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UNA MASCOTA

Blasfémina

Por María Ximena Pineda

 

Los seres humanos hemos adoptado animales como mascotas desde las civilizaciones más primitivas. Observaba Francis Galton, antropólogo, geógrafo y primo de Darwin, que el hombre salvaje por más salvaje que fuera no era ajeno a enternecerse por un animal y criarlo como a un niño. No es un misterio que las relaciones amo-mascota que desarrollamos son altamente afectivas. De pronto las mascotas son la solución a nuestra soledad. Como no hablan pueden oírnos sin chistar, además son nobles, fieles, quizás encarnen todo lo que nos falta de una pareja.

He observado a las señoras solteronas andar en sudadera con sus perros –generalmente french poodles- supliendo el vacío de ese hombre que las dejó, a quien por pudor o por economía del lenguaje le llaman “tren”.

Es común también ver a jóvenes parejas criando un labrador o un beagle como si fuera un tutorial para ser padres de familia. Algunos le dicen “bebé”, le compran chupo y camiseticas mariconas para humanizarlo y calmar su frustración de no poder concebir en el acto, literalmente.

Supe de una pareja que en vez de perro tenía un cerdito, se llamaba Kevin Bacon y cumplía también la función de llenar el vacío de un bebé que no llegaba.

Están también aquellos solteros que se compran un cachorro y salen a levantar incautas que se conmueven con la ternura que les despierta el can.  Sé que es efectivo para atraer la atención de las damas pero cuando el dueño sale paquete chileno no hay Golden retriever que lo salve.

Mi mejor amiga tiene un pez, se llama Spike. Según ella no solamente tiene nombre de perro sino que actúa como perro porque es muy juguetón; dice que a veces no sabe si está jugando o peleando porque es un pez de pelea. Spike come 3 bolitas de comida para pez al día, pero ella le da a veces 4 como recompensa por ser tan solitario.  Cuando mi amiga compró a Spike le dijeron que viviría solamente 18 meses aproximadamente, pero ya lleva con ella 32 y es un pez alegre y saludable. Mi amiga siente pesar de él, a veces, porque no se ha apareado y constantemente produce una cama de burbujas en la superficie de su pecera tratando de llamar a una hembra que nunca llegará.  Su compañera de apartamento le dice a Spike, Skype; quizás porque ambos son la fiel compañía de mi amiga que vive a 17 horas en avión de su familia. Spike llena la soledad de mi amiga cuando no puede hablar por Skype con su familia o conmigo.

Una vez tuve un pollo que me salió de sorpresa en una piñata. Se llamaba Pascual. Lo quise mucho. Mi mamá procuraba tenerlo encerrado en el jardín y en poco tiempo se volvió un gallo salvaje y lo regalaron sin consultarme. Dicen que fue a parar a una finca. Eso espero.

En cualquiera de los casos mencionados, la mascota es un accesorio del hombre quien egoístamente la mantiene a su lado, domesticada, humanizada, lejos de poder disfrutar de la vida silvestre. Pienso que Kevin Bacon podría ser mucho más feliz corriendo por un matorral buscando bellotas para comer o revolcándose en un lodazal en vez de estar atado a un lacito, paseando como perro. Estoy segura de que Pascual, vivió mucho más feliz en esa finca en el campo que mi mamá todavía asegura que existió o existe y de que aquellos perros atrapados en ajuar de bebé consolando a madres frustradas de matrimonios jóvenes serían mucho más felices siguiendo su propia cola por horas.

En cuanto a Spike, sé que es feliz por la compañía que le proporciona mi amiga y que ella es una buena ama. Quizás disfrute con éxtasis la cuarta bolita de comida que ella le da de premio. De pronto fantasee en su pecera y tenga grandes expectativas como pez, razón por la cual ha duplicado la expectativa de vida que le atribuyeron los dueños de la tienda de mascotas. Lo cierto es que Spike sería mucho más feliz atrayendo con su cama de burbujas a la pez de su vida, una igual de pendenciera a él con la que podría aparearse y morir tranquilo.

 

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