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TIBURONES AL PESTO

Esta semana, los hinchas de Junior tuvieron que pasar un mal trago, padecer una pesadilla verdolaga de la que esperamos se repongan pronto. El ácido John Better se pregunta a quién se le ocurre creer que una premiación se lleve a cabo a las seis de la mañana. 

Por John Better

@johnbetter69

El pajarillo trinó un poco antes de las diez de la noche del pasado 26 de mayo en la ciudad de Barranquilla. Su piquito embustero decía textualmente:  “Atención, última hora, La Dimayor acaba de darle el título  a Junior, debido a que Nacional hizo 4 cambios, la premiación será a las 6 am”. De una, sin pensarlo dos veces, los junioristas no “comieron de nada” y salieron a las calles inflamados de orgullo con sus camisetas rojiblancas (mitad sangre mitad coca), a tomarse la ciudad en nombre de la justicia divina, que según ellos les había hecho el milagro de que al equipo de sus entrañas se le hubiese devuelto el triunfo que le fue esquivo en la pasada final de la liga Postobon, donde al tiburón no  le quedó de otra que comer verde pasto, verde verdolaga.

El terrible pajarillo volvió y abrió su pico tuitero. Ahora decía que el equipo paisa, debido a las irregularidades cometidas durante el encuentro con el Junior, sería enviado a la segunda división por conducta antideportiva. Entonces el Tiburón, que yacía tan muerto como en la famosa obra de Damien Hirst, abrió sus fauces y pidió a sus fieles rémoras que fuesen a reclamar lo que era suyo, la codiciada estrella, el brillo, la luz cegadora y el disparo de nieve. La alegría no cabía en las almitas junioristas. “Se hizo justicia”, gritaban a viva voz, como si se tratara de la orden de captura de los asesinos de Colmenares o del encarcelamiento del Nixon colombiano.

Las lágrimas de júbilo inundaban los rostros. Algunos efusivos ante la presencia de las cámaras tomaban la camiseta del equipo y la cubrían de besos y más besos, con esas mismas boquitas que gritaban las más gruesas palabras de odio contra la hinchada nacionalista, a la que, según ellos, se le había dado su castigo.

A las 6:00 a.m. sería la premiación, según el primer tuit del pajarillo. Entonces el aguardiente, que es la champaña de la prole, salió de alguna “vaca”, de alguna botella a medio beber sobrante del fin de semana, y la fiesta se prendió.

¿En medio del festejo, a ninguno se le ocurrió pensar quién entrega un premio a las seis de la mañana? A nadie, no había tiempo para pensar, el fútbol no lo permite, nubla más que el aguardiente y que el más tenaz de los narcóticos. Y así, de la nada, como salió el anuncio del supuesto triunfo apareció la noticia de que todo había sido un engaño, pero ya era tarde, la red había sido tejida y las moscas auguraban un gran banquete en el que la vergüenza y el ridículo serían el aderezo perfecto.

Las estrellas están fuera de este mundo, nunca tejidas en un escudo o en una bandera. Una batalla se libra en el campo entre espadas y cruces. !Ay Junioristas! Bandada de langostas endemoniadas, peligrosa tribu cuyo himno de victoria lo musicaliza el sonido de las balas, el pito de las motos (las que hacen de taxis o las que llevan al parrillero engatillado). Ay Junioristas, que en hordas salieron a mirar la bóveda celeste, a buscar el titilar de esa estrella que los condujera hasta la pesebrera OLÍMPICA, donde TU PAPÁ despertaba de una pesadilla verde que se repetirá cada 4 minutos durante toda la eternidad.

Que les quede claro que las estrellas están fuera de este mundo y que desde ahora tendrán que recordar ese vergonzoso 26 de mayo únicamente como el día en que nació el Cacique de la Junta, una estrella fuera de este mundo.

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