Ud se encuentra aquí INICIO Opinion Mi Primera Y Ultima Vez Junto Leandro Diaz
Cartel Urbano
M

MI PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ JUNTO A LEANDRO DÍAZ

Así recuerda un joven escritor su único encuentro, corto pero memorable, con el gran juglar vallenato.

Por John Better

“La diosa coronada”. Así le decían a Yadira, una voluptuosa vecina del barrio Las Nieves de Barranquilla, donde trascurrió mi niñez. Prieta como un corozo, esta mujer era la más deseada por tener unas caderas y un busto que hacían las delicias de los vecinos cuando, altanera, se paseaba por la calle. Barrio de verbenas y fiestas era aquel donde pasé mis primeros años.

Un día cualquiera, en mitad del estropicio de equipos de sonido compitiendo por el que sonara más potente, escuché, en medio del pastiche sonoro, aquella canción, aquella inolvidable estrofa: “Señores, vengo a contarles hay nuevo encanto en la sabana / En adelanto van estos lugares, ya tienen su diosa coronada”. De inmediato, al oír aquello, se me vino a la mente la figura de Yadira con una corona del tamaño de la envidia de nuestras vecinas.

Solo hasta entrada la adolescencia me enteré de que esa canción había sido compuesta por un hombre llamado Leandro Díaz. Un compositor ciego de nacimiento que había nacido en un pueblo de la Guajira, y que ya para entonces era considerado una leyenda. Fue cuestión de tiempo para que en mi discoteca se mezclaran nombres como los de Juancho Polo Valencia, Alejandro Duran y Leandro Díaz, junto a los de Jobim, Piazolla o Jonnhy Cage. El aspirante a poeta que era yo por aquel entonces solo podía sentir envidia al escuchar frases como: “Cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”.

Muchos años después, por esas cosas del azar, una mañana de domingo de agosto estaba en Cartagena para hacer una fotografía que aparecería en una edición de la revista Soho dedicada en su totalidad a homenajear la obra de García Márquez. En la foto yo tenía que interpretar a Catarino, el afeminado propietario del burdel de Cien años de soledad. Llegué a Cartagena con una resaca del demonio. El lugar escogido para la foto fue un bar-restaurante ubicado en la zona de Getsemaní. Al entrar, al primero que vi fue al director de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, Jaime Abello, quien, más primaveral que nunca, llevaba puesta una florida guayabera que le daba cierto toque de niño grande y caprichoso. Luego me topé con otros personajes que nunca había visto, como el ex alcalde de Bogotá, Jaime Castro, quien representaría al coronel Aureliano Buendía; la bellísima actriz Andrea Guzmán, ceñida con blancos encajes para personificar a una de las prostitutas del bar de Catarino, y los integrantes de un grupo de músicos de los cuales sobresalía uno en especial. Le reconocí al segundo. Era él, Leandro, el mismo cuyas liricas han incrementado las cuentas bancarias de más de una estrella del crossover. El ciego cuyas palabras son más refulgentes que cualquier salida del sol. Luego de presentarme ante a su nieto Oscar Díaz, de y estrechar la mano de su mítico compañero de parrandas Pablo López, extendí mi mano hasta la del hombre que, además de haber tocado la tierra, describió en canciones lo que de ella provenía.

Empezó la sesión comandada por el afamado fotógrafo Hernán Fuentes, encargado de captar el espíritu macondiano. Después de casi cinco horas de disparar su cámara, me despojé de mi vestuario y mi andrógino maquillaje. Bebí, junto a otros chicos del equipo de producción de la revista, un litro de aguardiente. Solo así tuve el coraje de acercarme al hombre. Antes que sirvieran el almuerzo, me senté a su lado: “Maestro, mi nombre es…”, me presenté.

Hablé con él durante casi 15 minutos. Exalté su obra, su persona, su poesía. Yo era como un groupie sin frenos a quien el maestro soportó con toda su paciencia. El compositor de “La diosa coronada solo se limitaba a responderme asentando con su cabeza, o con frases cortas como: “muy bien, muchacho”, o “claro, claro”. Mi encantamiento fue interrumpido por uno de los músicos de Leandro. “Señor, el maestro ha perdido considerablemente la audición, así que lo más seguro es que no le haya escuchado nada de lo que le dijo”, me explicó. Al día siguiente me sentí feliz de que aquello fuese cierto, de que Leandro Díaz no hubiese oído nada de las tonterías que le dije bajo los efectos del alcohol. Ante él quizá solo fui una sombra, un fan parlotero de los muchos que al maestro le tocó soportar en vida.

A Leandro Díaz nunca le hizo falta ver o escuchar nada de lo que afuera de él mismo ocurría. Eso me quedó claro cuando, luego dejarse tomar un par de fotos junto a la sexy Andrea Guzmán, a él, la leyenda, solo le bastó sentir el rizado contacto de la cabellera de la bella Actriz para componer en segundos este verso: “A mí nadie me conoce, pero yo sigo cantando, yo con este pelo largo me paso toda la noche”.

ENCUENTRE MÁS TEXTOS DE ESTE AUTOR EN CARTEL URBANO:

JERGAS DE TODOS LOS CALIBRES

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S

Comentar con facebook