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NOS ACOSTUMBRAMOS A VIVIR COMO ESCLAVOS

Por Juan Sebastián Lozano

Bogotá, Calle 130 con Séptima. Anónimos cristianos embutidos en un bus. Si cambio de posición le pego a otro desafortunado. Voy puteando al maravilloso universo, a nuestros geniales gobernantes que dejaron que esto progresara, al hosco chofer que sigue metiendo gente, desafiando leyes físicas y al más mínimo sentido común. Respiro con dificultad. El  bus no ha avanzado dos cuadras en 20 minutos. Me distrae una chica muy hábil que se encrespa las pestañas con una cuchara.

Un vendedor, un ex convicto y un rapero se las ingenian para pasar por encima de nosotros y recoger algunas monedas. Se imaginarán la delicadeza del chofer para frenar y acelerar. El viaje dura casi una hora. Necesito una sierra eléctrica para atravesar hasta la salida, lo cual logro con ruegos y codazos. Al bajarme del bus, los mendigos de siempre, unos dormidos, otros bailando en la luna, tipos encorbatados y mujeres muy maquilladas caminan de afán, indiferentes, anuncios de rumbas electrónicas.

La gran mayoría sufrimos eso y mucho más cotidianamente. Lo peor es que nos hemos acostumbrado, nos habituamos al dolor y a la mediocridad, a ver a los mendigos y a los perros famélicos como parte del paisaje. Cumplimos rutinas de robots, irreflexivas, descargamos nuestra rabia y frustración con nuestras familias y los más cercanos. Esperamos  con ansia la paga de la quincena para liberarnos en discotecas, para sentirnos gente de bien comprando en centros comerciales y comiendo en el restaurante de moda. Vivimos para las deudas, le vendimos el alma al diablo y ya no podemos escapar.

Nos acostumbramos a elegir a la clase política de siempre, nos hacemos los de la vista gorda ante sus robos y sus mentiras, nos conformamos con sus migajas. Hemos tolerado niveles de violencia y corrupción que en otros países serían castigados con rigor, solo eso explica que un político como Álvaro Uribe, con la mitad de sus aliados en la cárcel, sindicado de ayudar a conformar grupos de paramilitares, experto en difamar, tenga todavía ese nivel de aceptación y credibilidad. Su candidato contó con el apoyo de 7 millones de colombianos que toleran, o peor, que están de acuerdo con los falsos positivos, las chuzadas, el favorecimiento a los más ricos. Esto es aberrante. Esto hace perder cualquier esperanza.

Y no es que el presidente que repite sea un alma de dios. Él también estuvo involucrado en el gobierno anterior. Por obtener y mantener el poder parece capaz de ceder sus principios y convicciones. No sabemos qué esperar de él y su esquizofrenia política. Por ejemplo, no parece el hombre capaz de frenar a las multinacionales en su explotación del territorio del país y su daño al medio ambiente y nuestra riqueza natural.

En fin, nos acostumbramos a vivir como esclavos, a vivir con miedo, a la falsa seguridad. Nos negamos a la aventura, al riesgo, a formar nuestras propias empresas, a sacrificarnos por un mejor futuro. Lo peor de todo es nuestro alto nivel de individualismo, la falta de solidaridad con los más débiles. No es posible que toleremos todavía que alguien se muera de hambre o que viva en infiernos como los barrios de invasión que rodean nuestras ciudades.
Si no queremos que nuestra situación social empeore, debemos despertar de la pesadilla, darnos cuenta que mucho de lo que vivimos en nuestra rutina y de lo que sucede en la política no es normal en otros lugares del mundo.

Ojalá no nos conformemos con lo que tenemos y luchemos para liberarnos de lo que nos perturba y nos amarga, que tomemos riesgos así todo quede en la satisfacción de un buen esfuerzo.

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