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SOBRE LA CENSURA

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Se exhibe lo que está “bien” y se dice sobre eso que: está bien. Se maquilla lo que está “mal” o es “feo” y después se dice sobre eso que: está bien; se arregló. A veces no se puede maquillar lo “feo”, entonces se omite en nombre de la moral y se dice sobre eso que: está bien; no hace falta: estamos bien como estamos. Así funcionamos, como caballos de hipódromo que cargan dos plaquitas de cuero tieso a lado y lado de cada ojo para no tener una vista panorámica. Censurados. De golpe, mirando al frente, corriendo una carrera sin preguntas.

No hay que ir muy lejos para sentir la vileza de la censura. Lo hizo Munir Falah, presidente de Cine Colombia, sin una pizca de vergüenza: prohibió la proyección del tráiler No hubo tiempo para la tristeza en las salas cinematográficas de su empresa. Un documental así, que después de años de trabajo investigativo —de hallazgos, de sangre— advierte la tomografía de un país violento como Colombia, resulta para la empresa “muy fuerte; demasiado crudo”. Siendo así, no imagino cómo logran convencerle los grandes empresarios para que se proyecten esas películas taquilleras de acción que tanto patinan de sala en sala. Tan sangrientas, tan fuertes, tan circulares.

Tan cínico.

A Falah le importa muy poco incumplir lo pactado con el Centro de memoria histórica (con quienes tenía un arreglo millonario por la proyección del tráiler). O tal vez sí le importa, pero considera más importante cuidar la sensible retina de los clientes, proteger su nombre de la sangre derramada por más de 50 años de conflicto armado; mantenerse a raya, sin salpicaduras. Siempre será importantísimo cuidar la marca, el target, el tono. ¿Qué podría pensar la audiencia? ¿Que realmente hay o hubo un conflicto? Qué estupidez, si todo está de maravilla.

Pero no es novedad. Tan censurados estamos que los libros de historia y sus pregoneros (los maestros de primaria) hablan de la conquista de América con una vehemencia sólida, saltándose ciertos detalles; como si nos hubieran hecho un favor masacrando lo que éramos con viruelas, enfermedades pulmonares, tracomas, lepras, iglesias.

La censura es un arma política y moral casi imperceptible. Un filtro: decanta bajo la variabilidad de densidades, dejando a un lado lo que considera incorrecto o innecesario y dando paso a lo más liviano. Lo más fácil de tragar y digerir, casi sin necesidad de masticar.

Es como si un selecto grupo de éticos eruditos sentenciaran a dónde vamos (tal vez: de culo al barranco) y a dónde debemos ir, sin que se puedan hacer preguntas ni sugerir versiones ni maneras ni atajos. Como los caballos de hipódromo.

YouTube también censuró: descolgó el tráiler de la nueva película de Lars Von Trier, Nymphomaniac, por mostrar una cantidad gruesa de cuerpos encuerados y sexo rudo. Consideran a la película un fajo de pornografía irreverente. Ver a una o varias personas desnudas no me parece un asunto grave, en cambio, sí me parece grave, y de solapada moral, censurar un documental por “fuerte” cuando en esas salas (las de Cine Colombia a lo largo y ancho del país) se han proyectado películas realmente violentas y sangrientas en los últimos años. Me parece grave la censura: no hace falta.


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