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ROBERTO BOLAÑO: EL MITO VERSUS EL ESCRITOR

Peor es posible

Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

 

Es raro el escritor con una obra que complace a todo tipo de lectores. Por lo general si los autores resultan muy intelectuales, de tonos elevados y temas complejos, la popularidad no está a su favor. Y viceversa, si un libro o unos libros son leídos por millones de personas el desprecio de las cortes y círculos eruditos no se hace esperar. Aún existen los abismos entre críticos y masas, lo aprobado por unos se mira con sospecha de los otros. Por estas razones el caso del chileno Roberto Bolaño sigue siendo menos milagroso que insólito. Sus novelas, cuentos y poemas gozan al mismo tiempo del aplauso casi total por parte de la crítica literaria y de la aprobación unánime entre miles de lectores en varios idiomas.

Las razones de este fenómeno pueden explicarse: Bolaño es un mito fabricado por una alianza estratégica entre Jorge Herralde, director de Anagrama (la editorial que lo encumbró como novelista), el periodismo cultural capitaneado por Ignacio Echevarría (amigo del escritor y encargado de custodiar literariamente sus obras) y un grupo de entusiastas empecinado en inmortalizar novelas como “Los Detectives Salvajes” o “La Literatura Nazi en América” (entre quienes se cuentan otros escritores como Rodrigo Fresán y Juan Villoro además de Carolina López, viuda y vigilante de la herencia bolañesca). En este 2013, cuando Roberto Bolaño cumple sesenta años de nacimiento y diez de muerte, en vez de taimarse, su leyenda –calculada y construida hasta en el mínimo detalle– parece crecer, fortalecerse irreversiblemente. La publicidad y el mercadeo en torno a su vida encaja sin problemas con sus escritos: errante y pobre por tres países (México, Chile y España), poeta vanguardista y escandaloso que solía proponer grandes polémicas con otros escritores, cultor de la literatura como una apuesta vital absoluta, al punto de arriesgarlo todo y someterlo todo por la creación. Cada época, cada generación necesita tener un mártir, un héroe, una especie de santo a quien endiosar para sentirse perteneciente a la historia y más que nada para experimentarse tranquila, orgullosa. A estos tiempos de narraciones y textos poéticos en formatos diferentes del libro, de agilidad multimediática, le correspondía la figura de Roberto Bolaño. Quien para la crítica ofrece propuestas narrativas osadas, y para las multitudes novelas o relatos repletos de gracia y entretenimiento. Descubrió que la mentalidad libresca y las búsquedas intelectuales no riñen con lo divertido.

A pesar de los ríos y mares publicitarios en torno a su mito, Bolaño es un escritor valioso. Queda en el aire la duda de si perdurará su obra. ¿Dentro de cincuenta o cien años alguien asumirá los poemas de “La Universidad Desconocida” o la titánica novela “2666” con el arriesgado título de “clásico” que les brindan ahora? Saberlo es imposible. Por ahora, durante estos días en que se le recuerda quizás de modo excesivo (una gigantesca exposición de sus manuscritos originales en Barcelona; lanzamiento del documental “La Batalla Futura” que ya llega a su tercera parte; traducción exitosa al inglés de todos sus libros) conviene volver a leerlo para comprobar con sus historias intensas y ardorosas cómo los sueños de una Suramérica unida gracias a la equivocación ideológica se convierte en matanza continua: así se coteja en la novela “Amuleto” y cómo los límites entre la lucidez intelectual y la imbecilidad asesina ya fueron rebasados según su novela “Nocturno de Chile”. Regresar a su prosa chispeante, apasionada, mientras otros, quizá concentrados en ganar dinero a costa de la leyenda (editoriales, fundaciones, instituciones culturales) sólo venden la parafernalia que crearon alrededor del atractivo ícono. Bolaño, el escritor, no el símbolo, sin duda durará por mucho tiempo.

 

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