
PACHO SANTOS Y OTROS ÚTILES INÚTILES
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Sin tribuna periodística donde arrojar sandeces a diestra y siniestra; sin trabajo conocido para manejar a unos cuantos ineptos que le hagan caso; sin la posibilidad para él honorífica, para todos los demás –incluso sus propios amigos– monstruosa, de ser candidato presidencial; sin oficio ni beneficio, ejerciendo lo único que sabe hacer bien: ocupar pequeños espacios, comer, dormir, sonreír, Francisco ‘Pacho’ Santos debe estar recostado sobre alguna mecedora de su finca pensando (si piensa, por increíble que esto parezca) en lo que será su porvenir a mediano y largo plazo.
Si logra conservar la calma, si no se acelera y pide trabajo como periodista en alguna emisora de baja estofa o periódico pequeño, de pronto le dejen algo del pastel que volverán a repartirse el señor Álvaro Uribe Vélez y sus compinches ahora que vuelven a tomarse el Congreso de la República. “Seré director de una emisora otra vez”, imagina adormilado mientras se rasca el vientre y espanta zancudos, “o embajador”. Ha sido leal a las maquinarias corruptas, a los descarados apoyos hacia mafiosos de toda índole, a la entrega de este país al torrente empresarial extranjero, eso es al fin y al cabo el Uribismo. Al menos lo pondrán a coordinar protocolos, a llevarle los cafés y las meriendas al futuro senador Uribe hasta su escritorio (“¿Doctor, jefe, le agrego más salsita a la carnita y a los huesitos que le traje?” preguntará con su dedicación y actitud servicial).
Y aunque Pacho Santos se quede a la sombra, jugando golf (hasta en ese deporte debe ser un desastre) o contando las moscas que mate dentro del cuarto donde dormirá en procura de superar sus propias marcas (ayer quince moscas, hoy diecisiete), nunca dejará de ser ese rostro fundamental, esa macabra credencial del Uribismo. Tan ridículo, tan maligno es este individuo que sin puesto o con él hace daño, y pervierte mientras estorba. No hay diferencias entre su estilo desenfadado, torpe, y cualquier otro estilo de los lacayos de Uribe, el del intocable enfermo mental José Obdulio Gaviria, del vampiresco candidato presidencial Óscar Iván Zuluaga –quien, dicho sea de paso, no debe ni saber que es candidato; así de despalomado puede llegar a ser-, o el de Paloma Valencia, columnista con mentalidad de candidata a reinado de belleza. Ahora se presentan como la oposición del presidente Juan Manuel Santos. Pero la realidad es otra: este país es no solo su destartalado teatro de operaciones fraudulentas sino su caja menor, su desvare. El poder es lo que quieren, porque eso les representa mucho dinero, y a eso se dirigen durante las próximas elecciones: a ver cómo fortalecen el negocio personal que han montado en cabeza del señor Uribe. Ya decidirán en dónde ponen a Pacho Santos. Es un reto inmenso debido a la absoluta incapacidad de Santos para cualquier actividad. Aun causa estupor que semejante personaje haya sido vicepresidente de la República cuando le queda grande incluso hablar, mover las manos o caminar.
Detrás de todo este pavoroso y peligrosísimo circo, debajo de su pestilencia, se encuentran los votantes, la gente del común que lo elegirá otra vez. Es imposible ser optimista respecto de tal realidad: el Uribismo volverá a los primeros cargos del país con la ayuda de muchísimas personas en regiones, aldeas y ciudades. Votarán espoleados por las mismas razones de siempre: simpatía, algún favor que les van a hacer, miedo, ignorancia, un tamal o un almuerzo que les ofrezcan. Lo más escalofriante de esta encrucijada miserable en la que nos encontramos (¿Votar por un irregular e incapaz Juan Manuel Santos? ¿Votar por el endeble candidato de Uribe?) es que la mayoría de quienes elegirán a congresistas y presidente se comporta como Pacho Santos. Esa mayoría espera un puesto, una ayuda, una colaboración, y quizás no la defrauden. Este país vive de los políticos.
Estamos dentro del abismo, la desgracia, el horror. A veces –si se piensa en la disipada personalidad de Pacho Santos, en sus balbuceos, en su petulancia de marioneta– es fácil concluir que merecemos estar ahí.
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