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MEDIO LIBRO: VIDA DE OTROS

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Esto es realmente una confesión, mi búsqueda de paz, unas ganas indomables de que juntos y amarrados por el ombligo, aceptemos que hemos dejado un buen manojo de libros a medias, solos, los babeamos y nos largamos. Engrudar mi culpa con todo respeto.

Hace varias semanas que estoy leyendo El libro de un hombre solo, de Xingjian, un doliente testigo de la Revolución Cultural China. Es una novela de cuatrocientas setenta y pico páginas; ni muy extensa ni muy enana. Después de las escasas doscientas cincuenta que llevo puedo hablar, con postura de historiador, de China en la época de Mao Zedong, del pañuelo rojo, de Laogai, en fin. No estaba buscando esa información cuando entré a la librería y vi la carátula grisácea con lomo rojo, buscaba la otra cara de la moneda, al hombre solo, amargado sin ideales ni mujer, el ser humano libre que no se amarra con nada a nadie. Buscaba —ya que estoy en mi confesionario— una lección de cómo crear un personaje misántropo, canibalizar el texto, extraer la sustancia. Esto nos pasa a quienes no vamos a la universidad a aprender lo que realmente queremos ser en la vida, nos obligamos a inventar clases y maestros en la experiencia de otros sin pagar la matrícula. A robar conocimiento sin pupitre. Que me disculpen los títulos universitarios firmados con afán por ‘vaya-uno-a-saber-quién’ López, Rodríguez o Pacheco. Lo cierto es que la novela ha servido en bastantes capítulos de somnífero. Hay largas conversaciones con una tal Margarita, escritas en segunda persona, que subrayé y estudié detenidamente. Frases —que el autor escupe cada no menos de sesenta páginas— como “Los hombres que no han perdido la cordura caerán irremediablemente en la locura, los que no han recibido malos tratos, someterán a otros(…)”, me han obligado a seguir en la lenta y cansada lectura. Pero estoy a punto de dejarlo.

No sé si deba apenarnos este abandono —yo los incluyo en mi desgracia y me disculpo—, pero así es. Hemos dejado páginas huérfanas en el zaguán de la vida, que quedan arrumadas en un cajón lleno de juguetes rotos y camisas desteñidas. Nos tomamos el atrevimiento de espetarle con aplomo “no gracias” a escritores que pasaron días y noches enteras componiendo un bulto de frases; sin vergüenza los despreciamos. No se puede hacer nada contra el hastío, contra los bloques de letras que caen de la página por su propio peso, contra los libros que no fueron escritos para nosotros, que tienen historias y mensajes para otros. Entonces amordazamos al autor y lo destinamos al silencio. Somos criminales y actuamos ante el simulacro de una experiencia ajena. Porque buena parte de lo que abandonamos en la vida —o nos abandona— se levanta y crece del mismo origen: lo ajeno. Nuestro cerebro, y nuestra alma, y nuestro corazón destila buscando lo que nos pertenece por afinidad. No podemos culparnos. Tampoco podemos culpar al que encuentra en el fútbol lo que le niega la literatura. O en el cine, o en el baile, o en el teatro, o en el amor. No culparía jamás al que se quita la vida por no encontrarla exquisita, por ser más parecido a la muerte que a la existencia.

Hace poco —ayer realmente— discutía con alguien sobre esto y me preguntaban cómo saber qué libro era el indicado, qué novela leer, en qué historia embarcarse para no naufragar en mitad del océano literario. No pude darle una respuesta y me quedé pensando hasta hoy, que me atrevo a escribir este texto. No hay una fórmula; ojalá existiera, así leeríamos sólo los libros que se parecen, en esencia, a nuestra alma. Pero hay que darle la libertad —a las novelas, los cuentos, los cómics, las crónicas… a las personas— de elegirnos, ellos a nosotros, que escojan nuestros corazones y que se vuelvan sus casas. Que nunca nos abandonen en medio de la marcha y se vuelvan nuestro sueño; y que nos quiten el sueño.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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