
MEDIOS ENGAÑABOBOS
¿De qué está hecha la farsa que nos ofrecen los medios de comunicación en Colombia? No cuestionamos los espectáculos que nos montan, y mientras subsista la fe hacia ellos, mientras se acepten con obediencia servil sus entramados y artilugios, seguirán engañándonos.
Por Darío Rodríguez
¿De qué está hecha la farsa que nos ofrecen los medios de comunicación en Colombia? No cuestionamos los espectáculos que nos montan, y mientras subsista la fe hacia ellos, mientras se acepten con obediencia servil sus entramados y artilugios, seguirán engañándonos.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
A punta de omisiones y referencias leves, los medios de comunicación —en especial los televisivos— han creado una realidad paralela que no produce controversias ni polémicas con fundamento. Así matan dos pájaros de un solo tiro: aseguran el dinero de sus anunciantes y mantienen quietos, bien adocenados, a sus consumidores.
Presentan, por ejemplo, a la Federación Internacional de Fútbol FIFA y a sus directivos (de modo particular al monarca de la organización, Joseph Blatter, esa mezcla de obispo inquisidor, dictador en república bananera y bandolero elegante) como un club muy exclusivo al cual nadie puede llevar la contraria, ni Dios, so pena de castigos, sanciones y condenas eternas.
Lo que diga la FIFA es verdad revelada. Sus declaraciones públicas deben ser acatadas y obedecidas por los fanáticos del fútbol, presidentes de repúblicas, comentaristas deportivos. Dueños de la razón absoluta, no van a permitir que ningún hijo de vecino venga a estropearles esos archimillonarios negocios que realizan. Por eso, si tienen que quitarse de encima a unos jugadores talentosos en procura del triunfo de sus favoritos, no les temblará la mano a la hora del soborno, el engaño, la trapisonda. Compran (y preparan) árbitros delincuenciales, sancionan futbolistas hasta declararles si es posible la muerte deportiva, deciden quiénes ganan o pierden en los torneos que coordinan. A través de las pantallas la FIFA aparece como una especie de empresa, cuando en realidad se trata de un grupo criminal equiparable a la mafia siciliana, a Al-Qaeda o a gángsters dirigidos por Al Capone.
Estos infundios van más allá de lo futbolístico. Es el caso de figurines literarios que muestran los aparatosos informadores culturales y las revistas especializadas. El símbolo mayor de esos escritores irregulares es quizá Juan Gabriel Vásquez, autor de novelas premiadas, traducidas, glorificadas en Europa y América. Con el fin de que la empresa para la cual trabaja, la editorial Alfaguara, haga pesadas operaciones comerciales con sus libros, lo han convertido en una polifuncional diva mediática. El escritor de El ruido de las cosas al caer no solo tiene más puestos que un bus, sino absolutamente todos los puestos. Es columnista de prensa, experto en fútbol, ensayista, entrevistador, hombre de mundo, colombiano preocupado por el nuevo orden mundial, amigo personal del jet–set literario internacional, y claro, cuando le queda tiempo, novelista o cuentista. Toda esta parafernalia exhibicionista va acompañada por la estampa física de Vásquez, una elaboración parecida a la de cualquier modelo de pasarela: es un hombre atractivo, con ademanes de James Bond bogotano y tics de lord inglés. La desilusión llega al leer sus ficciones, monótonas, letárgicas, vacuas. Que una obra tan superficial sea tan comprada —no se sabe si leída—, tan galardonada, solo resulta explicable debido a su promoción periodística.
Un último y bochornoso ejemplo. Tras el desastre en las pruebas PISA, los medios masivos han venido culpando a los estudiantes colombianos por el fracaso educativo del país. Informes de televisión y periódicos aluden a una juventud indiferente, ignorante y frívola, interesada únicamente en divertirse y en el dinero fácil. Sin embargo, los culpables son otros: el intocable Ministerio de Educación, que pretende mejoras en colegios y universidades a golpe de politiquería y favores personales. También las propias instituciones educativas oficiales y privadas, que han creado varias generaciones de maestros poco instruidos y mal pagados.
El periodismo no debería criticar a quienes lideran políticas educativas, pues con antelación está amordazado por el gobierno de turno, que debe aparecer como un gran facilitador educativo. ¿Sugerir que el problema de la educación colombiana es consecuencia de una política turbia que forma y paga del peor modo a sus profesores? Jamás. Según los medios, la responsabilidad es de los estudiantes. Y que ojalá en el informe de prensa la ministra de educación y las directivas de los planteles sean entrevistados en su posición de víctimas, no de propiciadores del declive.
La fiesta colectiva del fútbol dirigida por una manifestación del crimen organizado. La nueva literatura colombiana representada por un solo y flojo escritor. El desmadre educativo de este país supuestamente causado por sus propios damnificados. Este es el mundo detrás de la mentira que nos ofrecen los medios de comunicación, a los que ningún tribunal juzga, a los que nadie parece interesado en detener. Creemos a pie juntillas en los espectáculos que nos montan. Y mientras subsista esa fe hacia ellos, mientras se acepten con obediencia servil sus entramados y artilugios, no hay la menor duda de que seguirán engañándonos.
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