
POESÍA Y DESASTRE
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
Da tristeza vivir y morir en este país desguazado, despedazado, sin rumbo fijo. La comedia de los engaños se repite hasta límites crueles, brutales: altos funcionarios públicos que hacen campaña política cuando no están robando; asesinos que mienten en nombre de una paz inalcanzable; narcotraficantes y compañías mineras disputándose como perros de presa territorios, recursos, riquezas. El ciudadano común encuentra consuelos vagos en la diversión efímera, televisión nocturna, fútbol, bailoteos de viernes o sábado. ¿Qué otro remedio puede hallar entre tanta corrupción, banalidad y espectáculos sangrientos? Ya escapar, salir del país, no es tan fácil como antes pues sólo unos cuantos privilegiados logran hacerlo.
En semejante atmósfera de horror cotidiano, salvavidas como la poesía pasan completamente inadvertidos. Pero su presencia, mientras dura, produce hálitos de tranquilidad y esperanza para quienes saben apreciarlos. A pesar del carácter minoritario, y más bien frágil, que distingue a eventos como el Festival Internacional de Poesía – Bogotá (cuya vigésima primera versión acaba de realizarse) bajo la dirección del poeta Rafael del Castillo Matamoros, o como el encuentro “Las líneas de su mano” del Gimnasio Moderno dirigido por otro poeta, Federico Díaz-Granados, su capacidad de reunir pequeños públicos en torno al milagro de la palabra poética (verdadera puerta a concepciones de lo real no sobornada por los discursos mediáticos, políticos ni económicos) sólo puede celebrarse. Por unos cuantos días quienes asisten a la lectura de un poeta dejan de recibir mensajes equívocos y estafas verbales. Pasan de la sabiduría, el escepticismo reposado del venezolano Rafael Cadenas, al festejo vital proveniente de la tierra misma en los textos del poeta Humberto Ak’abal; de la tranquila observación a nuestra tragedia por parte del injustamente desconocido Guillermo Martínez González a los contundentes informes de otro mundo redactados por Hugo Mujica.
Se oye, se lee, se escribe poesía. Sin pretender evadirse o tapar el sol de nuestras vergüenzas con un dedo. Al contrario, la poesía nos permite detenernos, volver a nosotros mismos y considerar lo que sucede con ojos ecuánimes. Nos hace aptos si queremos entender los hechos en medio de la confusión homicida. Tal como lo pedía hace casi un siglo Luis Tejada, uno de nuestros mayores poetas por derecho propio: “Quiero los versos un poco descoyuntados, pero vivos y que vengan formados de palabras, no exóticas, sino simplemente imprevistas; que envuelvan al mismo tiempo una idea o una imagen, no nueva, sino que apenas nos deje un poco atónitos, un poco sorprendidos, porque no la esperábamos allí…” La poesía, que nos despierta y nos asombra, que aminora nuestra disposición a hundirnos al tiempo con esta nación apocalíptica.
Quizás algún día haya un país mejor. Quizás no terminemos por sucumbir en masa, desesperados. Mientras se cumple esta utópica e ilusa posibilidad, mediante libros, recitales, encuentros y conversaciones literarias, la poesía nos ayuda primero a mantenernos en pie, luego a caminar entre la infamia brindándonos miradas, ideas, sensaciones no convencionales. Si así lo deseamos, por obra de la palabra, y esto es lo más importante, la poesía nos acompaña.
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