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El laboratorio de sueños de Benetton

La fábrica de Bennetton 1

Fotos de Fabrizio Giraldi

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En una villa italiana del siglo XVII se construyó hace dos décadas un centro de investigación para jóvenes creadores de diversas disciplinas, como el diseño arquitectónico, la fotografía, el video, las artes gráficas o los textiles. Cada año llueven cinco mil solicitudes provenientes del mundo entero, de las cuales apenas una mínima parte consigue un cupo. Estuvimos en Fabrica, el laboratorio de arte y comunicación que inventaron Luciano Benetton y Oliverio Toscani antes de romper su matrimonio creativo de 18 años.  

Alberto D´argenzio. Treviso

“El arte son las ganas de gritar un gol. Esto lo aprendí en Buenos Aires”. Si el arte está relacionado con un gol, la cancha de Erik Ravelo (37 años vividos entre Cuba, la capital argentina y la verde y plácida Treviso, en la región de Véneto, en el norte de Italia) tiene nombre propio: Fabrica.

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Erik es uno de los responsables artísticos de este centro de creatividad fundado en 1994, fruto de la intuición de Luciano Benetton, por entonces el rey mundial de los suéteres, y de la energía provocadora del fotógrafo Oliviero Toscani. El matrimonio creativo entre estos dos genios del diseño y la comunicación se rompió a finales de la década de los noventa, sin que esto significara un cambio en la filosofía de Fabrica, cuyo objetivo sigue siendo buscar talentos menores de 25 años por todo el planeta y proporcionarles un lugar para imaginar y unas herramientas para desarrollar sus proyectos.

Si hoy los intercambios en museos y fundaciones están a la orden del día, hace dos décadas las residencias creativas en centros de investigación y experimentación se contaban con los dedos. A 21 años de la llegada de su primera camada de creadores, Fabrica mantiene su identidad y sello: el arte con un sentido práctico, un objetivo que puede ser comercial, como en el sector del diseño; de difusión mediática o reflexión social, como para las campañas (la cancha de Erik), o de desarrollos de contenidos audiovisuales o editoriales, que incluyen fotos, escritura, música, video o una mezcla de todos.

“Aquí mamamos de Toscani. Fabrica tiene la provocación en su ADN, y si hacemos campañas para Benetton no queremos sólo vender camisetas, sino también generar buenos contenidos”. Erick Ravelo, uno de los responsables de los proyectos artísticos de Fabrica.  

 

“Cuando llegué aquí –recuerda Erik, quien empezó como becario al final de la era Toscani–, me metieron a jugar con los grandes. Yo no era nadie. Para hacer esto en total libertad se necesita locura o coraje. O los dos”.

En los pasillos de Fabrica, una construcción levantada en los terrenos de una villa véneta del siglo XVII, reformada por el arquitecto japonés Tadao Ando, se mezclan rasgos fisonómicos e idiomas. El cemento armado de muros y columnas les da paso al acero, al césped, al agua y a la madera. El espacio refleja la voluntad de poner en contacto a personas e ideas, generando una isla de creatividad abierta al mundo.

Fabrica nació como una isla en el entorno hostil de Treviso, una ciudad de noventa mil habitantes, cuna del desarrollo global de Benetton, el clásico ejemplo de provincia del noroeste italiano que en una generación, de los años cincuenta a los setenta, pasó de la miseria a la opulencia y se olvidó de apostarle a la cultura en su proceso de crecimiento. Veinte años de gobierno local del partido xenófobo Lega Nord (Liga Norte) han marchitando el ambiente. Desde siempre, Treviso ha mirado a Fabrica de reojo, como si no entendiera su espíritu.

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“Este es mi monasterio”, resume Erik. Un monasterio donde no faltan polémicas religiosas, que ya forman parte de los gajes de su oficio. 

“Aquí mamamos de Toscani. Fabrica tiene la provocación en su ADN, y si hacemos campañas para Benetton no queremos sólo vender camisetas, sino también generar contenidos, desempeñar un rol de interrelación social y ser protagonistas. Queremos ser una voz contemporánea. El arte no es algo abstracto para mí: hay que romper la barrera entre advertising social y arte”.

La campaña “Unhate”, una de cuyas piezas muestra al papa Ratzinger besando a un imán egipcio, concebida por su equipo y firmada por Benetton, “ha levantado un follón”, reconoce Erik. Un “follón” que ha hecho reflexionar a la casa matriz. “Tenemos una libertad absoluta en términos creativos”, asegura siempre Erik. “Normalmente elegimos un tema compartido, preparamos tres o cuatro opciones para cada campaña y luego Benetton decide cuál utilizar”.

El resultado de la controversia que generó “Unhate” es la prudencia con la que ahora se planea una campaña social y comercial.

“La riqueza de Fabrica está en que colaboras con gente con la que te comunicas gracias a la creación. En el conservatorio te ponen muchas reglas, mientras que aquí eres tú el que se pone límites”. Jhon Castaño, músico colombiano.   

