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LOS ROBOTS BLANCOS

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Cuando alguien me pregunta sobre música electrónica, yo automáticamente echo mano a los recuerdos: Estaba en la sala de mi casa frente a la tele, después del colegio, y unos esqueletos —sujetos disfrazados de esqueleto— empezaron a bailar con peculiar elasticidad. Se movían sobre el filo más bajo de la escalera, que era, en cuestión, todo el escenario. Luego las mujeres momia, luego los robots plateados con antenas en los cascos. Luego los tipos altísimos, luego las mujeres en bañadores de colores. Para la época (1997), lo más experimental que podía digerir nuestra hormonal adolescencia, musicalmente hablando, era a Björk o a los Beastie Boys. La canción seguía crujiendo con un beat como hecho a palmadas y los esqueletos no aflojaban sus movimientos espasmódicos, subían y bajaban escaleras al compás de un breve verso cíclico: “around the world, around theee wooorld”. Antes de terminar el video se develó en la parte inferior derecha de la pantalla, un nombre desconocido para, digamos abiertamente, toda la audiencia del país: Daft Punk. Nadie sabía lo que pasaría con la música electrónica en las siguientes décadas, pero viéndolo ahora en retrospectiva, todo estaba dicho.

Años después me enteré, viendo Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), que el video de los bailarines disfrazados también había sido dirigido por Gondry, quien a la fecha ya guardaba en su libretica de clientes los teléfonos de Foo Fighters, Björk y Radiohead. Para ese entonces la gente empezaba a bailar —a cantar— One more time, Digital love, Aerodynamic, y esa canción empalagosa que, me atrevo a decir, es la más dedicada de este siglo: Something about us.

Daft Punk, entonces, transformó los bares crossover en vibrantes pistas de baile, no por proponer algo de carácter innovador —porque ese tipo de música se hacía hace años—, sino por llevar la experimental metodología de hacer música electrónica a otro nivel. Un nivel intergaláctico donde se paseaban con la facilidad de un niño en su caja de juguetes. Digo intergaláctico: las voces tenían —aún mantienen— el mismo tono agudo en frecuencia inestable de los robots de las películas espaciales. A demás, para que esta idea consiguiera la dureza de un pan viejo, lanzaron Interstella 5555 en diciembre de 2003, que es, resumiendo, una historia extraterrestre con personajes azules que se la pasan escapando al ritmo de las canciones del grupo. Cada movimiento —musical, visual— parecía estar perfectamente dirigido por una mano idónea que los mantenía —mantiene— lejos de lugares comunes y tibiezas, atados a una evolución constante.

La música a través de los años ha vivido cambios drásticos que van en paralelo al desarrollo evolutivo —digamos evolutivo— de la humanidad. De la sociedad. La música y sus formas adquiridas en el andar representan, nos guste o no, lo que somos, o más bien en qué nos hemos convertido. Hay razones de sobra para los contenidos de hoy, para sus temas violentos y sexuales y banales y vacíos y racistas; no somos cosa diferente, repito, nos guste o no. Daft Punk, ahora, es un poco la visión de esta era digital en la que estamos, donde nos aferramos intensamente de la inmediatez de la tecnología.

El pasado 26 de enero el dueto francés recibió todo lo que a mi parecer musical tenía ganado hace años por derecha. En la ceremonia de los Grammy se llevaron estatuillas por Álbum del año, Mejor álbum dance, Mejor ingeniería de álbum, Mejor interpretación pop, Mejor grabación del año. Vestían trajes y cascos blancos, pulcros, perfecto ejemplo de su música. No musitaron palabra. No era necesario, todo estaba dicho.

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