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¿Cómo es viajar hasta el “fin del mundo” en un escarabajo?

Raphael Czamanski

Mi tío Antonio y yo decidimos recorrer (y fotografiar) más de cinco mil kilómetros a bordo de un Volkswagen Fusca modelo 1973. Viajamos desde Foz do Iguaçú, en Brasil, hasta la ciudad argentina que queda más al sur del mundo: Ushuaia.

Raphael Cazamanski / @rcpizzino

Fueron seis días casi directos de carretera, de horas exhaustivas pero renovadoras, y que nos dejaron un racimo de postales que son inmunes a la amnesia.

 

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No queríamos parar en ciudades muy grandes por seguridad. El carro es guerrero, pero vulnerable: no se necesita ser ladrón para poder abrirlo. Paramos a dormir en pequeñas localidades argentinas como San Ignacio Miní, Cañuelas y Bahía Blanca.

 

 

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Mucho frío, mucho viento, pero valió la pena para capturar los cielos estrellados de la Península Valdés.

 

 

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Es como si se abriera una ventana del universo.

 

 

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La Península Valdés es un lindísimo lugar en el que se pueden avistar lobos, leones marinos, pingüinos y ballenas según la época del año.

 

 

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Por su parte, la Patagonia es un enorme y árido desierto. Los días en verano son muy calurosos y casi eternos: los atardeceres ocurren a las 10 de la noche y la luz solar perdura hasta las 12.

 

 

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Los puntos ocupados por la cordillera de los Andes son el gran atractivo. No es difícil toparse con un pico nevado en medio del ambiente inhóspito.

 

 

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Un guanaco asomado entre las ramas. Estos animales fueron la única compañía que tuvimos durante la travesía por la Patagonia.

 

 

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Mi tío ya había conquistado largos trayectos al volante de este escarabajo. En sus más de 500 mil kilómetros recorridos, este Fusca registra viajes al desierto de Atacama (Chile) y a Machu Picchu (Perú). Nuestro próximo reto es Alaska.

 

 

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El Parque Nacional Tierra del Fuego, el canal Beagle y Ushuaia son de una belleza imponente.

 

 

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En esos lugares vale la pena quedarse por lo menos una semana. Hay mucho por conocer.

 

 

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Aunque en enero es verano, para nuestra suerte un día nevó. Fue la primera vez que mi tío Antonio, de 60 años, vio de cerca la nieve.

 

 

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Sobra hablar de las increíbles Torres del Paine.

 

 

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Después de caminos rocosos y difíciles, la recompensa llegaba.

 

 

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Aquí un poquito de la exuberancia del Glaciar Perito Moreno, la tercera concentración de hielo más grande del mundo.

 

 

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En el viaje gastamos, más o menos, 6 mil reales (5 millones de pesos colombianos). La Argentina está carísima por culpa de la inflación desenfrenada.

 

 

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Mi tío Antonio siempre ha sido un aventurero. Es ingeniero agrónomo de profesión, pero en un momento decidió renunciar y empezar de cero como piloto de avión. Ahora ya está jubilado y cada vez que puede hace viajes locos, siempre con el Fusca.

 

 

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Aunque estuvimos frente a lugares maravillosos, el tiempo en la carretera, dentro del viejo ‘escarabajo’, también fue una experiencia sensacional. Reflexionar sobre el estilo de vida que llevamos en las grandes ciudades, en donde muchas personas pasan toda una vida sin notar que están presas en un sistema, ayuda a desempolvar el alma un poco.

 

 

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Hasta en el “fin del mundo” hay perros callejeros.

 

 

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De regreso optamos por bajar el acelerador y experimentar con mayor detenimiento la magia de la Patagonia. El viaje en total se prolongó por un mes. Al final, nos dimos una vuelta por el Cabo Polonio, en Uruguay.


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