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UN HOMBRE TRISTE DOS DÉCADAS DESPUÉS

Hace veinte años murió Kurt Cobain. Aquél chico difícil que conoció la fama joven se suicidó antes de ver en qué se converitiría la industria del espectáculo.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

 

 A veces parece que Kurt Cobain hubiese presentido en qué se iba a convertir el mundo del rock después de pasados los años noventa: una feria comercial, un gran tinglado de estrellas endebles con duración insignificante. Ya estaba exhausto aquel día de abril hace veinte años, cuando se despidió de todos y salió de este mundo por la puerta trágica. Aunque suene obvio, hay ocasiones en que el suicidio puede compararse con el retiro de la carrera artística. La ingesta de pastillas, las inyecciones de heroína y los disparos del rifle en la boca no están interrumpiendo un promisorio desempeño musical, al contrario: le están dando término, punto final. Sello agreste para una triunfante ruta de tres o cuatro discos, la autoeliminación de Cobain no es tan solo el principio de la leyenda y del icono, es asimismo un cruel precedente. Y no pequeño.

Tras la imagen del guitarrista y del power trío al cual pertenecía, en medio de una época que catapultó la depresión y el aburrimiento mezclados con la agresividad como un pasaporte hacia el éxito en MTV (cuando era MTV y no esa estantería babosa, superficial que es ahora), en los premios Grammy, y justo cuando ya estaba bien y era aceptada socialmente la figura del decadente músico underground, de bar y drogas, Cobain se estrelló con la popularidad, notó que ese estilo desarrapado, sucio, unido a su melancólica beligerancia, se había convertido no solo en pose y moda sino que además daba mucho dinero jugar al chico incomprendido que le lanzaba escupitajos a su ambiente, a su barrio, a su sociedad occidental.

El vocalista de Nirvana, por desgracia, no estaba jugando ni promovía una rumba decadente para llenarse de dólares, aunque se llenó de ellos –y quizás en exceso, más de lo que en realidad podía soportar. Cobain se hacía pedazos de modo auténtico, no tenía opción, mientras sus fanáticos, sus simpatizantes fingían golpearse contra las paredes y enloquecerse solo los sábados por la noche. El lunes en la mañana guardaban sus camisas de leñador, jeans percudidos y zapatillas deportivas, y volvían a vestirse con decencia. Quienes compraron In Utero y Nevermind pudieron dedicarse a la vida cotidiana, conseguir un trabajo, criar hijos, porque sabían que su conducta abismal, sus gritos desgarrados al imitar Smells like teen spirit eran de cartón piedra, una impostura que los hacía ver interesantes durante algún tiempo.

 


Por el contrario, y sin suerte, Cobain iba en serio. Su depresión e incomodidad no eran simuladas. Solo gracias a una percepción desvaída, lúgubre, de todo cuanto le rodeaba (un país nefasto que arma a sus habitantes, una sociedad del lujo y del lucro sin sentido, una contemplación oscura hasta el delirio del presente y del porvenir carente de infantiles paraísos perdidos), Cobain pudo componer e interpretar Rape me, Lithium, Heart shaped box, esos cantos de Maldoror, esos fragmentos del bíblico Libro de las Lamentaciones de nuestro tiempo. Nirvana fue la última angustia. Después de Nirvana lo que nos ha llegado es el imperio de la alegría y el disfrute, aunque sean arbitrarios o nimios, esa burda imposición mediática de pasarlo bien, de divertirse a toda costa. Incluso hasta lo feo y lo agónico deben parecer, hoy por hoy, entretenidos, fiesteros. Basta ver esa empresa criminal de la confusión adolescente llamada Lady Gaga para comprobarlo.

Aquel muchacho de Aberdeen que conoció la fama en Seattle pagó un precio muy caro por acercarnos a una forma áspera y rugosa de la poesía. Su bastardía y dolor de lo real son, a dos décadas del comentado y sórdido suicidio, testimonio palpable del agobio y del callejón sin salida al cual han querido reducirnos las corporaciones, los gobiernos y los amos del dinero. Por esto, las descargas crudas de su música no son susceptibles de ser domesticadas. Pese a tanto clon lamentable de Cobain que se ve en televisión y en internet, pese a la bazofia que aún se sigue hablando acerca de su legado y biografía.

¿Qué se mantiene de ti, Kurt Cobain, mártir de la sinrazón y del fastidio ante la vida? Las canciones, los discos, una hija , una viuda vergonzante, una película ruda dirigida por Gus Van Sant, una gran estela de admiradores a quienes les produce escalofríos seguir tu camino, cientos de guitarras eléctricas destrozadas a puñetazos y a patadas. Tal vez poco menos que todo lo anterior.

Desde la nostalgia inútil hacia los años noventa, una época como cualquier otra salvo por su insistencia en el desánimo y en la abulia, conviene tributar al torvo poeta de Nirvana con algo que le es propio: la poesía escrita. El breve e intenso texto del colombiano José Manuel Arango titulado Hölderlin puede quizá hacerle justicia a este “hombre que ganaba por cansancio”, como escribió acerca de otro el narrador argentino Iván Ferreyra:

quizá la locura
es el castigo
para el que viola un recinto secreto
y mira los ojos de un animal
terrible.

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