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¿QUÉ HAY EN UN NOMBRE?

Por Gabriela Santamaría
Twitter @gabystama

 

Soy feminista. Creo en la igualdad de género, en la justa oportunidad laboral y en la libertad sexual y reproductiva de una mujer. Para mí no hay nada más importante que todos seamos incluidos, que se nos tenga en cuenta al tomar decisiones, que seamos visibles y nos escuchen. Y sin embargo, cada vez que alguien usa o menciona la importancia del lenguaje inclusivo mi primera reacción es una frustración gutural.

Me frustro por dos razones principales. Una tiene que ver con ser periodista y la otra feminista. La primera es sencilla, decir “los y las jóvenes de hoy en día tienen menos oportunidades laborales” es ineficaz. Inútil. Torpe. Mamertoide. Los plurales se escriben en masculino pero no determinan género porque se consideran neutros y si solamente nos preocupamos por una frase incluyente, esa frase al final no comunicará nada.

Por otro lado, la segunda razón es más complicada de explicar porque hay muchas feministas que lo apoyan. Argumentan que es necesario que el idioma evolucione y se adapte, que las mujeres hacen parte activa de la sociedad y que hay muchos que no se reconocen bajo una sola identidad y por ende se deben mencionar todas. Entiendo ese deseo (y también necesidad) de ser escuchados, tratados como iguales, aceptados porque lo comparto. Pero yo no estoy de acuerdo con el uso del lenguaje de género porque oculta un problema serio con una solución barata y fácil.

Es una idea hermosa pensar que los problemas de discriminación se pueden solucionar con un cambio en el lenguaje, así sea solo como un primer paso. Pero la realidad es que más allá de enfrentar el problema con criterio lo que hace es pretender que no existe. Que por decir “todos y todas” ya no hay sexismo, machismo, homofobia. Y sí los hay. El lenguaje como tal no es sexista, no es homofóbico, no es ni siquiera conservador o liberal. El lenguaje es una herramienta que usamos de la forma que nos plazca, el problema somos nosotros. Porque si queremos cambiar algo no deberíamos pensar en las palabras sino en las posturas, pensar que tal vez lo fundamental no es “los y las colombianas”, pero el salario igualitario sí lo es.

No suelo citar en las columnas, pero creo que si hablamos de lenguaje una cita de Shakespeare podría ser sensata (incluso si lo dijo 500 años antes de que empezáramos a hablar del tema). En la obra Romeo y Julieta la protagonista se lamenta la identidad real de Romeo diciendo: “¿Qué hay en un nombre? ¡Lo que llamamos rosa exhalaría el mismo grato perfume con cualquiera otra denominación!”. Y tiene toda la razón, solo que en este caso no es una rosa y su bello olor lo que enmascara el nombre, sino un mierdero cultural y social que no deja de serlo solo por llamarse diferente.


Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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