
OTROS PLANES PARA SEMANA SANTA
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
El escritor Carlos Fuentes acostumbraba releer “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha” en cada Semana Santa. Un gesto que ahora parece extraño a los ojos de quienes suelen convertir en actividad rentable y comercial cualquier aspecto de la existencia. En la semana de la iglesia católica romana los creyentes y los que dicen no serlo están obligados a detenerse, como cubriendo la cabeza del aguacero cotidiano (deudas, fatiga laboral, peleas por el dinero, por el poder, incluso por conseguir más ocio), para asistir a largas ceremonias religiosas en unos casos, o simplemente para dormir un poco más tarde, visitar una playa o un balneario, proseguir la farra y los jolgorios, en otros. Los horarios y cronogramas de las capillas católicas no se diferencian mucho de los calculados por centros turísticos, complejos hoteleros, agencias de viajes: planear y conducir los días en que no se trabaja con objetivos mercantiles desde las dos manifestaciones institucionales, la piadosa y la vacacional. También hay mezclas. Se habla sin vergüenza de un “turismo religioso” – la Semana Santa en Popayán, por ejemplo, está concebida con lógicas de parque recreacional – y en ciertos hoteles celebran los misterios pascuales para devotos con vestidos ligeros y espíritu de paseo.
El acto en apariencia simple de sentarse a releer “Don Quijote” durante la Semana Santa representa a quienes no pueden o no quieren convertir esos días sin labor en una distracción festiva semejante a la Navidad o a los días de asueto. Por increíble que les parezca a los zares del turismo, curas y comerciantes (al fin y al cabo hermanos gemelos), existen personas que no poseen el dinero suficiente para ir a grandes centros turísticos, o también a las que les tiene sin cuidado participar en eventos de una religiosidad cada vez más lejana, incomprensible. Gente que se encierra dentro de sus casas a ver películas, a cocinar algo atípico, a leer libros aplazados; así mismo, gente que va a obras de teatro, a conciertos de música sacra o profana –celebraciones tan serias y dignas como las cristianas-, que trotan o montan en bicicleta. Los directores de conciencia, sobre todo aquellos encargados de administrar desde aquí la vida eterna, sugieren u ordenan reflexionar en las quimeras de siempre, las quimeras de Semana Santa: la paz, la armonía entre hermanos, el cese de la guerra. No es necesario acudir a una piscina o a un templo si se quiere cavilar en esas temáticas. A veces basta con volver a leer viejas páginas amadas, regresar a oír una obra musical de trascendencia similar a la predicada en las iglesias, o caminar por las calles que se han recorrido en automóvil, con el fin de frenar un instante la absurda y rápida cotidianidad que nos toca soportar.
Esos actos ajenos al turismo y a la piedad eclesiástica son tan válidos desde el punto de vista anímico como los otros, los oficiales. Y quizá tengan más sentido. En épocas de quejas porque el tiempo no alcanza y de grandes dificultades económicas, destinar unas horas a cultivar la sensibilidad, a mejorar nuestras relaciones con el arte (esa alta forma de la búsqueda espiritual, con o sin una idea de un ser superior) nos devuelven, aunque sea por unos cuantos días, cierta idea lozana de nosotros mismos.
Que vayan de vacaciones quienes tengan cómo hacerlo. Que recen y se arrepientan quienes estén disponibles para esas tareas. Siempre quedan otras opciones, santas y ociosas al mismo tiempo, como acompañar las desventuras de un anciano caballero andante, o como dejarse vivir un rato por la singular y misteriosa vida.
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