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El erotismo etéreo en los desnudos de Gabriezzo

A través de sus modelos, este fotógrafo bogotano de 28 años explora la tristeza, felicidad y otras expresiones e inseguridades que revela el cuerpo humano. Sordo de nacimiento, ha aprendido a escuchar de otras maneras y a entender problemáticas como la de la comunidad trans, a la cual se ha acercado especialmente con sus retratos.

Julián Guerrero

Parte de nuestra rutina consiste en breves momentos de desnudez que son antesala del baño o de otros placeres, y que revelan, así sea frente a un espejo, nuestros cuerpos íntegros y sin filtros. Sin embargo, fuera de nuestra privacidad, esa desnudez acentúa nuestras inseguridades y muchas veces el miedo al rechazo se hace más palpable. Estando expuestos, entra en juego el pudor, esa negativa impuesta desde lo social a mostrar el cuerpo descubierto. Por eso, una toma masiva como la realizada por el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick en 2016, con 6.000 personas desnudas en la Plaza de Bolívar de Bogotá, le permitió a una sociedad recatada un espacio para abrirse y romper sus tabúes.

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Pero sumergirse en la masa desnuda es muy diferente a mostrar el cuerpo descubierto en una toma individual y no sería extraño que, si decidimos preguntarle a nuestro vecino cuan dispuesto estaría a posar desnudo frente a nuestra cámara, recibamos una cara de sospecha o una respuesta negativa. Y es que Colombia, a pesar de eventos como el propuesto por Tunick, sigue siendo un escenario de pudor y de vergüenza ante el cuerpo desnudo, o al menos así lo ve Gabriezzo Barbosa, un fotógrafo bogotano de 28 años que retrata cuerpos desnudos en su búsqueda de un erotismo etéreo. Él, a través de la fotografía erótica, se ha dedicado a explorar los cuerpos, sus inseguridades y sus miedos.

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En su estudio del barrio Los Alcázares, en la localidad de Barrios Unidos, Gabriezzo trabaja hace dos años en un escenario blanco y ocupado sólo por un mueble antiguo, herencia de su abuela. Su trabajo, como lo ha denominado, es una terapia de la desnudez, un ejercicio de fotografía erótica a partir del cual pretende que sus modelos puedan expresarse y estar más seguros de su cuerpo. Amigos, colegas y familiares han posado para el lente de este personaje que comenzó con la peluquería y el estilismo, y se fue inclinando poco a poco hacia la pintura y la fotografía.

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“En una época yo pintaba pero no tenía claro lo que quería. Experimenté todo tipo de técnica, pero al final sentí que era muy ególatra porque pintaba lo que yo era. Ese fue el primer bloqueo que tuve antes de la fotografía”, recuerda Gabriezzo. Su llegada a la fotografía fue producto de diferentes despertares, siendo uno de ellos el de querer romper etiquetas. “Todas las personas tienen diferentes etiquetas: en su forma de vestir, de caminar, algunos son reservados o religiosos. Yo quería borrar todas esas etiquetas, si estamos todos desnudos somos iguales. Eso me impulsó hacia la fotografía”, explica.

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Gabriezzo es un fotógrafo empírico. Con su trabajo como modelo y estilista tenía ya ciertas nociones sobre las poses y el modelaje, pero la fotografía fue algo que aprendió solo, fue una tarea ardua y que sacó adelante con las uñas. Un taller de Ruven Afanador y el apoyo de su familia y amigos, motivaron a este bogotano a emprender un proyecto del cual hoy se siente orgulloso y que planea materializar el próximo año en forma de libro.

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Lo que Gabriezzo retrata no son sólo cuerpos desnudos. Esos mismos cuerpos, adornados con elementos como perlas o cortinas de diseño minimalista y etéreo, adoptan poses seductoras, otras más recatadas o sublimes. Pero al final, todos sus modelos revelan estados de ánimo, inseguridades y otras expresiones del cuerpo. “Cada elemento tiene un significado. Ellos (sus modelos) me cuentan algo y a mí se me ocurre poner un elemento. Por ejemplo, me gustan mucho las perlas porque la concha chupa todos los residuos del mar y los va amoldando hasta que se convierten en una perla. Pasa lo mismo con la personalidad. Es un trabajo mental con el que la persona acepta cómo es su cuerpo, porque hay cosas que no se pueden modificar. El tamaño, la altura, el grosor de la piel, el tono, hay que aceptarlo y convertirlo en belleza. A veces las personas sienten como que se han caído del cielo, los han bajado, lo que yo hago con esta fotografía es una terapia del ánima”, reflexiona el fotógrafo.

Muchas de las personas que llegan a su estudio le llevan objetos que les gustan, totems, como los ve el fotografo. “Tienen un fetiche con los arneses, les gusta ser amarrados, entonces eso es bienvenido, porque la esencia de la persona quiere estar con eso. Es como decorar una parte de su alma. Porque de pronto no va a vestir eso todos los días, por la familia o el trabajo, en público no pueden, entonces quieren algo que sea muy íntimo y escogen estos objetos. Cuando yo pongo algunos elementos en la fotografía la persona siente que se está sanando porque me permite tocar su piel, que es algo sagrado. Permitirte tocar es sanar”, explica Gabriezzo.

 

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Mezclando la espiritualidad y el modelaje con un trabajo de intimidad y de encuentro con las inseguridades y complejos de otros, Gabriezzo ve el erotismo como poesía de la piel, como una oportunidad para sanar pero también una manera de expresar cosas que difícilmente sus modelos podrían mostrar en público. “Cada pose es diferente. Para mí son como una construcción del alma. Algunos se ven como si fueran lenguaje de señas, pero congelado”, afirma.

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Y es que el lenguaje de señas es algo muy importante en la vida de Gabriezzo, quien nació sordo pero que, como él mismo señala,  ha aprendido a escuchar de otras maneras. En su oficio, Gabriezzo ha buscado retratar personas que le permiten identificar problemáticas e inseguridades que aparecen en diversos contextos. Un ejemplo de esto es el trabajo que ha hecho fotografiando miembros de la comunidad trans, observando la ironía de las inseguridades corporales. “Los trans son muy humanos y tienen más problemas que nosotros. Es muy chistoso que algunas personas se sientan inconformes pero tenemos de todo: derechos, libertad de expresión, libertad artística, pero los trans no tienen mucho de eso. La sociedad los tapa porque los ve como una vulgaridad, como muy dañado. Yo estuve hablando con varias personas sobre si querían colaborar para mi serie y pocos accedieron”, dice

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La negativa a posar para su colección no sólo la encontró en la comunidad trans, sino que también la evidenció en la comunidad de sordos, en los cuales aún encuentra bastantes tabús sobre la sexualidad y la desnudez. “Los oyentes escuchan de todo, tienen una percepción más grande, para ellos es normal escuchar de sexo, vergas, tetas, pero para los sordos no. Casi todos son muy mojigatos y eso se debe a que viven en una burbuja muy pequeña por no poder escuchar. Yo quiero utilizar lenguaje de señas con erotismo”, afirma, agregando que le gustaría redireccionar algunas de las señas usuales hacia el terreno de la sexualidad y así inspirar seguridad.

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En los próximos meses, Gabriezzo, planea publicar un libro con las imágenes completas, pues el formato en papel todavía le permite saltar la censura a la que lo someten las redes sociales como Facebook o Instagram, en donde ya se ha visto denunciado o ha sufrido el cierre de su página.

Si quiere conocer más de cerca el liberador trabajo de Gabriezzo, sígalo por aquí.

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