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El grafiti mestizo de Franco

Fotos de Hugo Rubiano

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Comenzó a explorar la calle por medio del hip hop. Aprendió a pintar viendo un programa de televisión dedicado al arte urbano. En la adolescencia quiso hacer su revolución a través del rap. Su seudónimo alude a la franqueza y a la libertad con que asume su obra. Ha participado en más de 15 muestras colectivas y está preparando su primera exposición individual. Calcula que ha pintado unos 80 muros de mediano y gran formato dentro y fuera del país en los últimos años. Entrevistamos a Franco, el grafitero que retrata a la raza mestiza.   

Fernando Salamanca

La calle, lo ha dicho varias veces, es el combustible de su arte. La noche anterior a esta entrevista había salido con tres amigos a pintar su nueva creación: un copetón multicolor y un gato negro de mirada cautelosa, los dos en esténcil. La semana siguiente intentaría de nuevo pintar la pared de mármol negro de un banco ubicado en una de las zonas más vigiladas de la ciudad, pero antes haría un par de firmas con spray en la avenida Caracas. Una semana normal en la vida de uno de los artistas urbanos más reconocidos del país.

Su primer acercamiento al grafiti fue en el festival de hip hop de Soacha en 1999. Allí se presentó con Perpetuo, un grupo de rap del barrio San Mateo.

Mientras sus amigos bailaban break dance y cantaban en el parque principal de Soacha, Franco escribía, sobre unas láminas portátiles blancas, letras al estilo de los artistas urbanos de Nueva York. Eran diseños similares a los que había visto por televisión en un canal de hip hop.

Cuando ya su vocación había empezado a germinar, se estrelló con la realidad: su novia de aquel entonces estaba embarazada, y como los gastos y las obligaciones no darían espera, comenzó a trabajar como descamador de pescado en el Éxito. La labor que hace ahora una máquina, quince años atrás la realizaba Franco manualmente durante diez horas diarias.

Sin embargo, sacaba tiempo para seguir saliendo cada noche a caminar y a pintar con su grupo de amigos. Continuaba improvisando tipografías y bocetando figuras humanas y de animales. Por aquel entonces comenzó a crear un personaje con líneas curvas, al que fue puliendo a medida que perfeccionaba el trazo hasta encontrar su estilo. Se trataba de una figura fácil de dibujar y digerible para los transeúntes. Así nació su ícono en forma de frijolí, su sello de identidad en los muros bogotanos.

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Su búsqueda de un estilo se remonta a los años noventa. Fueron tiempos difíciles para Bogotá. A mediados de esa década, iba quedando atrás el terror de las bombas del narcotráfico, pero la desesperanza ciudadana era latente. Un grafiti anónimo de 1994 decía: “Bogotá, la tenaz suramericana”, una parodia al apelativo que le clavaron a la capital gramáticos y poetas a finales del siglo XIX. El eslogan de campaña de un candidato independiente al Concejo era “Bogotá está hecha un mierdero”.

"Después de la muerte de Tripido, las cosas han cambiado. Ahora los policías no nos ven como unos delincuentes ni criminales a los que deben darles plomo, sino como lo que somos: artistas de la calle".

La obra de Franco ha sido siempre una aproximación a la realidad bogotana, pero desde los márgenes y los muros, con el sello del Sr. Fríjol, que resume su forma de ver la ciudad y su actitud frente al trabajo: sembrar semillas, transmitir conocimiento, salir cada noche a hacer bombing sin atravesarse en los grafitis de otros artistas urbanos, dedicar 200 horas a un mural de 1.600 metros cuadrados (una cuadra entera), o encerrarse cada tarde en su taller a pulir los detalles de su primera exposición individual, que se realizará en noviembre de este año en Visaje Graffiti, una galería de arte urbano. 

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Su estilo ha evolucionado desde las primeras tipografías que hizo a finales de los años noventa. De la creación del fríjol (2004) pasó en 2011 a la conformación de APC (Animal Poder Cultura), un crew de 60 grafiteros nacionales y extranjeros. Su estética del color y la forma está ahora al servicio de una reflexión que indaga en torno al ser humano, a las raíces precolombinas y a su cosmogonía.

