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PELIGROSO ALBERT CAMUS

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

 

No faltarán quienes quieran convertir al escritor Albert Camus en una decente, importante y sobre todo inofensiva pieza de museo, justo ahora cuando cumple cien años, las academias europeas vuelven a elogiarlo con sobrada razón y se reeditan sus textos más populares (las novelas El Extranjero, La Peste, parábolas de la derrota personal y colectiva del ser humano). A la obra de Camus hay que tenerla quieta, volverla monumento o considerarla tesoro de otros días porque suele modificar con rigurosidad las vidas de aquellos que la leen bien. Y eso, leer bajo el mandato del aplomo, lejos de la miopía social, del engaño, sin la sombra demoníaca del aparataje que nos obliga a consumir, aceptar un dogma y obedecer a poderes enfermizos, es muy peligroso.

Hoy un grupo de personas que se encuentren los textos de Camus miraría descreído ese inmenso entramado de felicidad barata construido por bancos, corporaciones y gobiernos cuyo destino es vender ideas caprichosas, dicha, auto realización, como si esas abstracciones se consiguieran a punta del destrozo, de la eliminación de los demás, en una carrera desesperada del confort y del disfrute sin sentido.

De sus piezas teatrales a sus ensayos, de estos a sus narraciones, Albert Camus incomoda, intranquiliza y acostumbra despertar a sus lectores. En “Los Justos” desenmascara el afán vengador y torpe del joven comprometido en la militancia política que creyéndose bueno termina matando y haciendo daño. En El Mito de Sísifo revela el absurdo, la repugnancia del vínculo entre el individuo y el mundo que lo rodea; la única salida posible es la huida consciente. En Cartas a un amigo alemán pone en cuestión las necedades propias de un régimen totalitario, cualquiera que sea, religioso, estatal, militar, estético, pues disminuye en los seres humanos su afán por hallar la esquiva libertad. No comulgó con los extremos, no propuso fórmulas. Apeló a conceptos vistos por nuestra actualidad mercantil como superados o banales, ‘Compromiso’, ‘Rebeldía’, ‘Conciencia’. El término anarquista le encaja a la perfección solo si se entiende su afán por reivindicar los escasos rasgos valiosos que le quedan a la raza humana (todavía los tenemos, pese a ciertas nefastas conductas).

Vale la pena recordar al autor de El Hombre Rebelde retirando los velos amables que le ponen periódicos, televisiones e Internet, y también las lápidas de las academias que lo tornan oscuro, pasado de moda. El lugar que Camus merece es el de alguien en permanente examen de nuestros pasos por la realidad, sin optimismos ni pesimismos; alguien tomándose en serio cuando las masas buscan todo lo contrario: divertirse, vivir en la indiferencia ligera delante de los hechos. Leerlo es tener a disposición la visita de un amigo sabio, no de una estatua.

Medio siglo después del accidente automovilístico en que murió, los libros de Albert Camus siguen siendo organismos vivos invitando al pensamiento extenso, a la palabra exacta, a la acción prudente. Aunque sus enterradores deseen aminorar el valor de esta obra mediante los típicos sobornos del homenaje acartonado y la nota de prensa superficial, la abrasadora luz de este hombre permanece para quien quiera abordarla. “En Constantina siempre se puede uno pasear alrededor del quiosco de la música” –dice por ejemplo en esa minucia esplendorosa titulada Pequeña guía para ciudades sin pasado-. ”Pero como el mar está a cientos de kilómetros, falta algo quizá a las creaturas que uno se encuentra allí. En general, y a causa de esta disposición geográfica, Constantina ofrece menos atractivos, pero la calidad del tedio es allí más fina”. Ya no se forjan escritores tan apasionados y severos al mismo tiempo, baluartes de la inaprensible condición humana para quienes incluso el manuscrito más baladí era una gran apuesta.

El pulso vital de Albert Camus seguirá imponiendo su sello. Continúa aquí, a pesar del estruendo de los elogios. Y brinda por su primer centenario.


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