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OTRO CUENTO DE NAVIDAD

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Bogotá, en época navideña, es un espejo muy iluminado en el que sus habitantes se reflejan y se evalúan, resaltan y miden sus alianzas, sus empresas, sus miserias, sus vanidades, sus pérdidas. Un espejo en el que sopesan a sus parejas, a sus familias, a sus cohabitantes, a sus compañeros y a sí mismos. Inconscientemente, la mayor parte de las veces. Calculan su cariño en pesos, en besos, en remordimientos o en recuerdos e intentan repartir el abrazo anual, tras las doce uvas y, otros, mientras dan la vuelta a la manzana con la maleta desocupada, sueñan con abandonar proyectos, esposas y sueños para seguir sin ellos, el año que viene, con anhelos frescos. Se miden en el gran espejo navideño y sobre el brillo de la francachela, y bajo el manto de sus abundancias y sus pobrezas, proyectan su reflejo, escriben su propio cuento navideño y dibujan, sobre estos, su porvenir.

Para muchos, de acuerdo, es tan sólo un espejo donde ven reflejada la época de vacaciones, el descalabre financiero que han de encarar en enero y que se pasa con algo de natilla, algún buñuelo y unos cuantos guaros, y ya. Para ellos es tan sólo un espejo enmarcado por lucecitas de centro comercial y que atrae a miles con su halo azul, en una sinfonía insectil que dura varios días y atiborra la ciudad. El enjambre de los consumidores obligados y su baile condicionado del gasta- gasta. El baile de mayor auge en las tonadas navideñas y que, en ocasiones, puede insinuarse desde octubre y bailarse hasta mediados de enero. Toda una tradición bogotana, el festejo de este insalvable carnaval comercial mundial. El idilio de los asalariados y sus primas de navidad que revitaliza el comercio y emborracha la capital. Reflejo de bienestar que es, para muchos, la mejor excusa para la fraternidad que les resulta esquiva el resto del año. Para muchos, la navidad en Bogotá, más que un cuento, es un ajuste de cuentas.

Para otros, es un espejo en el que los precios de los regalos, el lugar que va a visitarse a fin de año, la cena en la mesa y la prima navideña definen los contornos del reflejo propio y el de los demás. Están más pendientes de su reflejo a los ojos del otro que del propio balance. Donan cuatro regalos a los niños pobres del barrio de al lado, se aprenden alguna frase de la novena y reparten abrazos y promesas de nuevos encuentros que saben que nunca cumplirán.

Para muchos otros, este espejo es tan sólo un reflejo creado, un espejismo o un espejo tan opaco, en todo caso, que no pueden mirarse y, para ellos, la navidad es tan sólo otro timo del destino, otro mes de espera en el que han de sobrevivirse como mejor puedan y sobrepasar de alguna manera.

Pobrezas de espíritu y carencias de muchos en la fiebre de la abundancia, entregas fugaces y conciencias mensuales, es lo que refleja este gran espejo iluminado que es Bogotá.

Para muchos pequeños de la ciudad que he visto en este espejo y que me recuerdan al niño de algún cuento navideño, los que reciben esta época en algún pesebre de esquina, entre perros, cartones y algunos magos que se disputan el reinado de la cuadra, el reflejo de la navidad es el de la prórroga interminable, el de la plegaria sin respuesta, el de la mirada suplicante hacia el rascacielos de los poderosos que nunca les ven, esperando una epifanía que nunca llega…

Para ellos, la navidad en Bogotá es otro cuento.  

 

 
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