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Del barrio Egipto a un refugio en Sibaté: así es el rescate de pitbulls abandonados

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Luis Santos, un joven de 24 años, lleva seis dedicados a proteger perros de esta raza “potencialmente peligrosa” y cuya cifra de abandono está disparada: 15 mensuales durante el año pasado. “La gente quiere que todos los perros se salven en Facebook y todos están llenos de buenas intenciones, pero nunca salen ni ayudan”, dice.

Tomás Tello

En el asiento trasero de un Chevrolet azul tres hombres llevan sobre sus piernas a un pitbull que está en los huesos, con raspaduras en el pelaje, heridas en las patas y señales de sarna. La pupila izquierda la tiene blanquecina tras haber recibido lo que parece ser un golpe de machete. “Ese ojo no se salva”, sentencia Luis, uno de los tipos sobre los que reposa el animal. De no ser porque siento el corazón de ‘Doger’ –como solía llamarlo su dueño- latiendo en mi muslo, diría que lleva minutos muerto. En el baúl del mismo carro está ‘Rocky’, un pitbull color café que apenas se podía sostener en sus patas cuando lo recogieron en el barrio Egipto. Ahora, con el intenso calor que hace en Bogotá, parece al borde de la deshidratación.

Aún faltan varios kilómetros para llegar al primer refugio en donde descansarán estos dos perros, en el barrio Lucero Alto de Ciudad Bolívar, y Luis Santos aprovecha el trayecto para contarme por qué se dedica a rescatar perros American Pitbull Terrier, como el que tiene tatuado en la pantorilla de su pierna izquierda.

 

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Hace seis años, cuando Luis tenía 18, se encontró a un perro criollo a punto de ser decapitado. Había mordido al dueño de un potrero en el barrio Villas de Granada, en la localidad de Engativá, y el tipo resolvió cogerlo a golpes. El de ese perro sería el primero de muchos rescates que haría Luis en los años siguientes. Como él, hay ciudadanos que por iniciativa propia dedican parte de su tiempo y dinero a realizar jornadas de rescate de perros abandonados, entrenados para peleas o que son explotados para sacarles cría. A diferencia de muchos rescatistas, Luis lo hace exclusivamente con esta raza, catalogada como “potencialmente peligrosa” por la ley 746 de 2002.

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Su amor por los American Pitbull Terrier nació hace dos años y medio, cuando ya estaba dedicado de lleno al rescate de perros de todas las razas. Durante esa época su nombre empezó a consolidarse entre los grupos animalistas en las redes sociales hasta que en una ocasión, vía Facebook, le llegó información de un pitbull que estaba amarrado en un parqueadero de Soacha Compartir. Luis empezó a reunir información y se enteró que al animal lo usaban para peleas callejeras en ese sector. “Usted sabe que cuando a un perro lo ponen a pelear no lo cuidan”. A ‘Lucho’ -como lo bautizó- lo encontré encadenado en ese parqueadero”. La persona que le avisó a Luis le advirtió quiénes organizaban estas peleas y cómo era la dinámica de esta práctica, contemplada como ilegal bajo la ley 172 de 2016 – Ley Animal-. Conociendo esto, se acercó al lugar sigilosamente, rompió las cadenas que ataban al animal y se lo llevó. Hoy en día, cada mañana, Luis pasea a su pitbull por el humedal Juan Amarillo, en la localidad de Suba. Es tal su amor por su compañero de cuatro patas que el rostro de ‘Lucho’ lo tiene tatuado en la pierna izquierda.

Pero “robarse” al perro fue solo el primer paso. Como lo usaban para peleas, estaba descuidado y con secuelas físicas y psicológicas: el prepucio lo tenía destrozado y solo con cirugía lograron reconstruírselo para que pudiera orinar. Modificar su comportamiento agresivo hacia otros perros le tomó otro año de trabajo a Luis. El de ‘Lucho’ fue un rescate tranquilo, pero no es la regla general. En algunos casos, Luis ha recurrido a la fuerza. Sucedió, por ejemplo, ante la negativa del dueño de una casa a dejarlo entrar; tomó entonces un martillo y quebró el candado de la puerta. “Me gusta rescatar perros con problemas serios, perros que la gente no quiera, rechazados por la sociedad”, explica.

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Esta problemática, el rechazo y los casos de abandono de pitbulls, ha aumentado desde la entrada en vigencia del nuevo Código de Policia pues establece la exigencia de una póliza a los tenedores de estos perros por los daños que pudieran producir a terceros. En caso de no tenerla, se les cobrarán $786.989 por lo cual muchos dueños prefieren abandonarlos antes de que el animal se convierta en un problema. Ante la falta de claridad que existe sobre la exigencia de la póliza, y los altos costos que ahora implica la tenencia de estos perros, dice Juan Guillermo Páramo, miembro de la fundación AnimaNaturalis de Copacabana (Antioquia), se ha elevado el abandono de estos perros. 

