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QUE LAS CALLES NOS SEPAREN

 Blasfémina

Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

Vivir solo es un lujo envidiable. No hay nada como ser libre y poder lavar la loza cuando se nos da la gana, levantarnos a la hora que sea y demorarnos una hora bañándonos hasta gastarnos toda el agua caliente. Además, es delicioso saber que la cama es para uno solo, que podemos dar vueltas y halar las cobijas y dar patadas hacia donde queramos. Los conflictos empiezan cuando debemos compartir nuestro espacio. Si casi ni nos aguantamos a nuestra familia, ¿qué nos vamos a aguantar a nuestras parejas? La convivencia muchas veces es una tortura, es incluso causal de divorcio.

Y a pesar de que la iglesia católica siga vendiéndonos “la familia” y “el hogar” como la panacea que debemos defender hasta la muerte, la vida real nos dice otra cosa no tan alentadora al respecto. Una mujer me decía el otro día con sonrisa de plena satisfacción que su matrimonio se había mantenido gracias a que su esposo trabajaba en una mina 15 días del mes. Según ella, esas intermitencias mantienen la llama, la expectativa, el deseo. Lo creo firmemente.

En Inglaterra existe la figura jurídica L.A.T. que quiere decir “Living Apart Together”, algo así como viviendo juntos pero aparte o –como lo han traducido coloquialmente- “Juntos pero no revueltos”. Se trata de parejas que tienen una relación íntima pero viven en casas separadas y que tienen los mismos derechos legales que un matrimonio convencional que vive en una misma casa. Hay figuras similares en Noruega, Bélgica, Francia, Holanda y Suecia.

En el año 2000, un quinto de la población entre 16 y 44 años en el Reino Unido votó  por L.A.T como el estado de pareja ideal. Woody Allen y Mia Farrow eran un ejemplo de una pareja L.A.T, cada uno vivía en su propia casa, en el Central Park, N.Y. Helena Bonham Carter y Tim Burton son otro ejemplo, aún con hijos cada uno tiene su casa propia y ambas quedan una al lado de la otra en Hampstead, Londres.

Y sí, puede ser una opción más costosa que la tradicional. ¿Cuántas familias no siguen viviendo juntas en su pequeño infierno por ahorrar gastos? Por eso vivir solo no tiene precio. Puede salir caro pero es un privilegio inmenso. Ahora, tener una pareja L.A.T. no implica infidelidad ni falta de compromiso, al contrario, es un compromiso tan serio y sensato, que prefiere separar espacios para que no se pierda la llama, la atracción, la expectativa y para que se respete la libertad individual.

Tener que compartir cama todos los días pasa de ser un acto erótico a un rito matapasiones. Nada más alejado de la sensualidad que un ronquido de ultratumba amenizándonos las noches. Cuando pasa la infatuación y el hombre se cansa de bloquear la circulación sanguínea del brazo arrunchador, o de quedarse sin cobijas, o de recibir patadas, no hay nada mejor que separar camas y compartirlas solamente de vez en cuando, para pasar buena noche y no para dormir precisamente.

¿Y qué me dicen de esos días en que uno no quiere ni que lo miren ni que le hablen? ¿O cuando quiere oír música para hacer oficio a todo volumen? ¿O cuando uno no tiene ganas de pelear por el control del televisor? Es en esos momentos en los que valoramos tener una casa para nosotros, valoramos nuestros espacios, nuestra soledad. Poder compartir con la pareja esos momentos escogidos, especiales, sin dejar la independencia, suena como el estado ideal. La autonomía y libertad que promueve la unión L.A.T. evita que la relación se agote de un tajo. Es como una entrega por capítulos: mantiene el suspenso, no aburre y se presenta en la dosis justa.

Mientras las parejas convencionales ven cómo no se matan debajo del mismo techo hasta que se atiborran de amor y empiezan a recurrir a remiendos temporales como contratar empleadas del servicio internas, separar camas o buscar amantes; las parejas L.A.T. parecen vivir en un constante estado de noviazgo universitario lleno de frescura y libertad. Señoras y señores, con el perdón de la iglesia yo sí me quedo con las parejas L.A.T, porque quiero que a mi futura pareja y a mí nos separe la carrera séptima –o la quinta avenida- y no la muerte.

 

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