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SE LE ESCRIBE LA PELÍCULA

 

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

 

Todavía existen personas a las que les sorprende que las películas deban tener un guión y ser escritas antes de filmarse. Si los actores interpretan personajes en un diálogo, si hay escenarios y ambientes dentro del film, es sólo porque con antelación alguien o algunos se vieron en la obligación de señalarlos por escrito. Parece obvio decirlo pero sin libreto previo, hoja de ruta ni guión cinematográfico, la realización es imposible.

En el reciente cine colombiano este desconocimiento propio del público ha asumido unos visos sospechosos: el guionista pasa agachado por la producción, es concebido como una especie de mal necesario, un ser más bien extraño (a veces inútil) que redacta la primera versión de la cinta. Después el director, los editores y sobre todo los productores modificarán a su acomodo (mercantil, comercial, no pocas veces insidioso; lo único que los mueve es ganar mucho dinero) aquél frágil y triste escrito inicial. Esto si se plantea la presencia del guionista, porque está muy en boga la costumbre de encargar la escritura del guión al realizador mismo. Quien coordina toda la lógica del film está en su derecho de escribir, cómo no, pero también esa actitud delata, otra vez razones monetarias, de ahorro, la poca o nula importancia que se le brinda al guionista y a su oficio por otra parte nada sencillo.

En sociedades donde la industria cinematográfica está más consolidada (Estados Unidos, Francia) los guionistas gozan de prestigio y están agremiados. Allá se entiende que elaborar un guión no es algo delegable ni prescindible, y quien asume esa labor sabe por lo menos escribir, conoce los rudimentos y las técnicas. Cuánta diferencia con las huellas de los guiones en actuales películas nuestras: los diálogos acartonados y la adaptación elemental que se hizo del guión escrito por Andrés Baiz y Patricia Castañeda para “Roa”; el escenario relajado y gracioso a cambio del original, gótico y escalofriante, creado por Carlos Franco para el texto de “Edificio Royal” película de Iván Wild. Trabajos de composición escrita que en algunos casos costaron años y esfuerzos son aplastados y reducidos por la maquinaria de producción, interesada en vender a granel. Podría argumentarse sin pudor que a un guionista le pagan su salario, y que de ahí en adelante ya no tiene injerencia en la realización audiovisual de su manuscrito. Sin embargo ese asunto no tiene tan fácil solución: el guión, más que un simple plan de vuelo es una luz amplia cobijando todas las imágenes; más que una lista de instrucciones para ser filmadas, es la columna vertebral del film. Un valioso misterio del mundo artístico reside en ese transporte de un código escrito a uno visual. Las casas productoras y sus pretensiones comerciales no pueden borrar, por mucho que lo deseen, los complejos vasos comunicantes entre un lenguaje y otro. Quienes conocen un poco las mecánicas del cine saben cuánto se pierde si se desligan las palabras de las imágenes.

A pesar de la escasa formación en escritura fílmica de nuestras academias, pese al desprestigio padecido por los guionistas en esta patria de simuladores, aún vale la pena replantearse el papel exacto de los escritores del cine. Si ya las cintas del país están recorriendo festivales en todo el mundo, y si la industria parece asomar la cabeza, alguien debería preocuparse por narrar bien, por fijar con el adecuado sigilo de la escritura, esas imágenes que nos representan.

 

 

 

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