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Viviana Buriticá, administradora del grupo de Facebook Animalitos perdidos en Colombia, afirma en una declaración a El Tiempo que en lo que va de febrero han recogido 50 perros pitbulls, 70 en enero y 40 en diciembre del año pasado. “El promedio mensual era de 10 a 15”, dice. Pero no solo preocupa el abandono, también se han documentado casos de sacrificio de estos animales, muchas veces de manera tortuosa: en Copacabana se registró el ahogamiento de una perra pitbull y en Cumaral (Meta) encontraron a otro macho calcinado. Esto ha motivado que congresistas como Víctor Correa Vélez, del Polo Democrático Alternativo, denuncien tanto la campaña de terror contra esta raza como la tenencia irresponsable por parte de los dueños. “La mayoría de estos perros los tienen personas irresponsables. Muchachos de gallada de barrio para darse estatus o para ponerlos a pelear”, explica Páramo.

 

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Los animalistas insisten en que estos perros no son intrínsecamente peligrosos, sino que es la crianza y sus dueños los que los vuelven agresivos. “No existen razas genéticamente peligrosas, sino seres humanos peligrosos, lo cual convierte a los perros en seres agresivos”, afirma el profesor del Departamento de Biología de la Universidad Nacional Enrique Zerda, quien realizó un estudio en el que se encontró el caso de un golden retriever peligroso y varios pitbull mansos y tranquilos.

 

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La llegada al barrio Lucero Alto es a través de una carretera llena de baches y el peso del carro lo lleva a soportar varios golpes contra la superfice, incomodando a los dos canes. Ya en el refugio, Valú Vargas recibe a ‘ Rocky’, que entra con prisa a la casa y se bebe un plato lleno de agua sin parar, hasta saciarse. Afuera de la casa, ‘Doger’ no para de llorar y ladrar desde que los separaron, como si ya supiera que esa no es su última parada y que no se volverán a ver. ‘Doger’ y ‘Rocky’ son solo dos de cuatro perros que tenía un joven en el barrio Egipto. El pasado 4 de febrero, Luis y sus dos compañeros –César López y Diego Ramírez- llegaron hasta ese lugar para llevarse a los otros dos perros: uno de ellos murió por el pésimo estado en el que estaba y el otro permanece en un albergue, recuperándose de las heridas. Esa vez, por la muerte de uno de los animales, los tres rescatistas quedaron con mal sabor de boca, como sintiendo una derrota. Con ‘Doger’ y ‘Rocky’ quieren sacarse esa espinita.

Al llegar al refugio de Sibaté, el destino final de ‘Doger’, ya el perro se puede poner en pie y pisar el pasto con firmeza. Allí lo recibe Yaddy Mancera, quien le mira el ojo y confirma lo que Luis venía pensando: lo va a perder. Sin hacer caso al estado de su ojo, ‘Doger’ luce renovado, sin fatiga y activo. Mientras piensa el nombre que le va a poner al nuevo inquilino, Yaddy nos muestra su finca, en la que tiene otros 80 perros de distintas razas y un par de perreras grandes donde pueden dormir, aparte del terreno que pueden recorrer cuando los saca en grupos de diez durante el día. 

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Con la misión de rescate cumplida, Luis sabe que su trabajo no termina ahí, sino que debe hacerle seguimiento al proceso de adopción. Al momento de hacer la entrega a los nuevos dueños es precavido: todos los perros los entrega esterilizados, tiene su propio formulario y hace visitas domiciliarias para conocer a la familia y las condiciones en que va a vivir. “A los ñeros no les doy perros, no entrego perros en Ciudad Bolívar, ni en el 20 de Julio, ni en Juan Rey. A ninguno de esos sitios donde hay sobrepoblación canina”, explica sobre esta situación en la capital, donde se estima que hay más de 900.000 perros, y se calcula que el 10% están en la calle, según el estudio de Dinámica poblacional canina y felina realizado por la Secretaría Distrital de Salud en 2015.

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Ocho días después del rescate, ‘Doger’ ha ganado peso y los parches en su piel empiezan a mostrar pelaje. El pasado fin de semana Luis rescató otro perro, un bull terrier que estaba en posesión de un habitante de la calle. Pero esta racha de rescates semanales va a terminar, al menos por ahora. “Eso es plata que toca meterles en tratamiento, medicamentos y comida. La gente quiere que todos los perros se salven en Facebook y todos están llenos de buenas intenciones, pero nunca salen ni ayudan y, cuando ellos piden alguna ayuda para poder pagar las facturas veterinarias, todo ese apoyo se traduce en ‘bendiciones”, afirma.

 

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