
SALVACIÓN FALSA DE LOS CENTROS COMERCIALES
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Antes de la vida paralela que se lleva en Internet, donde somos más inteligentes y más hermosos solo porque podemos tener el control sobre nuestra imagen externa dentro de espacios digitales como Instagram; antes de esa ilusoria pasarela donde nos comportamos como las estrellas de cine que nunca seremos, estuvo el centro comercial.
Más que una simple manifestación religiosa, el centro comercial es una poderosa entidad narcótica. Es decir que se sirve de la parafernalia teísta (imaginería, esculturas con seres amables, por ejemplo osos polares gigantes o muñecos de todo tipo para tomarse fotografías con ellos, plazoletas donde los fieles comen o se divierten hasta el éxtasis, y los vendedores son como sacerdotes del rito en que se adquieren ropas, electrodomésticos, artículos de belleza), pero la vida eterna o el paraíso que ofrece no son lejanos, sino los pone en acto, los da de inmediato, a la mano del comprador. Los hace posibles. Acudir al centro comercial es en el fondo drogarse con espacios inmensos donde todo parece armónico, ordenado, dispuesto a entregarnos felicidad y esparcimiento, desde luego bajo el requisito de pagar por ello.
La religión y la farmacodependencia de estos lugares se tornan más severas, más agudas en la época navideña, quizás debido a la literal explosión de nostalgias, sentimientos familiares y hasta patrióticos propios del festejo por el nacimiento de Jesús. Los consorcios, las empresas y corporaciones se percataron de este espíritu propenso al discurso de hermandad, paz y demás retóricas decembrinas para lanzar las redes de mayor adicción que poseen. A la par con las novenas navideñas que se recitan sin pausa y los villancicos dignos del ambiente rural, se ataca a las víctimas con manjares, promociones, remates. Al punto de que una ley no escrita ordena tener cosas, regalarlas, distribuirlas sin medida ni concierto. A ese desenfreno consumista le cuadra perfectamente el escenario del centro comercial pues la posesión de mercancías precisa de un teatro, de un Nirvana donde verse estimulada, incluso justificada. Así mismo, la asistencia al centro comercial es una expresión de concupiscencia: no basta con ir a comprar, se necesita permanecer allí durante horas enteras. Los dueños de esos lugares ven su dicha colmada si los fieles y devotos obedientes viven cerca de sus mercados; no es casual que alrededor del centro comercial se agrupen multitudes enteras en apartamentos, casas, conjuntos cerrados.
Es extraño que la excusa para los excesos de estas fiestas donde la sinceridad es tan escasa, sea justo el nacimiento de un hombre austero, sabio y honesto como Jesús de Nazaret. Alguien a quien cuesta relacionar con despliegues comerciales, pese a la organización netamente mercantil de las iglesias que usan su nombre y su mensaje. La Católica Romana encabeza a esas instituciones que han combinado la moral, el sentimentalismo, el miedo y los complejos de culpa, blindadas con la figura de Cristo, para obtener dividendos a la vez que se dedican a la caridad y a legislar en cuestiones éticas.
Walter Benjamin, el primer estudioso de los centros comerciales en su inolvidable “Libro de los Pasajes”, hablaba del pasaje comercial como un lugar sin tiempo, donde no se vive ni se trabaja, diseñado para la ilusión y lo recreativo. Si viviera y observara la transformación macabra de los centros comerciales en iglesias y de las iglesias en centros comerciales, perdería la razón.
En últimas, lo escalofriante es comprobar cómo los hábitos del ocio contemporáneo en primer lugar se han vuelto banales hasta la estimulación de un retraso mental generalizado que produce dinero por toneladas, y en segundo lugar cómo las esperanzas y las búsquedas de trascendencia – naturales en los seres humanos – han derivado hacia el truco y la engañifa: sea porque el centro comercial las brinda de modo instantáneo y efímero, sea porque las iglesias deben promoverlas a punta de emociones rápidas o abstracta palabrería sensacionalista.
Teniendo en cuenta todo esto, es imposible desearle a alguien una feliz navidad. Sería contradictorio.
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