
MARTES TRECE ¿QUÉ TE PARECE?
30/Nov/2012
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
Ya no quedan días de estos en el almanaque 2012. Martes 13, para no embarcarse ni casarse… ni, mucho menos, casarse en barcos. Martes de la mala o de la buena suerte. Martes trece, ¡Huyuyuy!... ¿Y qué? Los gringos tienen su viernes 13; los esquimales, su jueves 24... ¿No se les hace sospechoso que este día fatal ocurra en tan distintas fechas en un solo planeta? La fatalidad sucede a cada segundo 364 días al año, excepto en el cumpleaños de cada cual, cuando el karma hace un guiño de alivio para nuestras existencias de terrícolas sometidos al libreto de culebrón que es la vida.
Eso de no casarse ni embarcarse debería recomendarse para todos los días. Es ahí en donde comienzan todas las principales desgracias de la humanidad: con el matrimonio y con los viajes a otros países. La fatalidad está a la vuelta de cada esquina de este mundo angosto y ajeno (siempre todo es de alguien ya). En cada rincón callejero se agazapa un ladrón de collares, un paseador de millonarios, un violador canequero, y ellos no tienen que esperar a que caiga uno de aquellos martes asignados en el año por la superintendencia de calendarios para atacar sin acatar.
Nadie que se considere humano ha sido ajeno a la maldición del Garabato, a la ley de Murphy o la rabonada de Dios. Si pasamos bajo una escalera, el pintor en equilibrio correrá el riesgo de venirse al suelo y bañarnos con su pintura Pelos de Rosa. Si un gato negro se cruza en nuestro caminito gardeliano, será muy posible pisar su negra cola, ganarse un arañazo infeccioso y ¡pa’ la enfermería! Si regamos la sal antes del almuerzo, cientos de comensales que comen sales de diversas índoles se quedarán sin qué condimentar su comida en el restaurante ejecutivo. Si un cuchillo cae al suelo… cabe la posibilidad de que rebote parado en el mango, y se nos clave en un ojo. Si rompemos un espejo… ¡a pagarlo y a limpiar el reguero!
¿Qué más muestras quieren de que actos tan simples y cotidianos traen como consecuencia hechos fatales; pero no avatares inevitables del destino? Lo que hay que hacer es andar con cuidado por las calles, en vez de estar pensando en las del gallo o en cuándo diablos nos toparemos con un trébol de cinco hojas o con un marinero uniformado, para pedir un deseo al dios de la credulidad.
Martes trece es un día como los demás. En Bogotá y Quibdó lloverá como arroz, luego de un amanecer soleado; habrá un lindo arco iris y, luego, volverá el sol solecito para incendiarnos el patio. Cogeremos un taxi que se quedará sin frenos y se llevará diez buses escolares por delante. Una bandada de palomas de la paz pasarán sobre nuestras cabezas para cagarnos la nariz. La mujer más linda de la ciudad nos picará el ojo… con una aguja infectada de gripa; y nos quedará ardiendo durante el resto del día.... y así.
La suerte es un concepto, de los mismos creadores de la belleza, la libertad y el amor; un concepto tan antiguo como la humanidad, que, al no saber qué le depara el inexistente futuro, tiene que agarrarse de la mamá de las inagarrabilidades, que se ha tratado de domesticar infructuosamente por nuestras tontas mentes, generación tras generación.
El truco es el siguiente: no pararle bolas, no desearla, hacer de cuenta que no está allí, porque no lo está. Ella solita se deshará, como un mito en el que ya nadie cree… y se abandonará a su suerte, en medio de un camino de persignaciones, patas de conejo y placas de carro con números repetidos.
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