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TAXIMETRÍA

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Cuando usted toma un taxi en Bogotá, no sólo toma un taxi. En la mayoría de los casos, también contrata, sin saberlo, los servicios de un cuentero, un psicólogo o un filósofo, los de un asesino confeso o un periodista aficionado; adquiere una receta de vida o una asesoría política, la última noticia del día- fresca aunque filtrada-, un estudio psicológico o una terapia de choque a toda velocidad, mientras se entera de los resultados futbolísticos nacionales o se aprende el coro del reaggeton del momento. Sobre todo, cuando toma un taxi en Bogotá, ingresa en el universo privado y particular de un ser de otra galaxia capitalina que lo guiará en su orbita a lo largo del recorrido hasta el que usted creía -antes de tomar el taxi- era su próximo destino. El taxi aquí es un trance -para aquél que se lo permite-; más que un medio de trasporte, una trasportación en sí misma.

Para mí, cada uno de estos encuentros, es un viaje de ficción al alma de un personaje particular que me enreda en su cosmogonía. Me he encontrado tanto en las garras de un asesino sexagenario y ebrio como en los consejos acariciantes de una veinteañera sensual. La gama de universos son la lotería de la taximetría de Bogotá en la que el usuario entra cuando accede a este servicio. Puede estar por abordar el consultorio rodante de un Freud aficionado o el calabozo momentáneo de un paseo millonario. Como taxinauta interesado, conocí, por ejemplo, al que podría ser el mejor alcalde de la ciudad. Un pequeño cincuentón de sonrisa honesta que tenía viables soluciones de movilidad y humanas propuestas para la seguridad y el desempleo, soportadas con cifras y estudios internacionales, analizados, además, a la luz de sus múltiples viajes al extranjero y, por supuesto, fruto de la observación y el análisis que su trabajo le permitían. He abordado el móvil de un cirujano plástico que analizó un cambio en mis orejas, en el de un ama de casa que me regaló la receta para los mejores fríjoles con garra y fui, también, el asustado pasajero de un paramilitar que escapaba de su pueblo, de donde había tenido que huir por “ajusticiar” a unos cuantos. Mientras me relató la masacre de la que fue uno de los victimarios, en su rostro, en el retrovisor, no podía leerse ninguna emoción con claridad, pero su voz y su tono encerraban la necesidad de alguna confirmación. Buscaba, sin duda, una forma de absolución o de condena.

La gama de universos es basta y encierra experiencias inimaginables para el pasajero diestro e interesado. Estos conductores son los paseadores de la ciudad y todas sus zonas, están manchados con la grasa de sus engranajes más profundos y respiran sus humos determinantes, día tras día. Son una suerte de barómetro capital. Y, aunque muchos taxinautas capitalinos están pendientes del taxímetro, con el justo temor a la leyenda del macabro muñeco, esta es una experiencia de termómetro- mejor. El taxista es un termómetro de la ciudad, de sus ánimos y apetitos, de sus climas y tensiones, de sus temores y anhelos. Son conductores que nos llevan pero, también, mensajeros que traen informes directos de los profundos movimientos de la ciudad.

Sepa, entonces, que cuando abre la puerta de un taxi, en Bogotá, está abriendo un portal a otra dimensión, la página del periódico viviente del día, la de un libro de recetas, de chistes políticos o la de una inesperada novela en la que, usted, quizás, tiene un papel principal que aún está por revelársele. 

 

 
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