 

 

Por internet ha tomado fuerza, hasta volverse viral, la campaña “Los Intocables”, que responde a la búsqueda de senderos alternativos pero no menos eficaces por los que quiere transitar Erik con su equipo. Las fotos en tamaño natural de esta campaña adornan su rincón de trabajo: crucifijos sobre un obispo, un payaso de McDonald’s y un doctor; una niña sobre un militar sirio, otra sobre un turista y una más sobre un agente de descontaminación nuclear (imágenes que aluden a diferentes formas de destruir a la infancia). El arte como instrumento de provocación: este es el legado que dejó Toscani.

“Lancé la campaña como proyecto personal en internet y ha sido una locura. Hubo mucha gente cabreada, pero también muchas, muchas, muchas personas a favor nuestro, como padres y madres. En Los Ángeles pararon a un hombre que quería atacar un McDonald’s... por suerte...”.

“En Fabrica desarrollé sobre todo la creatividad”, dice el colombiano Jhon Castaño. “Aprendí a no ser sólo un intérprete sino a crear, inventar de la nada, coger referencias, inspiraciones, a confrontarme con otros lenguajes, a interiorizar lo que te aportan los otros. A veces hay gente muy buena, a veces menos buena, pero siempre todos aquí te llevan a lo alto”.

Jhon nació en Pereira en 1979. En 2001 llegó a Italia para vivir con su hermano y estudiar en el conservatorio de Castelfranco Véneto, un pueblo vecino a Treviso. Un poco por azar encontró en Fabrica el lugar para desarrollar su proyecto, titulado El viaje, “un disco que habla de mi biografía musical, desde Colombia hasta Treviso”. Se presentó, valoraron sus ideas y firmó un contrato de colaboración. Allí sigue, desde 2004, con su instrumento: un violín.

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Jhon ha dialogado e intercambiado ideas con Alaa, un músico sirio recién llegado a Fabrica. “Es un tipo genial. Su formación es más folk que la mía, porque, más que técnica, ellos tienen mucho amor cuando tocan. La riqueza de Fabrica es que colaboras con gente con la que te comunicas gracias a la creación. En el conservatorio te ponen muchas reglas, mientras que aquí eres tú el que se pone sus propios límites”.

Para llegar a este rincón privilegiado de Véneto hay que tener menos de 25 años, ideas y un proyecto. La beca incluye el viaje, el alojamiento y 800 euros al mes.

Cada año llueven cinco mil solicitudes, de las cuales apenas una mínima parte consigue un cupo. “Hay muchos becarios de Europa, claramente, pero también muchísimos de América Latina. África tiene menos presencia, China y Japón se hacen ver, mientras viene una tendencia importante desde India”, explica Angela Quintavalle, responsable de comunicaciones de Fabrica.

Carlos Alves, un portugués de 24 años que está terminando su periodo de prueba, ultima en el computador detalles de un proyecto de muebles inspirados en animales. “Vi un producto de Fabrica en una expo en Francoforte y me dieron ganas de intentarlo, pero es duro, la prueba demanda mucho. No es fácil quedarse”. A su lado trabaja Tumomi Maezawa, una japonesa que se enteró de la existencia de Fabrica cuando vivía en Londres. Ella ya tiene una beca. “Es un desafío excitante”, afirma. “Fabrica te da la oportunidad de hacer algo que ni siquiera hubieras intentado”. Tumomi realizó una exposición para una marca japonesa con ocasión del Salón del Mueble de Milán, la feria más importante del sector en el mundo.                                                                                          

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Una planta más abajo está el área editorial, la tercera parte del alma de Fabrica. Proyectos de fotografía, video, música, por separado o mezclados, cobran vida en esta parte de la villa. “Intentamos dar sentido a los proyectos, una identidad al trabajo de los chicos. Con ellos buscamos crear unas perlas, no muy vendibles, pero perlas con un fondo importante de investigación”, cuenta el director creativo Enrico Bossan, probablemente el único de aquí con más de 40 años.                                                                                                                                               

Una de esas perlas se llama Miracle Village, el trabajo sobre la comunidad de la Florida que hospeda a condenados por delitos sexuales y que le ha valido a Sofia Valiente-Noalles el World Press Photo. Impresionante también Bail Bound, un libro sobre los cazadores de recompensas en Estados Unidos, desarrollado por Clara Vannucci. O Iranian Living Room, un trabajo colectivo de jóvenes fotógrafos iraníes que retratan la vida doméstica en su país.

Giacomo Mazzucato es uno de los últimos residentes que han llegado. Viene de la cercana Venecia y con apenas 21 años ya es conocido en la escena electrónica italiana por el exótico alias que se puso: Yakamoto Kotzuga. Terminó su primer disco en Fabrica y sus colegas están ocupados en la versión final del segundo video. Otros fabricantes desarrollan con él una aplicación para crear un acceso diferente a su universo sonoro.

“¿Cuál es el secreto para potenciar la creatividad?”, pregunta Giacomo. Y responde: “Aquí a veces basta con ir a la máquina del café, donde siempre hay alguien, y de una idea nace otra idea, de un café nace un disco, de un disco un video, de un video una aplicación. Todo por un café”.  

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