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MÁS MALPENSANTES, MENOS MALPENSADOS

Si los lectores de El Malpensante le paran bolas al SOS financiero que han lanzado sus editores, esta revista se salvará de la extinción. Uno de sus miles de fans escribió esta suerte de declaración de amor por una publicación que despierta admiración, respeto, repudios, envidias y odios en un país donde la cultura es la niña más ninguneada de la fiesta.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

Es increíble que la revista El Malpensante esté viva después de dieciocho años apostando a divulgar las artes y la cultura desde un país despistado, rencoroso y, sobre todo, embebido en su propia mediocridad. Pese a las circunstancias adversas —reducción de suscriptores, escasos presupuestos, limitado interés de los públicos—, sigue en circulación y continúa en su afán por propiciar debates y por educar a una población cada vez más atrapada dentro de lo inmediato y lo fácil.

Como le sucede a toda institución colombiana que no sea el narcotráfico, la política o el fútbol, a El Malpensante ya le está llegando el agua al cuello y empieza a luchar para no hundirse por completo, para no acabarse como le ocurrió, por ejemplo, a la desaparecida revista Número. Andrés Hoyos, fundador de la publicación, aprovechando su filiación con los grandes medios, ha lanzado la súplica a lectores y posibles financiadores con el fin de que ayuden a sostener esta tribuna, hoy por hoy ya un patrimonio del país y del continente.

Es comprensible. En un ámbito que ve a la actividad artística y cultural como un adorno, una distracción pasajera, leve y ojalá gratuita, en esta sociedad que invierte sin pereza si de mejorar el aparato militar y los entretenimientos televisivos o deportivos se trata, no es extraño que una simple revista dedicada a la formación en algo tan supuestamente deleznable como las humanidades o el arte, se encuentre a unos pasos de la extinción. Porque, con franqueza, a muy pocas personas en este país les importa el destino de sus alimentos intelectuales.

Hemos llegado a un estado de barbarie tal que si la revista dejara de existir los lamentos de unos cuantos durarían dos días en internet y después nuestras vidas seguirían su curso convencional, consagradas a esos temas por los cuales sí estaríamos dispuestos a meter las manos al fuego: la belleza o la fealdad de la esposa del futbolista James Rodríguez, las peleas sin fundamento entre uribistas y santistas o la mejor manera de bailar salsa choque. Así somos.

De El Malpensante y de la gente que la hace posible se ha criticado —con o sin razón— su presunto arribismo, su pretendida aristocracia, que en apariencia desconoce a estratos bajos o populares. Como si la revista estuviera dirigida solo a clases altas y acomodadas. Sin embargo, al realizar una evaluación sopesada de contenidos y aportes, es imposible encontrar en el panorama colombiano de 1996 a esta parte una publicación que haya abarcado con tanto acierto el clima cultural para todas las clases sociales en la misma medida de El Malpensante. Baste recordar la discusión acerca de la legalización de las drogas —seria, bien documentada— propuesta en un número completo, la celebrada crónica 300 días en Afganistán, escrita por Natalia Aguirre Zimerman, después convertida en un libro; o el impulso a los nuevos escritores y cronistas que ha marcado a la revista desde sus inicios. La culpa de la actual crisis no es, entonces, del aparente elitismo en los redactores o en la línea editorial, sino del desinterés de los lectores, sean del grupo social que sean.

Ayudar a la revista del mejor modo posible mediante compra, suscripción o adquisición de sus servicios no es, como piensan algunas personas prejuiciosas y malpensadas, contribuir con el negocio personal de Andrés Hoyos, Mario Jursich y compañía, sino posibilitar que continúe uno de los pocos bastiones de pensamiento y cultura escritos que le quedan a esta nación ciega. Independientemente de nuestras posiciones ideológicas o emocionales respecto a El Malpensante, la continuidad de sus labores ya se volvió una responsabilidad de todos. La preocupación queda, pues, sobre la mesa. 

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