
TRISTEZA
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Nadie quiere estar triste, es un sentimiento duro de tragar, amargo. Le tememos porque empieza con un episodio que se vuelve doloroso y luego no sabemos qué hacer con él. Tratamos de sacarlo con llanto y aburrimos a nuestros amigos contándoles la misma historia de desilusión una y otra vez. A veces somos masoquistas y volvemos a recordar el paso a paso de lo que nos ocurrió, cargándonos de más tristeza.
Buscamos en Google remedios caseros para combatir la tristeza y encontramos cientos de páginas con información sobre hierbas, hormonas, prozac. Y en todas las páginas nos advierten que no hay nada que la cure. Sin embargo, hay estudios que dicen que el Omega 3, que se encuentra principalmente en las nueces y el pescado, puede ayudar a combatirla. Entonces comemos salmón esperando curar ese dolor horrible que crece en el vientre y que nos causa un vacío irresistible quitándonos el sueño.
Cuando el dolor persiste, pensamos en sacar una cita con un psicoanalista y consideramos empezar a hacer yoga. Lo que sea. Visibilizamos cualquier recurso, cualquier estrategia entes de caer en cama por una depresión profunda.
Pero las estrategias a veces son desesperadas y mueren en el intento. Entonces ni siquiera las arrolladoras estadísticas sobre la felicidad colombiana nos sirven de aliciente. Y no hay cantidad suficiente de chocolate para hacer viable nuestra tristeza. Y las palabras de consuelo de los amigos que todavía nos quedan al lado aguantando nuestro estado monotemático y lastimero empiezan a rebotar, no nos tocan ya ni logran movernos alguna fibra.
Es en ese momento cuando hemos tocado fondo y la única alternativa saludable es entender esa tristeza, enfrentarla y tomarla por los cuernos por más briosa que sea. Al enfrentarla nos damos cuenta de que la tristeza puede ser más un remedio que otra cosa. Es un estado transitorio para una revelación, un nuevo camino. Es un abismo obligatorio antes de una nueva recompensa.
Como en el viaje del héroe, la tristeza es el conflicto necesario para que logremos nuestro objetivo. Las tristezas son pequeños termómetros que nos indican cuándo ha menguado el fuego de una pasión y hay que encender otro. Nos recuerdan que existe un suelo cuando hemos estado por las nubes. Nos remueven por dentro cuando todo: la rutina, el trabajo, la vida nos ha insensibilizado.
Así que, aunque dolorosa, bienvenida la tristeza. No es con debilidad como debemos atacarla sino con fortaleza. Salir airosos de una tristeza debería ser equivalente a un gran logro profesional. Sin padecer una tristeza nunca sabríamos qué es la felicidad porque la tristeza también nos recuerda, a cada rato, que la felicidad no es un fin sino un estado, que se presenta intermitentemente para hacernos la vida menos aburrida y más interesante.
La tristeza es el precio que debemos pagar por cada felicidad que encontremos en nuestro paso. Para poder volar sobre las nubes primero debemos arrastrarnos por las profundidades y, no se preocupen, el ascenso será directamente proporcional a cuán hondo hayan naufragado.
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