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¿Y SI LAS HORMONAS ESTÁN EN LO CIERTO?

Las hormonas femeninas han sido fuente de reclamos por parte de los hombres, incapaces de entender que tener la regla no equivale a coquetear con la histeria, la locura y el melodrama fácil.

Por María Ximena Pineda
@
anacaonax

Las hormonas femeninas se han ganado el título de villanas ciclotímicas. Según la sabiduría popular, son ellas las que nos hacen locas, neuróticas, caóticas, incomprensibles. Muchos hombres asumen —a veces mal— que nuestros reclamos son simples efectos colaterales del período, evadiendo así cualquier tipo de responsabilidad.

Tener la regla es, todavía, una señal no sólo de debilidad o enfermedad sino de “histeria” o “locura”. Y sí, es cierto, las hormonas alteran nuestras emociones y estados de ánimo. La baja concentración de dihidrotestosterona incide en cierto tipo de comportamiento agresivo femenino. Niveles altos de cortisol pueden ocasionar estrés. Los bajos niveles de alopregnelonona nos provocan irritabilidad. Por mencionar sólo algunos ejemplos.

Tendemos a condenar todo tipo de reacción hormonal como impulsiva, irracional, excéntrica. Y todos parecen concordar siempre en que el buen juicio y las hormonas femeninas son antónimos. Y puede que en muchos casos esto tenga algo de verdad. Yo, por ejemplo, el día de ayer, con luna llena y un alebrestado hervor de hormonas menstruales, hubiera podido coger a pata a toda la selección Alemana (campeona mundial) y enterrarles no 7 sino 10 goles, y sola. Nadie se imagina el poder del animal que se despierta dentro del útero cada mes. Es una bestia.

Bestia y todo lo que quieran pero esta vez seré abogado de ese diablo de progesterona. Si es cierto que todo efecto tiene una causa, sus buenas causas tendrán las hormonas femeninas para alebrestarse de vez en cuando y llamar al orden a uno o a varios individuos. Quizá su modus operandi sí sea algo exagerado y melodramático, pero el fin que las despierta, definitivamente, es un hecho. Las hormonas no se alborotan por obra y gracia del espíritu santo, de eso doy fe.

En medio de un ataque lacrimógeno brutal de mis hormonas, me pregunté si me estaba ganando la locura y me merecía morir en la hoguera como una bruja inquisidora o, mejor, en un exorcismo, mientras un cura intentaba matar ese coctel hormonal —la bestia— que ya iba en largometraje con posibilidad de una segunda parte y un spin off. Y luego pensé: ¿qué tal que las hormonas tengan razón?

Y luego de una mini-terapia de inodoro vi la luz al final del túnel y dejé de culpar a mis hormonas de mi supuesta locura. Estaban en lo cierto. Era necesario un remesón de estrógenos bien bravo para salir de un atolladero que me tenía engarzada y conseguir un punto de giro definitivo.

Propongo, entonces, que nos amistemos con estas temperamentales, secretoras, impulsivas y hasta apasionadas hormonas. Lejos de ser síntomas de algún tipo de esquizofrenia o locura, pueden ser, en cambio, indicadores de alguna piedra en el zapato o de que debemos emprender un nuevo rumbo.

Durante años, fuimos juzgadas de histéricas, dementes y brujas por cuenta de nuestras hormonas. Es el colmo que aún hoy, en pleno siglo XXI, sigamos con ese mismo prejuicio. Reivindiquemos a nuestras hormonas que, a pesar de tanto mito ginecológico, cas siempre tienen razón.

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