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UNA LITERATURA HECHA POR MERCACHIFLES

Ya no basta con escribir bien. Ahora hay que posar, exhibirse y hablar más de la cuenta. Gajes de la cultura del espectáculo, que obliga a los escritores, cada vez más, a brillar ante las multitudes como si fueran estrellas de rock.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

El año no concluye y ya se han ido Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Ana María Matute, García Márquez, Félix Grande, Leopoldo María Panero, entre otros escritores o poetas con prestigio universal y obra notable. Ahora le tocó el turno a la novelista surafricana y premio Nobel de literatura Nadine Gordimer, autora de ese doloroso, tenso libro titulado La historia de mi hijo, y un gran ejemplo de vida artística en medio del conflicto y la injusticia. Siendo blanca y burguesa, habría podido alejarse de su tierra para buscar la comodidad europea o norteamericana, y en contra de pronósticos políticos y de prejuicios sociales se quedó en su país, defendiendo siempre el valor del escritor excluido, del artista que es segregado por su raza, su ideología o su cuna (así puede leerse en sus ensayos, recogidos bajo el título Escribir y ser de 1995).

Las muertes de tantos escritores maduros contrastan con los rumbos adquiridos durante estos últimos años por creadores literarios jóvenes, quienes ahora deben presentarse delante de cámaras, pasarelas de la moda y congresos literarios como algo más que novelistas, poetas, ensayistas: además de sus libros, están obligados a exhibir los discos de rock que han grabado, los pases de baile que saben ejecutar, los peinados insólitos que les hacen para llamar la atención y verse atractivos. Todo esto con el objetivo de atraer al volátil, indeciso y pueril público a ver si les hace el favor de leer o tan siquiera de hojear lo que escriben.

Se están acabando los escritores como Nadine Gordimer, que se centran exclusivamente en escribir y en plantearle discusiones serias a la opinión pública. En la actual cultura del espectáculo desaforado, el paradigma es divertir a ultranza, al precio que sea. Eso explicaría el afán de muchos escritores por convertirse hoy por hoy en superestrellas como paso previo a la difusión de sus libros. No resulta raro, por ejemplo, el caso de Margarita Posada, quien alterna su irregular oficio de periodista (se hizo aumentar los senos, luchó en el lodo y modeló ligera de ropa para la revista Soho); habla en un discreto programa de radio y opina sobre cualquier temática en Twitter) con el de novelista. Y desde en cuanto a desempeño literario, aún no ha despegado. Anda dedicada a descollar como miembro de la farándula y por eso carece del tiempo, del rigor que requiere su supuesta vocación central, la escritura literaria. Es lamentable, ya que una persona como ella, que tiene acceso directo a círculos, roscas, conventillos de poderosos medios o editoriales, en vez de proponer una obra sólida está desperdiciándose redactando chistes flojos, jugando a la top model y, de paso, destruyendo la poca credibilidad que le queda a la nueva literatura colombiana. Horroriza imaginarse a Nadine Gordimer o a Ana María Matute promocionando sus libros en ropa interior dentro de una revista frívola.

Como saben los entusiastas y algunos estudiosos, la literatura es un recio soporte de las sociedades. Acudimos a ella no solo con el fin de saber quiénes somos, también con el propósito de imaginar quiénes o cómo podríamos ser. Ante la desaparición de grandes escritores, es inevitable preguntarse si habrá talento, disciplina e inteligencia a la hora de analizar y entender el pasado oprimente, el presente angustioso, el desconsolado futuro por parte de los más recientes autores. La respuesta no es muy optimista. En tiempos de memes, tuits y juergas por el motivo que sea, buena parte de la literatura contemporánea está consagrada a competir con publicistas, periodistas y comerciantes en el aparente arte de enganchar espectadores, atrapar audiencias, crear mecanismos de hipnosis y así vender más.

Debe existir, en las catacumbas de las pequeñas ediciones, entre los sótanos y las periferias de minúsculos esfuerzos literarios, la verdadera literatura de esta época. Como lectores, y mientras repasamos los libros de algunos maestros que han fallecido, tendremos que ir a buscarla.    

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