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Lea acá dos historias de ‘Fugas de tinta 8’, el libro escrito por presos colombianos

fugas de tinta 8

Ilustraciones de Enka

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‘La soledad de una menor’ y ‘La historia de Ñeco’ son historias que dan cuenta del porqué algunas personas terminan en prisión: la venta de drogas precedida de una infancia tormentosa o la desventura de unirse a grupos al margen de la ley. Los escritos hacen parte del programa Libertad Bajo Palabra del Ministerio de Cultulra y el INPEC, y tuvo la participación de más de 300 reclusos de todo el país.

Andrés J. López / @vicclon

Dicen que el paso de Fiódor Dostoievski por la cárcel, en 1849, fue el caldo de cultivo para sus obras cumbre, Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov. También hay quienes afirman que, de no haber estado cinco años recluido en una prisión en Argelia, Miguel de Cervantes jamás habría llegado al Quijote. De pronto privarse de la libertad sea una musa, una en la que se quieren inspirar cerca de 330 reos colombianos gracias al programa Libertad Bajo Palabra, una iniciativa del Ministerio de Cultura y el INPEC consistente en 21 talleres de escritura creativa en las cárceles de 14 departamentos. El resultado de los talleres es Fugas de Tinta 8: crónicas, cuentos y testimonios, escritos desde la cárcel.

“Hacer estos textos nos ha servido para explorar talentos que no sabíamos que teníamos y para cambiar las drogas y las peleas por los libros. Ahora todo el tiempo buscamos libros de historia o aquellos que hablen de presos famosos como Nelson Mandela, Oscar Wilde y Cervantes”, dice Edward Riascos Echavarría, uno de los 131 presos que al final fueron elegidos para estar en el libro. Acérquese a la escritura de los reos del país con estos dos textos: La soledad de una menor, escrito por Marisol Ramírez Salgado —recluida en el Buen Pastor— y La historia de Ñeco, de Ricardo Escobar Rodríguez —encarcelado en La Picota—. Aunque el libro estará disponible exclusivamente en las distintas cárceles del país, en esta página del Ministerio de Cultura lo puede descargar.

 

La soledad de una menor  

(Marisol Ramírez Salgado)

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Yo era tan solo una niña cuando empezó mi sufrimiento porque me hizo falta el calor y el amor de mi padre. Nunca lo conocí y esto me afectó harto. Me quedé con el calor de una supuesta mamá, ella era todo para mí. Pero todo empezó a fallar cuando un mal hombre abusó de mí. Cuando se lo conté a mi madre lo único que hizo fue golpearme. Yo tenía tan solo cinco años y eso me entristeció en todo el sentido de la palabra. Ya con el pasar del tiempo fui creciendo y mi mamá empezó a venderme a todo borracho que se le presentaba por unos cuantos pesos.

Estuve a punto de enloquecer con todo lo que me estaban haciendo y tenía mucho rencor en mi corazón y aún tengo mucha rabia por todo el daño que me causaron. Crecí y me fui de la casa con tan solo 10 años. Ya no quería estar más en el infierno donde me encontraba. Comencé a recorrer las calles hasta que encontré una señora que me llevó para su casa a trabajar, pero ella me maltrataba. Estaba tan desesperada con lo que me pasaba que intenté suicidarme. Yo tenía 15 años cuando empecé a ejercer como trabajadora sexual hasta que conocí a un hombre del que me enamoré y me sacó de este sitio. Me fui a vivir con él y quedé embarazada.

Todo fue muy bonito hasta que me llevó a conocer a su familia. Casi me muero, pues resultó que él y yo éramos primos y ninguno de los dos lo sabíamos. Ya no pudimos hacer nada porque venía un bebé en camino. Me dio mucha rabia y me dolía, pero no podía dejar a mi hijo sin padre. Entonces seguimos juntos. El caso es que de esta relación quedaron tres hermosos hijos, me separé de ese hombre porque era una persona borracha y agresiva todo el tiempo. Tenía ocho días de haber dado a luz cuando llegó borracho y me golpeó hasta que me dejó en estado de coma. Cuando desperté en un hospital sin mi hija, con un poco de cables en todo mi cuerpo, habían pasado seis meses de estar en esa cama tirada como un perro. Cuando me dijeron en dónde estaba le cogí mucha rabia. Él me había quitado la oportunidad de darle pecho a mi hija y de verla crecer. Me quitó todo el amor que yo le pude dar a mi bebé tan pequeñita.

