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Sin apologías ni represión: así funcionan los talleres de sustancias psicoactivas para familias

Sin represión ni criminalización: talleres de sustancias psicoactivas para familias

Ilustración de Enka

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El 40% de las personas vinculadas al microtráfico en Bogotá son niños y adolescentes. Nada se logra victimizando o juzgando mientras se ignoren las dinámicas barriales o familiares. Por eso se han conformado espacios que ofrecen herramientas a hijos y padres para estudiar las drogas hombro con hombro.

Mario Rodríguez H. | @quevivalaM

Henry Motta es enfermero y defensor de los derechos humanos de los consumidores de cualquier sustancia psicoactiva (SPA) y acérrimo activista cannábico. “La preocupación es a medias por parte del consumidor y casi nada por las familias”, asegura. Gracias a su cercanía con la Marcha Cultura Cannábica Bogotá (MCCB) hoy hace parte activa de los Talleres de Orientación en Consumo SPA para Familias, en los que priman humanizar la información para cualquier persona de a pie, despertar la conciencia de lo que se consume y alertar sobre el efecto real que conllevan estas sustancias no solo en los consumidores, también en quienes los rodean.  

“La idea es que las familias estén al tanto de lo que está pasando alrededor de sus hijos —dice Henry—, pues ellos piensan que lo que están metiendo es marihuana… pero hablamos es de basuco, de inhalantes legales, de drogas con repercusiones muy graves en la salud”.

Pero antes de llegar al activismo él mismo estuvo enganchado a la pasta de coca. En aquella época no había quien le guiara: “Cuando yo viví el infierno del basuco, mi familia no sabía qué hacer porque no había la información pertinente”.

Pero la información sí existía, el problema era que no resultaba digerible para un joven que no estuviera relacionado con el lenguaje técnico de los médicos, “quienes además —agrega Motta— suelen recriminar a los consumidores a la hora de sincerarse”.

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Henry Motta. Foto de Ricardo León.

Dichas estadísticas suponen una alarma para las poblaciones más vulnerables, justamente aquellas olvidadas por la acción estatal, sobre todo con lo que expone el mismo ODC al afirmar que «los jóvenes se constituyen en uno de los objetivos centrales de las estructuras el microtráfico (…) mediante la expansión de los mercados de drogas», y, dice también, que «de cada 5 personas con problemas de abuso o dependencia de sustancias psicoactivas ilícitas, 3.4 pertenecen a los estratos socioeconómicos 1 y 2 (…) En cuanto al basuco, las localidades de Tunjuelito, Ciudad Bolívar, Usme, la zona de Santa Fe, Los Mártires y La Candelaria, muestran la más alta disponibilidad y el mayor número de ofertas recibidas».

Los Talleres de Orientación en Consumo SPA para Familias cuentan con sesiones específicas para los involucrados en el consumo problemático de drogas ilegales o legales (no más de 10 participantes por taller) en las que se ahonda en la prevención no solo de uso y/o abuso de drogas, sino sobre enfermedades de transmisión sexual y embarazos tempranos, también en las oportunidades que actualmente existen ante las mencionadas situaciones echando mano de políticas públicas para la juventud y la solución de problemáticas desde los derechos fundamentales.

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Foto de Ricardo León.

Aquí es donde entra en juego la Mesa Local de SPA de Usme y sus ferias de sustancias para usuarios y no usuarios. Alejandro Hernández está a la cabeza del proyecto y explica que esta es “una iniciativa que se formalizó por la comunidad hacia finales de 2014 y que se fundamenta en los decretos 691, de 2011, y 048, de 2009, herramientas jurídicas que casi nadie conoce pero que nos otorgan el poder de citar y convocar a las entidades públicas a la asistencia de comités locales de estupefacientes (las mismas mesas locales de SPA), las cuales son formales desde que tengan un espacio y una fecha mensual de reunión”.

(Píllese también esta charla con Juan Daniel Gómez, un colombiano experto en neuropsicofarmacología que ha dedicado casi 40 años de su vida al estudio de las drogas)

Como Hernández conocía a Motta del activismo cannábico lo invitó a una de las ferias que la Mesa de Usme organizó el pasado mes de octubre, en el parque público de Las Piscinas del Virrey, con la intención de socializar su proceso trabajando con familias desde la MCCB. Motta, por su experiencia como locutor en la emisora virtual 420 Bogotá, se apropió del micrófono durante el evento con el fin de conducir a los transeúntes —niños, jóvenes y adultos, desde campesinos hasta monjas— hacia los diferentes stands informativos que cumplieron la cita: fundaciones como la Miguel Ángel Vargas o la Vida Sin Drogas —entre otras—, tejidos sociales de apoyo como la Red de Conciencia Colectiva y entidades oficiales enfocadas en salud, acompañamiento a menores y educación.

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A la izquierda: Alejandro Hernández, líder de la Mesa Local de SPA de Usme y Fundador de Fundación Miguel Ángel Vargas. Foto de Ricardo León.

Hubo también espacio para la cuentería y para la música, que en esta ocasión estuvo a cargo de la agrupación urbana Tiempos Reales, así como para la intervención de padres que han experimentado problemas con drogas en sus familias, como doña Yaneida y su hijo quien conoció el basuco a los 12 y 3 años después fue capturado por la Policía bajo los cargos de expendio, cuando apenas repetía quinto de primaria en su colegio de Usme.

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En el micrófono Diego, MC de Tiempos Reales. Foto de Ricardo León.

