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SELFIES

Hay selfies que dan lástima, otros que despiertan envidia, muchos que producen rabia por el narcisismo evidente de su protagonista. El fotógrafo norteamericano Robert Cornelius, padre del selfie moderno, ¿se imaginó en el siglo XIX que el autorretrato se convertiría en una moda exhibicionista?

Por María Ximena Pineda
@anacaonax

De un tiempo para acá, y gracias a las redes sociales y a los teléfonos inteligentes, se han vuelto muy populares los autorretratos, más conocidos como “selfies”. Obama, Uribe, Shakira, entre otros personajes, han protagonizado selfies que serán históricos. Uno de los selfies más visto en las redes sociales, y que ha causado más bombo hasta el momento, fue el de Ellen DeGeneres junto a otras estrellas de Hollywood en los premios Oscar, que obtuvo más de dos millones y medio de retweets.

No todos los selfies son odiosos. Están aquellos que dan pesar. De esos que se toman los viajeros solitarios con la atracción de turno de fondo para que les crean que estuvieron en París, Londres o Río de Janeiro. O están esos que demuestran una temible soledad, rostros que no tienen si quiera quién los quiera retratar.

Luego están los más arrogantes, egocéntricos, repetitivos e insoportables selfies. Que parecen tener como único fin echarnos en cara la extrema felicidad o el increíble éxito o el alto grado de realización de su protagonista. Basta con echar un rápido vistazo en Facebook o en Twitter para toparnos con cientos, miles de sonrientes caras posudas, inmortalizadas en un selfie para la posteridad de la caca electrónica.

Pero la necesidad humana de retratarse no comenzó en nuestro pasado reciente. El primer selfie con cámara fotográfica fue el del norteamericano Robert Cornelius, pionero de la fotografía, quien en 1839 se hizo el autorretrato que encabeza esta columna. Se supone que lo hizo con fines experimentales, básicamente, pues nada hay de exhibicionista en su expresión.

Y mucho antes del selfie de Cornelius apareció, en 1656, el selfie de Velásquez en Las Meninas, una de las primeras pinturas, o quizá la primera, dentro de la cual un pintor sintió la necesidad de retratarse. Tal vez el gesto de Velásquez sí denote un poco más de vanidad que el de Cornelius, pues su presencia en la pintura le roba protagonismo a la infanta Margarita de Austria, aún estando ella en primer plano. Sin embargo, apelando a la libertad de interpretación que proponía Foucault, estoy segura de que la intención de Velásquez al retratarse era hacer evidente el oficio de pintor.

Así pues, bien largo es el trecho entre esos pre-históricos autorretratos y los contemporáneos y taquilleros selfies que adornan las redes sociales. Ni Cornelius ni Velásquez tuvieron la oportunidad de replicar y difundir sus auto-retratos en segundos, alimentando así su lado más narcisista. Eran simplemente unos experimentadores de la imagen. Pero nuestros contemporáneos creadores de selfies pocas veces escapan a la pretensión narcisista del exhibicionismo, y casi nunca entienden muy bien de fotografía o de perspectiva, pues están concentrados y enceguecidos con su propia perspectiva.

Alguna vez, en una columna que escribí sobre los cyber alter-egos, hablando precisamente de nuestras personalidades virtuales, productoras de información y de selfies, dije que parecían una especie de Truman Show voluntario. Valga la pena usar la misma analogía ahora, sobre todo en lo que tiene que ver con los creadores indiscriminados, repetitivos e insoportables de selfies. Sí, hablo de esos que cambian su foto de perfil entre dos o tres veces al día, de esos que se toman selfies durmiendo, comiendo y hasta cagando. De esos con delirio de Truman, defecadores de imágenes vía web.

Si es cierta la creencia de algunos pueblos indígenas según la cual las fotos se roban el alma de las personas, pues qué cantidad de contactos los que, a punta de selfies, se han quedado sin alma por habérsela vendido a Facebook, Twitter o Instagram.

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