
UNA SOPA MUY AGUADA
Ilustración: Pegatina/Cartel Urbano
La Sopa Colombia es un bodrio más de la televisión contemporánea. El show lo presenta un famoso comediante bogotano que según algunos televidentes no da pie con bola en esta nueva aventura peripatética.
Por John Better
@johnbetter69
Mi madre, la señora Doris Armella Roncallo, es una experta cocinera costeña. Hace de todo: guisos, pescados, arroces, pero su fuerte es la sopa. De pequeño recuerdo volver del colegio a mediodía en punto, cuando el sol de Barranquilla es una bola de acero hirviendo y girando en la pantalla azul del cielo. ¿Y qué encontraba de almuerzo? ¡Sopas! Hirvientes, humeantes, sopas de todos las clases, porque mi madre las hacía todos los días: de mondongo, de costillas, de pollo, de rabo de res, de pescao salao, etc.
Hoy en día mi madre no hace sopas con tanta frecuencia, digamos que ha perdido cierta habilidad en el asunto, y cuando la sopa no queda en el punto que ella desea, no duda en afirmar a viva voz: ¡esta sopa está aguada!
Hice toda esta introducción para hablar de La Sopa Colombia, esa nefasta (y aguada) versión en español del clásico televisivo norteamericano presentado ahora por el ingenioso Joel McHale, quien sorprende siempre por sus comentarios cáusticos respecto a la tv gringa, incluyendo desde realities y talk shows hasta melodramones mexicanos. El lenguaje corporal de McHale es tan bueno, que a veces no necesita musitar palabra para desternillarnos de la risa.
Si era un reto hacer una versión en castellano del programa original, aun más difícil resultaba encontrar a un comediante en estas latitudes que por lo menos le diera la talla a la sombra de McHale. ¿Y quién fue ese? ¿Quién fue la vitualla encargada de darle espesor al nuevo proyecto? Pues nada más y nada menos que Alejandro Riaño.
¿Que quién es el señor Riaño? Les cuento. La leyenda dice que una mañana Andrés López, ese prohombre de la comedia nacional, despertó con un terrible cólico estomacal. Apurado, corrió hasta la taza del inodoro y expulsó entre vapores tóxicos lo que tanto le oprimía su pancita. “Debió ser la lechona que me dieron en el stand up de anoche”, pensó el genio rolo, pero al levantarse y echar una inspección a lo recién depositado, sus ojos no podían creer lo que veían. Ahí flotando, moviendo las manitos y los piecitos con gracia, yacía Alejandro Riaño, que entonces era apenas un chistecito flojo de escasos 15 centímetros, nada agraciado y algo torpe. Antes de que López bajara la palanca del inodoro, la criatura musitó sus primeras palabras: “Melgar, gomelo, flota”. Así se dio cuenta el comediante veterano de que aquello era fruto de su entraña y decidió darle una crianza digna y convertirlo en un digno sucesor suyo en el competido mundo del stand up comedy.
Luego de un trasegar independiente, ya suelto de la rienda de su mentor, Riaño se hizo popular en un híbrido desabrido llamado Los comediantes de la noche, una enclenque fraternidad del chascarrillo donde el ñoño es rey.
El stand up comedy en Colombia es un género incipiente. Nuestros referentes modernos son nulos, aunque si me ponen a elegir, prefiero ver al Hombre Caimán con sus pintas corronchísimas rasgando una guitarra al sonsonete de sus malos chistes, a un Riaño tratando de satirizar el trabajo de los demás y lanzando tortazos que finalmente se devuelven y estrellan contra su rostro imberbe.
El escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez escribió: “El mundo es una comedia, tienes que repetirlo hasta que se haga cierto”. El mundo es una comedia, el mundo es una comedia, el mundo es una comedia...
Cuando me topo con la cara de Alejandro Riaño, no me animo a cambiar de canal, y me quedo mirándolo, observando sus fallidas acrobacias de mimo lisiado, lo cual resulta una situación más trágica que cómica.
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