Algunas de las 12 exposiciones colectivas en las que ha participado este bogotano de 34 años se han llevado a cabo en Italia, México, Panamá y Venezuela. Desde el 2005 ha pintado unos 40 muros de mediano y gran formato en Bogotá, y una cifra similar entre Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena, junto a Palptación Virgen de las Mercedes, Narcográfica, APC y otros colectivos con los que ha trabajado.

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Además de aves multicolores, en su trabajo conviven, entre otras figuras, un tigre de mirada fría, un indígena que llora y un fríjol recostado en el diván de su analista.

Por los días de esta entrevista, Franco estaba trabajando en una pieza titulada “Un gato y un pájaro”, una metáfora sobre la ciudad en la que el gato representa a los artistas urbanos y el ave a Bogotá. Es, según su autor, un juego de preguntas y respuestas en el que el pájaro le enseña al gato cómo convertirse en un ser libre.

¿Le importa más la estética que el mensaje en sus grafitis?

A mí me gusta que mi obra sea digerible para los niños, los jóvenes y los ancianos. Hace 15 años, cuando hice mis primeros grafitis, me importaba mucho más el mensaje, porque no conocía la estética. Pintaba figuras rústicas, elementales. Lo ideal para un buen artista urbano es encontrar un equilibrio entre su estética y el mensaje, aunque he hecho cosas sencillas que han sido un hit.

¿De qué manera influyó en su obra el entorno en el que creció?

Soacha es mi nicho. Allí están mis amigos y soy muy bien recibido. El hip hop me catapultó, fue el medio con el que exploré la calle. Cuando tenía trece años quería hacer mi revolución a través del rap, sin agresividad, buscando siempre la equidad y la libertad. Decidí llamarme Franco, porque Franco viene de franqueza; es sinónimo de libertad, de ser y sentirse libre.

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En su obra retrata animales mitológicos como el jaguar, o culturas como las afro e indígenas. ¿De dónde viene esa búsqueda por lo autóctono?

Muchos recuerdan el fríjol, que es lo primero que hice. Después quise dar un mensaje más profundo, más coherente con mi manera de ver el mundo. Por eso pinto animales, para que las personas no olviden que la naturaleza está primero que la ciudad. Hablo del respeto por la diversidad de la vida. Además, indago al ser humano y me gusta retratarlo. No al famoso ni al bonito, sino al anónimo, a nuestra raza.

"Aprendí a pintar viendo Contacto rap, un programa de televisión en el que la gente aparecía bailando, cantando y haciendo sus grafitis".

¿Qué le han enseñado la calle, el tomarle el pulso a la ciudad y sus habitantes, ser testigo del crecimiento y los cambios de Bogotá?

La calle nunca es la misma, es un ser vivo que cambia. Siempre se aprende algo nuevo y nunca se termina de experimentar, de reinventarse cada noche y en cada proyecto. En un sentido más práctico, me gusta mantenerme libre; por eso creo que pintar un muro no debería castigarse con la cárcel, porque el grafiti no es un atentado ni una violación del espacio público. Es una transformación. La pared que ayer era blanca hoy es multicolor. Es una mutación natural de la ciudad.

A propósito de esa mutación, David Lynch, el director de cine, dijo en una entrevista que buena parte del grafiti que se hace hoy en día ha dejado de innovar y ahora lo que hay son puros mamarrachos que no embellecen las ciudades ni proponen nada nuevo. ¿Qué piensa de esto?

No estoy de acuerdo con él. Entiendo que le parezcan mamarrachos, porque hay mucha gente que está haciendo grafitis en las ciudades, y como el espacio es único y cada vez hay más gente, el hacinamiento visual es inevitable. También hay principiantes que quieren hacerse notar y llenan la ciudad con sus bombas y firmas. Están en su etapa de destrucción, igual que los barristas.

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¿El grafiti se aburguesó?

