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Cartel Urbano
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WALT WHITMAN EN LA BOGOTÁ DEL SIGLO XXI

Por Carlos Salazar

Descubrí una perla considerable en un documental sobre Walt Whitman llamado: “American Experience” (http://www.youtube.com/watch?v=9yK_XPzYwic). Tras obviar ese egotismo presente en el título y tan típico de los norteamericanos, con el que su hegemonía mundial ha inyectado a su cultura y que los lleva a bautizar como “americano” algo de no tiene mucho ver con las otras jóvenes américas y que, aunque no gozan de los beneficios de las políticas o las riquezas norteamericanas, sí son producto de dichas políticas y, en todo caso, partes determinantes, eso sí, y esencia distinta pero infaltable en la sangre del mismo continente.  

Sustrayendo, entonces, la carga algo exagerada de los colores nacionales y las estrellas de los Estados Unidos que colorean todo el documental, encontré muchísimas joyas de estudiosos de la obra del gran Walt pero, sobre todo, la parte referente a un fenómeno de total vigencia en nuestra Bogotá del siglo XXI.  En la que se analiza el estudio que hace Whitman de lo que el entrevistado llama el “afecto urbano”. Ese fenómeno de las ciudades capitales jóvenes que empiezan a conocerse y a descubrirse, particularmente el de esa Nueva York que apenas se palpaba, a mediados del siglo XIX , como una joven que empieza a descubrirse en sus zonas más sensibles. Ese suceso de la urbe en nacimiento y todo un parto, podría decirse, para ese inmigrante que, aunque se busca un comienzo fresco, llega con muchas de las viejas costumbres de su pueblo en los campos de Irlanda. Este tópico del “afecto urbano”, según nos lo explican, es el fenómeno de estas grandes urbes que crecen y que se centran en esa experiencia de choque diario junto a personas que nunca hemos visto y que, muy probablemente, nunca volvamos a ver. Una mecánica algo extraña para los inmigrantes, que va creciendo junto con la ciudad y su explosión demográfica y que asombra, también, al joven Whitman. Es este fluir de la ciudad y sus contrates, su diversidad deslumbrante y su ritmo acelerado, como el acelerado crecimiento de esas torres y luces que se multiplican sin freno, es esta corriente la que va a inspirar su canto a la humanidad a través de sí mismo. Pues Walt parece entender, como nos lo cuentan, que él podría ser cualquiera de los que ve: aquél viejo, si hubiera tenido su origen, su estructura o sus condiciones, o podría ser aquella mujer, si hubiera enfrentado su linaje o su nacionalidad, o ese niño, también. Podría ser cualquiera de ellos, quizás, por la simple razón de ir caminando por donde ellos caminan. Whitman descubre, luego, que, de hecho, él es ese hombre, él es esa mujer, él es todos ellos y ellos son él, porque son esa misma corriente mágica que nutre la ciudad y que termina afectando y determinándolos a todos, de una u otra forma. Todos son la misma ciudad. Todos son el mismo animal, tal es el sorbo con el que la ciudad llena al joven Whitman y es parte esencial en el viento de sus hojas de Hierba y en le tono de esa histórica celebración del ser como parte del mundo que es el “Canto a mí mismo.”

Tal es la visión del futuro que Whitman adivina en los berreos de esa ciudad en nacimiento y que son de una actualidad impresionante en nuestra capital. O es que acaso ¿ya se ha entendido el bogotano actual como parte esencial del otro y de ese cachorro que es la ciudad de Bogotá? ¿Ha comprendido ese fenómeno del “afecto urbano” y su mecánica, esa interdependencia que subyace bajo nuestras diferencias?... 

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