
TEATRO DE MARIONETAS
Por Carlos Salazar
La comunión de dos ideas separadas por la lógica o el tiempo, que se da casi por error; la yuxtaposición de dos conceptos que no habían tenido el gusto de conocerse en nuestra mente y que se enamoran perdidamente, a primera vista, y se funden para siempre en el fuego de su unión tras dar a luz una gran obra o, por lo menos, un experimento digno de observación, admiración o estudio. Me refiero a ese alumbramiento, a esa experiencia de revelación que nace tras la copula de dos imágenes, ideas o historias que nunca habíamos juntado. Me refiero, por ejemplo, a “Carrie”, de Stephen King- que entraría muy bien en la categoría de los experimentos dignos de ser vistos-, quien confiesa que la idea llegó a su cabeza tras estar trabajando como conserje en un colegio, mientras cambiaba los tampones en los dispensadores y limpiaba las duchas, en el baño femenino, y recordó un artículo sobre la telequinesis que aseveraba que las personas poseedoras del don empezaban a manifestarlo hacia la pubertad, muchas, incluso, junto con su primera menstruación y… Boom: tenía la primera y la última escena de “Carrie” en sus manos. Me refiero a Fleming que se va de vacaciones sin planearlo, dejando una muestra sin guardar, en contacto con el aire, para luego descubrir un hongo en la misma, que inhibía el crecimiento del estafilococo y que no era otra cosa que la penicilina. Uno que, sin duda, entraría en la lista de las grandes obras. Me refiero a la chispa que estalló frente al primer hombre que unió las rocas sobre la madera y a ese fenómeno del “arte encontrado” que maravilló a los surrealistas con la famosa frase del conde de Lautréamont: “ Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas.”
Fue ayer que tuve uno de estos hallazgos y que dio a luz la esencia de esta columna. ¿Digna de observación o estudio? Juzgue por usted mismo:
Mientras veía un video de los teatros de marionetas que le encantan a mi hijo Emilio, en mi computador, me di cuenta de que eran las 12 y 30 del día y que podía darle una mirada a un espectáculo más “serio”, así que decidí dejar a mi hijo frente al ordenador y sintonizar, a su lado, los titulares de las noticias de nuestra ciudad y que son idénticas en los dos canales santificados de la misma. Tras unos segundos viendo las caras de los implicados en los desfalcos del hospital Simón Bolívar, asociados con los viejos Nule y los Moreno, tras escuchar los informes sobre la docena de obras abandonadas en la ciudad, tras volver a repasar el baile de testigos falsos en el caso Colmenares y tras una mirada a las niñeras asesinas, a unos cuántos congresistas y luego de volverme hacia el ordenador frente a mi hijo, tuve mi yuxtaposición mágica- quizás, obvia, ya, para muchos-: ¿Qué era esta pantomima de máscaras y diálogos fotocopiados de las noticias televisivas bogotanas, si no otro teatro de marionetas? Uno mucho más triste y menos elaborado que el que veía en el computador con mi hijo de un año y medio de edad, eso sí, y mucho más macabro, sin duda, pero nada más que eso.
¿Qué voluntad o qué apetito, qué compañía o apellido dirige los hilos de las marionetas bogotanas? Yo no tuve la madera para responder a esta pregunta cabalmente. Apagué el taravisor- como tan acertadamente lo llamaba mi padre- y volví a la risa de mi hijo, frente a la pantalla del ordenador.