No, evolucionó. Creció en los márgenes de la ciudad y ahora es más aceptado. Mire el ejemplo de Banksy: la policía londinense vigila las paredes que él pinta y no permite que otros las rayen. Con las galerías sucede algo similar, se disputan sus obras y las subastan en millones de dólares. Además, es muy mediático. A mí me ha sucedido algo similar, los grafitis que he hecho en Soacha permanecen intactos, no porque sea mediático ni amigo de la policía, sino porque siempre he respetado el trabajo de los otros grafiteros y hago lo posible para no taparlos, y si lo hago, intento pintar algo mucho mejor.

¿Considera que ha dado el paso de lo marginal a lo convencional?

El dilema es separar mi faceta marginal y clandestina de mi trabajo, que me permite vivir tranquilo y mantener a mi familia. Los artistas urbanos también crecemos y maduramos, el arte no es estático, es un río que busca caminos para fluir y tomar vida sin afectar a los demás. Ahora, hay galerías que han expuesto mis obras y personas interesadas en divulgar mi trabajo. Di el paso y estoy satisfecho, aunque creo que la galería más importante es la calle; mi identidad como grafitero no se negocia.

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¿Cuáles fueron sus referentes en Bogotá cuando comenzó a hacer grafiti?

No tuve la referencia de un artista urbano sencillamente porque en aquella Bogotá de los noventa no había muchos grafiteros. Aprendí a pintar viendo Contacto rap, un programa de televisión en el que la gente aparecía bailando, cantando y haciendo sus grafitis. Vi su trabajo y los adapté a mi manera, que era muy criolla. Yo copiaba las letras que pintaban los artistas urbanos de Nueva York y les añadía color. Así fui encontrando mi estilo.

¿La escena del grafiti cambió con el asesinato de Diego Fernando Becerra (Tripido), en el 2011?

Después de la muerte de Tripido, las cosas han cambiado. Ahora los policías no nos ven como unos delincuentes ni criminales a los que deben darles plomo, sino como lo que somos: artistas de la calle. Eso sí, esto no fue gratuito; el coraje de los papás de Tripido ha sido fundamental porque ellos no permitieron que el Estado y la policía les pasaran por encima. Me dijeron que están amenazados y que por eso tienen escolta permanente. 

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¿Cuál ha sido su mayor reto como artista urbano?

Una tarde de junio de 2013 salí de Bolivia a Argentina, donde me esperaba un parche de la APC que días antes me había contactado para pintar en el subte de Buenos Aires. Llegamos en la madrugada. Mientras yo alistaba mi lata, dos muchachos vigilaban la salida de la estación 9 de Julio y otro me ayudaba con la pintura. En menos de tres minutos escribí APC (un quick piece) en tonos azules y linea roja, que contrastaba con el color amarillo del vagón. Luego tomé una fotografía y esa misma noche continué mi camino hacia Uruguay y Brasil. Uno va a lo que va. La fotografía que uno toma es el premio, la prueba de la intrepidez. Ese crew es la cima del grafiti. Artistas como Robbo en Inglaterra o TNT y BGS en Europa pintan en trenes de Nueva York, Londres y Copenhague.

"Cuando estuve en Medellín, en el 2007, encontré una escena decaída. Pinté por todos lados. Yo era la única velita del grafiti y armé un incendio en la ciudad. Hoy en día, existen muchos grupos de arte urbano".

Grupos como Toxicómano aseguran que usted es, ante todo, un divulgador del arte urbano. ¿Qué opina de ese reconocimiento?

Me gusta compartir lo que sé. Cuando estuve en Medellín, en el 2007, encontré una escena decaída, pues los grupos de hip hop habían optado por el break dance y dejaron morir el grafiti. Me quedé para que la gente creara y extendiera el arte junto con grupos de cineastas, bailarines y escritores. Vivía en Buenos Aires, un barrio en la comuna 9. Pinté por todos lados. Yo era la única velita del grafiti y armé un incendio en la ciudad. Hoy en día, existen muchos grupos de arte urbano que han recogido mis enseñanzas. Eso no tiene precio.

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¿Sin bombing no hay grafiti?

Sin riesgo y sin adrenalina, el grafiti no existe.

¿Tiene algún plan establecido cuando sale en las noches a pintar?

Yo salgo a la calle sin guiones, voy con una chompa negra y los pantalones que uso en el taller. El libreto me lo da la calle. 

Visite la página web de Franco: www.franco-graffiti.com

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