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MIJAÍL EL ARREPENTIDO

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Hay que empezar a morirse para empezar a arrepentirse; o al menos entender lo básico: que nos vamos a morir un día cualquiera y que aceptarse como un elemento finito y agotable —físicamente hablando, claro está—, es lo más sencillo. El arrepentimiento es una cosa tan horrible como inútil, y toca a cualquiera. Repito, a cualquiera: Mijaíl Kaláshnikov, diseñador armamentista, ruso, 94 años, Héroe de la Labor Socialista, Héroe de la Federación Rusa, Mérito del Padre de la Patria; una forma de deidad terrícola intocable.

Él, se arrepintió.

Mijaíl Kaláshnikov se encontraba a unos 380 kilómetros de Moscú haciendo lo que mejor le salía: disparando, batallando, militando. Una noche mientras conducía lo que para la fecha (1942) era el mejor tanque que había entrado a la segunda guerra mundial, una bomba reventó muy cerca de su cara dejando el aire lleno de humo y confusión. Mijaíl resultó herido. Uno de sus brazos recibió la desgracia de la explosión y, casi milagrosamente, fue trasladado a un hospital de inmediato. Estando allí, entre el pánico y la adrenalina que le da la sangre a un soldado, justo antes de ser intervenido quirúrgicamente y pensando en los prehistóricos mosquetones que usaba para eliminar enemigos nazi-alemanes, tuvo la idea —La idea— que lo convertiría, años después, en el militar más importante de guerra: el AK-47: el fusil con mayor índice de producción —y muertes— en la historia.

Su creación fue una revolución en la violencia facciosa y rebelde; una locura novedosa. Se han liquidado alemanes, rusos, chinos, niños iraquís y niños coreanos, árabes (…), con el arma. Por ser un fusil de alta capacidad balística, fiabilidad en el disparo y de fácil producción, es, aún en la actualidad, el favorito para matar, perdón, combatir y defender a la patria.

Alguna vez dijo Kaláshnikov, con altiveza fría, que la había diseñado para defender a su país; que estaba orgulloso; que el arma significaba libertad. Que la libertad de los pueblos y que la libertad de los hombres. Ciertos hombres.

Pero luego, en el 2007, 60 años después del registro legal del fusil en la URSS y tal vez forzado por el azare que la vejez inyecta en las almas más culposas, cambió el orgullo y la patria y la libertad por una historia medio floja: que los nazis; que la segunda guerra mundial; que la invasión: que ellos (los nazis) eran los responsables del diseño y no él. Se retrató como un mártir con la auténtica y única vocación de diseñar maquinaria agrícola.

En abril del año pasado lanzó el último amague público al verse hundido en su propia mortalidad. Escribió una carta dirigida a la iglesia ortodoxa rusa, donde preguntaba —se preguntaba— si era responsable de las —incalculables, invaluables— muertes que su invento había y sigue causando. Que le dolía el espíritu. Que no lo soportaba. Que se arrepentía.

Murió el 23 de diciembre en la cama de un hospital en Udmurtia (Rusia). En su funeral se disparó una ráfaga de balas al cielo con su máxima creación, el AK-47. Para eso sirvió su arrepentimiento.


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