
MUDANZAS
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
A lo largo de la vida todos los seres humanos vamos mudándonos de casa. Unos más que otros. Y cada vez que habitamos un sitio nuevo empezamos una nueva relación emocional con esas cuatro paredes que nos acogen. Por eso los lugares guardan nuestros recuerdos, pudores e intimidades.
Sólo los más nómadas sabemos lo que es dejar una casa y habitar otra de la noche a la mañana. Es como terminar un noviazgo, romper un matrimonio. Es como arrojarse al mar de nuevo, a nadar en otras aguas reconociendo nuevos peces, nuevos arrecifes, luego de una tormenta de polvo, cajas, recibos por pagar y cláusulas inentendibles de contratos de arrendamiento.
Ocupar un nuevo inmueble es mucho más que un trámite legal con una inmobiliaria. Ocupar es habitar, es relacionarse emocionalmente con un espacio. El filósofo alemán Otto Friedrich Bollnow afirma que el hombre está tan íntimamente ligado a las cosas que ya no son para él objetos exteriores, sino que están incluidas en su vida como portadoras de un ser más profundo. Esas casas que habitamos y deshabitamos son, de alguna manera, parte de nuestro espíritu, nos encarnan, nos acogen.
De repente esas puertas que tiraste con fuerza son tus rabias acumuladas y la chimenea en la que echaste a arder fotos viejas es tu recuperada autoestima. Y los techos que te vieron dormir durante tanto tiempo son tu inconsciente oculto y la vieja ducha no es más que parte de tu íntimo pudor.
Así pues, entregar un inmueble puede ser una experiencia tan trascendental y emocional como terminar con un novio: sabes que vivías adentro de él y ahora ya estás afuera, lejos, dentro de otro diferente. De igual manera, llegar a una nueva casa es como empezar a salir con alguien: te emociona lo desconocido que encierra la novedad pero es inevitable que lo compares con tus ex.
Entonces contratas a alguien que te ayude a llevar tu vida en cajas y que las acomode contigo en ese nuevo espacio que te hace ilusión pero que, a la vez, te causa incertidumbre. Y ubicas los muebles, los platos, los libros, la ropa, los cuadros de la vieja casa en esa nueva que, ahora, parece tan virginal, tan ávida de memorias. Y los objetos se acomodan allí como en un acto de profunda traición, como acoplándose al lugar, esperando verse nativos luego de haber recorrido cientos de casas anteriores. Como ánimas en pena.
Sólo aquellos que no tenemos vivienda propia gracias a un interminable préstamo en el banco o a una afortunada herencia, entendemos que cada nueva casa que habitamos es una adaptación temporal, un refugio revitalizante pero incierto del cual tendremos que salir pronto o ni tan pronto, dependiendo de alguna cláusula de terminación del contrato.
Quienes vivimos en el mundo del arrendamiento sabemos lo que es cargar una casa a cuestas y perderla y renovarla constantemente. Somos caracoles de la finca raíz, con codeudores que tienen casa propia y que no envidian nuestro trasegar errante por el mundo inmobiliario.
Tarde o temprano nuestras cosas se aplacan en el nuevo nicho que nos acoge y nosotros mismos nos adaptamos a ese nuevo hábitat, a veces escogido voluntariamente, a veces impuesto por la necesidad. Y un nuevo techo nos recibe a la mañana siguiente sin juzgarnos por nuestro pasado que suma ya más de 25 cajas de cartón y varias maletas. Y nos sentimos renovados y diferentes, como nuevos, aunque miramos con nostalgia nuestras cosas y recordamos la casa que nos acabó de despedir pero casi que, automáticamente, hacemos borrón y cuenta nueva y cambiamos nuestro número de domicilio para recibir las nuevas facturas y seguir con nuestra vida… hasta una nueva mudanza.
Pero retomando la afirmación de Bollnow de que las cosas que habitamos están íntimamente ligadas a nuestro ser, quizás las casas que hemos habitado serán siempre parte de nuestra esencia errante, pedazos encarnados de nuestro espíritu trotamundo, evidencia de nuestro paso por la tierra.
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.