prensa y Sociedad de Venezuela ha registrado 17 detenciones a reporteros, además de denunciar que los periodistas son tildados de "terroristas" o “guarimberos” por parte de los cuerpos de seguridad y de grupos parapoliciales, Ariana ha aprendido las dinámicas para moverse con precaución y salir a salvo al realizar su trabajo. 

Lo primero es su equipo de seguridad: a las marchas Ariana llega con casco, máscara antigás, chaleco antibalas y, en ocasiones, canilleras, pues ha visto cómo las canillas suelen ser objetivo de los disparos con perdigones. De hecho, una vez un perdigón le dio a ella en la espalda pero afortunadamente llevaba puesto el chaleco.

 

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Lo segundo es entender el desarrollo de las marchas, que suelen darse bajo un mismo patrón: llegan los estudiantes, los ciudadanos, la Policía, la Guardia, luego llueven las piedras, la gente se ahoga en gases lacrimógenos y finalmente se prende fuego. El secreto, como lo ve Ariana, es ir cogiendo confianza, ser cada vez más valiente y meterse más en el epicentro de los hechos y allí quedarse más tiempo. Pero el hecho de ser mamá, de saber que su hija espera en casa, la hace ser más cuidadosa con sus movimientos. Sus familiares y amigos le piden extremar las medidas de precaución ante el riesgo, siempre presente. A pesar de eso, Ariana no se ve haciendo otra cosa que no sea registrar crudas realidades a través de su lente, un trabajo que equipara al de la sociología. Para ella, no se trata solo de capturar lo que se ve sino deducir lo que una persona quiere transmitir con una mirada, con un gesto, un grito o una reacción. “El fotorreportero es como un sociólogo que se involucra en las situaciones para que la persona que observa la foto sienta que estuvo ahí”, explica.

 

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Ariana y su hija. Foto de Miguel Gutiérreza

 

Un trabajo de capturar emociones, como las que quiso fotografiar el día del incidente con la “ballena”. Después de la caída le llovieron los mensajes de solidaridad, muchos de preocupación por su estado, pero Ariana, como toda una mujer verraca, le bajó el tono al momento: “Estoy bien, uno que otro morado en el cuerpo y me siento algo así como si hubiera hecho pesas todo un día”.

 

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