Cuando salí del hospital me fui para Faca y ahí empecé a rodar con mi hija y a llevar del bulto. Entonces fue cuando llegué al punto de vender drogas y por eso llegué a la cárcel.

 

La historia de Ñeco

(Ricardo Escobar Rodríguez)

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Había una vez un niño llamado Jair, apodado por todos Ñeco. El padre trabajaba en la labor de la ganadería y la madre ganaba unos cuantos centavos lavando ropa y haciendo aseo en diferentes casas de un municipio del Meta. Ñeco era inquieto, hiperactivo y siempre pensaba cómo podría ayudar a sus padres para el sustento de la casa, porque eran dos varones y una mujer que estaban pasando necesidades.

Desde muy corta edad, Ñeco fue descuidado en el estudio. No le gustaba y sus padres nunca le exigieron. Cuando cumplió doce años les dijo que no quería estudiar más, apenas estaba cursando sexto grado de bachillerato.

Entonces sus padres pensaron que sería bueno que trabajara de ayudante en un taller de motos, como para que no los dejara y no se marchara de la casa y fueron donde el compadre, que tenía un taller de motos para saber si les podía colaborar.

– ¿Le gusta el trabajo del taller, Ñeco? Preguntó el compadre.

– Sí.

Entonces el compadre le dijo que se pusiera a lavar tornillos, ayudándole al hijo, Juan Carlos, que en ese entonces tenía 16 años. Con el transcurso de unos meses Ñeco se ganó la confianza del padrino, pues era mensajero del taller y un buen limpiador de piezas de motores.

Con el paso de dos años más, Ñeco y Juan Carlos se hicieron muy amigos. Juan Carlos le enseñó a montar moto y le tenía tanta confianza que hasta los vecinos y la gente allegada le decían que tuviera mucho cuidado, que dejara de ser tan loco en esas motos.

Resultó que Ñeco hizo más contactos con los gremios de los mecánicos de motos y se fue a trabajar a un municipio llamado Granada. Pero resultó que el dueño del establecimiento era un paramilitar. Ñeco estuvo seis meses trabajando en ese taller, pero como las compañías son a veces buenas o malas resultó metido en los grupos paramilitares.

Ñeco tenía 15 años cuando fue visto por primera vez en camuflado  y andando en motos, patrullando zonas donde se veía mucha violencia. Con su primer sueldo pidió permiso para ir a visitar a su familia, llevándoles víveres y verduras y dándoles unos ahorros que había conseguido. Ese día compartió con su familia un delicioso almuerzo casero que la mamá le había preparado pensando que no se volvería a ir de la casa.

Pero los padres de Ñeco ya habían averiguado dónde era que su hijo estaba trabajando y empezaron a aconsejarle con los hermanos que se saliera. Pero como todo adolescente, escuchó por un oído y le salió por el otro. Ñeco solo duró dos días y se volvió a ir porque se sentía bien por estar en un grupo con armas. Tenía una pistola en la cintura y le habían dado moto: era lo mejor que le había pasado.

Un mes después llegó una represalia de los grupos paramilitares y todo joven menor de 18 años tenía que ir al campamento de entrenamiento para que fueran más hábiles en la cuestión de la guerra. Ñeco terminó en ese campamento, donde todos los días le exigieron mucha disciplina y como era tan joven no miraba las consecuencias que le podrían acarrear más adelante.

Y llegó el día de las sorpresas. Un viernes el grupo festejaba y contrataron mujeres de la vida fácil para celebrar y pasarla de lo lindo. A eso de las 11 fueron sorprendidos por la guerrilla y lo que pasó… No más imaginémonos que se podía escuchar plomo por todos lados.

En el campamento decían que había como 300 jóvenes, más 100 que los entrenaban, y unas 80 mujeres que habían ido esa noche. Todas esas personas fueron asesinadas por la guerrilla. Dicen que el enfrentamiento duró más de siete horas y esa noticia nunca fue revelada por los medios o noticieros.

Allí murió Ñeco y aquí no pasó nada.

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