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Las chicas del ‘hardcourt bike polo’ colombiano

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La cuota femenina del bike polo que se practica en Bogotá es de apenas dos equipos en la recién creada liga. Uno de ellos es Rakas, tres mujeres que entrenan con mazos y bicis a orillas del río Fucha. 

Mario Rodríguez Hernández | @quevivalaM

Con una mazo en la mano y los labios de color azul celeste, María Fernanda “La Ardilla” Naranjo, Katherine Hilario y Lina María Córdoba participaron por primera vez juntas como Las Rakas en la tercera versión del Interpolas de Quito en 2015, un torneo latinoamericano femenino de hardcourt bike polo, práctica a la que hoy las mujeres colombianas apenas aportan la cuota de dos equipos —de los 13 que existen— en la recién creada liga de bike polo en bicicleta de Bogotá.

Claro que el polo en bicicleta no siempre se jugó en las canchas de los parques o en estacionamientos; los largos céspedes del estadio Ciudad Blanca de Londres fueron testigos en 1908 de cómo en los Juegos Olímpicos más largos de la historia moderna los caballos del tradicional polo estaban siendo reemplazados, literalmente, por caballitos de acero.

Las Rakas entrenan en Ciudad Jardín Sur, donde, claro, las instalaciones no fueron diseñadas para jugar al polo en bicicleta. Más bien son las típicas canchas multiusos que hay en Bogotá que deben compartirse con skaters, basquetbolistas, micreros y una que otra persona fumando bareta. “Los arcos los guardamos donde la vecina que vende cerveza”.

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Ahora bien, lo que más diferencia el bikepolo sobre pasto y el que se juega sobre pavimento, es que el primero se le atribuye como invento al irlandés Richard Mecredy, en 1891, mientras que el origen del segundo es un misterio todavía, donde la versión más aceptada es que algunos mensajeros en bici de Seattle (Atlanta, Estados Unidos) popularizaron la práctica en el año 2000 luego de escuchar que éste ya se jugaba en callejones irlandeses en la década de 1930.

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Las dimensiones del campo también son diferentes: para la práctica en grama se requiere un espacio de, más o menos, 150m de largo por 100m de ancho, mientras que para el hardcourt basta con el área típica de las canchas bogotanas multiusos. A veces hay que ser flexibles con las medidas oficiales (40m por 20m en suelo duro), así como con la cantidad de jugadores: 3 en pavimento y 5 (más 1 suplente) sobre pasto. 

“La tradición de pintarnos la boca nace de una necesidad estética, de reafirmarnos como mujeres femeninas en un deporte en el que todo es muy masculino, hasta algunas de las que ya lo practican”, explica Katherine mientras le devuelve a Lina su colorete morado, el mismo que usaron en el Interpolas de Rosario (Argentina) el año pasado. 

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Dicha feminidad, para las “poleras”, debía estar clara desde el nombre, motivo por el que se bautizaron como Rakas, palabra que, desde la lengua quechua, traduce vulva o vagina. “Nos pareció el nombre más congruente y apropiado para el equipo”, explica Lina. “También es la razón por la cual el saludo oficial del equipo imita la popular seña con las manos que hace referencia al sexo oral en las mujeres”, dice “La Ardilla”. Entonces todas saludan muy rápidamente. Después se ríen. Están listas para pedalear y jugar en una cancha que colinda con el río Fucha.

Antes de consolidar la liga en el parque de Ciudad Jardín, los “ciclopoleros” bogotanos tuvieron que desplazarse por las canchas del Parque Nacional hasta que el IDRD insinuó cobrarles. Algo similar sucedió en las del Polo Club —curiosamente ubicadas en el barrio el Polo—, donde el equipo Hágame Famoso, pionero en el deporte, empezó a entrenar de la mano de las bicicletas de bambú de Jairo Gallardo.

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“Las canchas donde se jugó el Polotá (primer latinoamericano de polo en bicicleta, el cual se celebró en 2014 en Bogotá) medían menos, pero pues igual cumplían el mínimo (36m por 18m). Eso sí, fue apretado y peligroso”, agrega “La Ardilla”, quien después de unos plones se sube a su cicla de piñón fijo para hacer un wheelie, acrobacia que consiste en pedalear sobre una rueda luego de levantar la otra, por lo general la delantera.

Pese a que ese mismo espíritu se ve muy reflejado en las dinámicas del juego, para Kate “antes era un deporte más agresivo”, argumentando que ahora importa más la habilidad. “Además a las nenas y a los nuevos siempre les dejaban los peores equipos, entonces pasaba como en los partidos de fútbol en los recreos del colegio”.

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Además de Quito y Rosario, las Rakas también estuvieron presentes en San Pablo (Brasil), donde dicha experiencia junto a poleros sudamericanos y latinoamericanos les valió para aprender a ellas —y a todos los equipos de polo en bicicleta en Colombia— que las bicicletas de piñón fijo no eran las más cómodas para este deporte cuyos partidos acaban cuando el primer equipo marca 5 goles o después de 10 minutos de juego neto. A diferencia del fútbol, no hay saque de banda o de puerta, y la única falta es tocar el piso con los pies; la sanción implica devolverse hasta la mitad de la cancha y tocar con el mallet el banderín donde se encuentra uno de los tres árbitros.

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Según María Fernanda Naranjo, quien ha estado sumida en el mundo del ciclismo urbano desde hace más de 8 años y que además aprendió con los integrantes de Hágame Famoso, “jugar en fija generaba cierta desventaja”, pues al ser estas bicis de platos grandes y piñones chicos con un mecanismo que implica estar siempre pedaleando, bien sea para adelante o para atrás a manera de freno, dificultan la capacidad de responder a las necesidades de un terreno corto en el que es más importante la aceleración que la velocidad. 

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Fue ella quien organizó hace unos años Las Polas, el primer equipo femenino de bikepolo colombiano, el cual se dividió dando paso a las Rakas, con “La Ardilla”, y a las Polinesias. La experiencia de Naranjo, sumada a las de Kate y Lina, quienes también antes de ser poleras eran ciclistas, les ha servido para seguir escalando posiciones en este deporte, que, aunque es mixto, ha sido fuertemente dominado por los hombres (ambos equipos femeninos fueron eliminados antes de las rondas finales). No obstante, pese a que existen algunas limitaciones económicas, las tres se preparan para el siguiente certamen que se llevará a cabo en Ciudad de México.

Si bien el objetivo principal de las Rakas es fortalecer su equipo de bike polo, ellas han visto en la bici y en el deporte una posibilidad para que “las niñas se sientan empoderadas, llenas de vitalidad y libres de miedo”, como explica Lina María, razón por la cual se han propuesto colaborar con el proyecto Niñas sin miedo, fundado por Natalia Espitia y dirigido a chicas en situaciones de vulnerabilidad para prevenir el embarazo adolescente y la violencia sexual. 

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