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MÁS SABE POR VIEJO

Ya nadie oye a los viejos. A la sabiduría de la vejez la han reemplazado la inmediatez de las comunicaciones y la frivolidad de las modas. Un poeta colombiano pierde la memoria en un país desmemoriado.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego


El poeta vivo más importante de Colombia se llama Rogelio Echavarría, acaba de cumplir ochenta y ocho años de edad y debe andar –cuando el precario estado de salud que tiene se lo permite– por calles y cafés de Bogotá con un brazalete en el cual están inscritos su nombre y su número telefónico. Porque está perdiendo la memoria a tramos largos y, a veces, olvida hasta quién es. Así lo cuenta Alonso Aristizábal en
una columna. El escritor Andrés Ospina confesó que fue imposible activar los recuerdos de Echavarría mientras redactaba la novela Ximénez. Debe ser poco lo que alcanza a evocar el autor de El Transeúnte de esos años cuarenta y cincuenta en los cuales fue periodista de El Tiempo y El Espectador.

Desde su ausencia de recuerdos, anunciada ya en aquel reportaje titulado Memoria del poeta desmemoriado, que le hizo Juan José Hoyos por 2006, Rogelio Echavarría representa el rostro actual de la gente mayor dentro de esta sociedad cambiante, dedicada a las fugaces novedades. ¿Quién quiere oír a los viejos, quién necesita sus nostalgias y enseñanzas entre los afanes de las mayorías por estar al día en aparatos tecnológicos y en poseer automóviles costosos? Nadie. O casi nadie, porque en ocasiones los ancianos les resultan útiles a parientes o familiares que pueden sacarles jugo económico si hay, por ejemplo, una propiedad raíz o un bien inmueble a su nombre. Sin embargo, en líneas generales, los abuelos estorban, no se les presta mucha atención pues dentro de algunos círculos (sobre todo los vinculados con instituciones poderosas) se cree que sus experiencias no contribuyen a esta realidad tan tajantemente diferente del mundo creado por ellos. La omisión de recuerdos del viejo poeta es comprensible: si no son relevantes, si sobran a quienes toman las decisiones y se pretenden más seguros solo por ser más jóvenes, la opción que les queda a los mayores es olvidar a la fuerza o por deterioro corporal; tal vez callar.

No obstante, la palabra y el testimonio de los ancianos es un tesoro invaluable en el que podríamos apoyarnos. Sobre todo con el fin de no seguir cometiendo los sórdidos errores y estupideces políticas, sociales y culturales que nos han distinguido durante las últimas décadas gracias a nuestras pobres nociones de historia. Si acatáramos los consejos de esa gente que ya se equivocó y ya sabe lo que es optar por uno u otro camino –con los riesgos obvios del asumir ese camino–, quizás no seguiríamos eligiendo caudillos estafadores ni salvadores milagrosos como presidentes; no continuaríamos creyéndonos el cuento flojo de que las potencias mundiales desean ayudarnos cuando en el fondo lo que buscan es saquearnos y destruirnos; nos daríamos cuenta de que ciertas propuestas artísticas no son tan novedosas ni tan vanguardistas: los viejos las hicieron antes y de pronto con más rigor, más seriedad que los recién llegados. Las demostraciones saltan a la vista. Baste citar el caso del propio Rogelio Echavarría: ya quisieran los poetas de última generación cantar la ciudad y sus conflictos como él lo hizo en su único libro.

En las sociedades orientales los ancianos son respetados y consultados con frecuencia por los menores debido al criterio certero que pueden brindar. Se supone que sus achaques, repeticiones e insistencias sirven de luz para generaciones que andan a tientas, intentando sobrellevar el presente. Aquí se los aparta, desecha y recrimina hasta el punto de llegar a opacar su voz y su presencia.

Algún día entraremos en la senectud quienes ahora nos preciamos de lucidez y vitalidad. Entonces, tarde y entre carencias, comprenderemos la valía de la memoria y de las advertencias dadas a tiempo. Por el momento esta exclusión, este desdén hacia quienes nos anteceden se mantiene y no hay garantías de que se modifique. Empero, quizá maduraremos como colectividad y, quién sabe, volvamos a oír a los viejos.

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