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Cartel Urbano
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IN TYLER WE TRUST

La mancha en tu camisa
Por Daniel Vivas Barandica
@dani_matamoros


Si algún desgraciado no ha visto El Club de la pelea no tiene por qué preocuparse. No revelo datos importantes. Eso sí, no sea descarado y vaya véala.

La primera vez que supe que existía la película El club de la pelea tenía trece años. Vi el tráiler y de inmediato quise que se estrenara en el cine más cercano a mi casa. La cinta era protagonizada por Brad Pitt representando a un tipo que deambulaba entre la genialidad y la decadencia; y por un Edward Norton de aspecto agobiante y lastimero que narraba una serie de sucesos vertiginosos. Ambos tipos, un par de supuestos amigos, cambiaban la aburrida rutina de sus vidas por un grupo de hombres que liberaban su estrés en peleas clandestinas llevadas a cabo en el sótano de un bar durante la noche. El tráiler comenzaba con Pitt –luego me enteraría de que su personaje se llamaba Tyler– pidiéndole a Norton que lo golpeara lo más duro que pudiera.

Cuando por fin la cinta llegó a cine no me dejaron entrar a verla porque yo no alcanzaba la mayoría de edad. Ese día quise estrellar la cara del vendedor contra el vidrio de su cabina y ver correr parte de sus mocos ensangrentados hasta que tocaran la parte superior de su escritorio. Aunque mi papá alegó porque me permitieran la entrada, argumentando que él se responsabilizaba, el maldito vendedor no cedió. Me tocó ver una película animada y mi papá, junto a mi mamá, entró a la cinta de Pitt y Norton. Dos horas después cuando nos encontramos a la salida de las salas de cine, mi mamá estaba asqueada por la violencia desmesurada. Mi papá simplemente me dijo que él debía ver la película de nuevo para entenderla mejor. Qué aún no me podía dar una calificación. Estas opiniones hicieron que condujéramos al video club más cercano y alquiláramos el incomprendido filme.

Ciento treinta y nueve minutos después miré a mi papá y le dije que pusiera de nuevo la película. Él se rió y me sugirió que discutiéramos sobre ella. Le respondí que ni a bala, que debíamos verla otra vez. De nuevo rió, hundió el botón stop, luego el de retroceder y se fue a dormir. Yo aguanté otros 139 minutos, analicé las pistas dejadas por el director –luego David Fincher sería uno de mis tipos preferidos–, retrocedí algunas escenas y al final solo pude entender una cosa: jamás volvería a encontrar una película mejor que esa.

El club de la pelea me hizo despertar pero no me liberó. Con Tyler y “el narrador” –sus personajes principales– me di cuenta, mediante iban pasando los años, de que vivimos en una sociedad de mierda –materialista y consumista– donde somos adictos al dinero, a la ropa, a la apariencia, a los objetos y por más que intentemos despegarnos de ellos, no podremos, son nuestra droga, nuestro principal placebo. Al llegar a la mayoría de edad, me hizo dar cuenta de que somos esclavos del sexo, de la religión y de un trabajo que en el fondo odiamos, pero del que muchos no nos liberaremos. Por más que cambiemos de empresas o escalemos en organizaciones, estaremos siempre frente a una maldita pantalla haciendo rico a un cabrón que quizás jamás llegaremos a conocer.

Fight Club, como la llaman mis amigos ricos de colegios bilingües, me hizo entender que nunca me convertiría en la “estrella del rock” que un día quise llegar a ser. Desde ese momento no pude dejar de analizar el trasfondo de las cosas. Me cuestioné la existencia de todo lo establecido y me di cuenta de que no valía la pena traer otros seres humanos a este mundo. Comprendí que lo único que importaba era aguantar y sobrevivir. Luego descubriría que la peli estaba basada en un best-seller del escritor Chuck Palahniuk, conseguí todos sus libros y dejé de alabar a Jesús y a toda la liga de la justicia católica… Había encontrado a mi nuevo Dios.

Han pasado quince años y cada vez me doy cuenta de que todo lo que decía el cabrón de Tyler era una verdad a la que te acostumbras a alimentar. Simplemente te toca continuar, no tienes el valor de volarte la cabeza, no sabes qué sigue después, así que aceptas lo que venga, en el fondo persigues tus sueños pero te ríes de ellos, respiras, descansas, y le muestras la película –por décima tercera vez– a una niña estúpida a la que quieres impresionar y con la que luego te acostarás.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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