Al pelado le salían ampollas en las manos y doña Yaneida pensaba que su hijo estaba enfermo del hígado. Luego aprendió que esto se debía a la manipulación de fósforos y pipas reutilizadas y poco higiénicas, diseñadas para fumar basuco.

“Con los talleres aprendí a identificar que las adicciones son una enfermedad y que pueden desencadenar ataques de ansiedad —cuenta Yaneida, quien llegó a dar sus propias charlas en colegios de su localidad—. Aprendí que la Ley 1566 obliga a las EPS a que nos den el tratamiento adecuado para los muchachos”.

Pero, ¿cómo han llegado estos talleres a las más de 50 familias que han acompañado desde hace tres años?

“Una mamá le fue diciendo a la otra y así… Luego ya teníamos mamitas que venían de Chía, de Cota, de todas partes —explica Motta—. Incluso han llegado cristianos y testigos de Jehová a despojarse de sus creencias para saber cómo ayudar a sus seres queridos”.

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Yaneida Rueda en la calle del colegio de su hijo, uno de los tantos en los que se parado ha contar su historia en búsqueda de una no repetición. Foto de Daniel Corredor Sierra.

“Ahora le digo a mi hijo: venga, en vez de un carrazo, fúmese un moño de marihuana —cuenta doña Yaneida—. Yo aprendí a diferenciar, la droga también puede ser medicina, pero hay que saber cuál es para uno”. Esta mujer atribuye su conocimiento al esfuerzo de las mesas locales, pero también “a la semilla que en mí sembró la doctora Adriana Pathernis, cuando como trabajadora social del Idipron, hace ya 8 años, estuvo a cargo de mi hijo”.

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“Actualmente se maneja un discurso de no consuma —explica la doctora Adriana Pathernis, especialista en farmacodependencias y ex coordinadora de los extintos Camad—. Pero lo ideal sería brindar las herramientas a los consumidores para manejar sus propios contextos sociales de manera funcional, como sucede con las clínicas tipo día, en Europa, escenarios donde la terapia consiste en un acompañamiento psico-social diurno, puede ser en un centro médico, pero luego el sujeto vuelve a su contexto”.

Como el hijo de Yaneida hay alrededor de 200.000 menores que entre 2007 y 2015 han sido reportados por el Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes por verse implicados en delitos con drogas.

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Foto de Ricardo León.

Dicha estadística se suma a la expuesta por el último estudio de consumo de SPA por parte del ODC, en el que se afirma que 82.000 personas, de las 132.000 que han probado el basuco en Bogotá, tienen entre 12 y 24 años. «El uso abusivo y/o dependiente es desarrollado por 7 y 6 de cada 10 de ellos, entre 12 y 17 años y 18 y 24 años, respectivamente», concluye el estudio.

“El Estado piensa que los espacios para hablar sobre drogas se convierten en ollas o sirven para hacer apología al consumo —alega Alejandro Hernández, quien también llegó a la Mesa de Usme por contacto de la doctora Pathernis—. Nuestro esfuerzo se centra en brindar las herramientas para que la gente pueda saber más sobre equis sustancia. Hay diferentes rutas de oportunidades para familias con miembros consumidores, así como para las diferentes instituciones. Hay que abordarlo como un tema desde los derechos humanos sin represión ni criminalización”. Aclara además que los talleres son espacios libres de humo.

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Alejandro Hernández. Foto de Ricardo León.

Para la doctora Pathernis, los talleres y el caso de doña Yaneida revelaron otra lectura del consumo y evidencian la vulnerabilidad familiar desde otra perspectiva. “Las adicciones implican una fragilidad muy alta de las personas —explica—, sobre todo si hay coacción por parte de los mismos amigos que le siguen vendiendo o regalando o presionando o haciendo bullying, que es peor”.

Según cálculos realizados en 2015 por el Ministerio de Justicia y del Derecho y la Fundación Ideas para la Paz, el 40% de las personas vinculadas al mercado urbano de droga en Bogotá son niños y adolescentes: «los mercados de marihuana y basuco coinciden en mayor proporción con entornos escolares que los mercados de cocaína».

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En las jornadas el micrófono está abierto para cualquiera, niños también se expresan frente a las drogas. Foto de Ricardo León.

“El gobierno prefiere que estemos drogados y borrachos, en vez de pensantes —reclama Motta—. Prefiere una comunidad errante y que no sea autocrítica. Por eso a estos temas les dejan las migajas del presupuesto. Es una lástima que la Constitución diga que somos libres del desarrollo de la personalidad, que incluye la exploración de la psiquis, pero cuando consumimos sustancias psicoactivas nos reprimen con la UPJ (hoy CTP) y terapias de rehabilitación que más bien deberían ser consideradas como una última opción. Por eso es clave transformar el enfoque que hoy se está dando por uno que sea verdaderamente social”.

Ambos —Hernández de 30 y Motta de 33 años— están convencidos de que la finalidad de los talleres que realizan es que las familias hagan catarsis. “Hay que pillar qué es lo que ellos tienen que decir —dice Motta—, porque son personas que quieren ser escuchadas, que se sienten solas y aquí cuentan con un apoyo que no los va a seguir revictimizando”.

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Yaneida, una de sus hijas y uno de sus nietos. Foto de Daniel Corredor Sierra.

“Yo a mi hijo no le lloro. Yo lloro a escondidas —dice doña Yaneida—. Porque es que todo el mundo es condenándolo a uno y diciéndole que uno falló como padre, pero nadie le pregunta a uno: ¿cómo está?”.

 

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