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LOS PAISAS NO SE VARAN

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

Si continúa con la calidad demostrada hasta ahora, la Fiesta del Libro y la Cultura que se celebra en Medellín terminará por convertirse en un evento más significativo y sobre todo más serio que algunos de sus pares –publicitados quizá hasta el delirio– como la bogotana Feria Internacional del Libro o el Hay Festival de Cartagena.

Mientras el carácter de la Feria Internacional es casi netamente mercantil, la Fiesta antioqueña le permite participar a todo tipo de públicos en un sinnúmero de charlas, exposiciones y programas con una cobertura inusitada que va de los colegios a las calles, del parque Explora al Jardín Botánico. La totalidad de estas actividades es gratuita porque a diferencia de cierta concepción elitista del libro y las artes propia del centralismo capitalino, en Medellín se han convencido de que la cultura es una poderosa política pública. Un servicio a las comunidades necesitadas de acercarse a los escenarios donde se debate, se piensa y se juega. Nunca un favor que se le hace a las presuntas masas ignorantes, débiles mentales. Nunca, jamás, una mera transacción comercial entre los altos dignatarios culturales (libreros, editores, emplumados escritores) y miles de lectores a quienes tratan como si fueran plebeyos, servidumbre o chusma.

Mientras el cada vez más aristocrático y jactancioso Hay Festival se transforma en la versión literaria de los premios TV Y NOVELAS, un desfile de turistas del libro y de artistas comportándose como si estuvieran en Hollywood, en medio de unas distancias injustas que separan a las importantísimas estrellas de los insignificantes espectadores, quienes además deben pagar por estar ahí, la Fiesta cultural de Medellín lleva a los escritores hacia contactos directos con estudiantes, ancianos, padres de familia y le devuelve el valor lúdico a narradores como Julio Verne –quien, un siglo después de haber publicado sus libros aun resulta entretenido y fundamental como propiciador de la lectura-. La juerga cartagenera es excluyente, mantiene a raya al individuo del común, le brinda pésimas enseñanzas: la literatura es asunto de unos cuantos elegidos o dioses; en los contextos culturales también hay diferencias de rango y clase. La Fiesta del Libro, por el contrario, es una de las manifestaciones de inclusión social más ejemplares para este país donde reina la desigualdad. Los antioqueños están mostrándole a la población colombiana que no existen abismos entre las expresiones artísticas del mundo y las búsquedas de la gente, también que cualquiera puede acceder al conocimiento sin problema y por el tiempo que considere conveniente.

Durante muchísimo tiempo hemos configurado como nación un prejuicio dañino acerca de Antioquia y sus pobladores. Esa idea según la cual los paisas son solo mercachifles, embaucadores avispados y faltos de categoría en modales o comportamientos, queda refutada con el puñado de labores, culturales en su mayoría, que realizan ante los rostros asombrados del resto de Colombia: el multitudinario Festival de Poesía coordinado por la Revista Prometeo, la Feria de las Flores (modelo de fiesta popular en un territorio tan proclive a la celebración como el nuestro), la calidez, el empeño intelectual de editoriales, publicaciones o colectivos teatrales. Tragaluz Editores, Revista Universidad de Antioquia y el grupo de teatro Matacandelas son algunos botones de muestra. Así mismo esta Fiesta del Libro y la Cultura, cuya séptima versión acaba de iniciar.

El fomento a la cultura para gran cantidad de personas es, quizás, un último salvavidas, un oasis que le queda a este país de asesinos, ladrones y cínicos. El departamento de Antioquia, en especial Medellín, está llevando a la práctica ese propósito, para sorpresa de los elegantísimos promotores culturales bogotanos y sus cortes imperiales. También para su despecho. Algo, aunque sea a saludar, a darles la mano a los demás, tan siquiera a mirarlos, deberían aprender de los paisas los celestiales señores encasillados en la FILBO y en el Hay Festival. Les serviría mucho. Con franqueza, nos serviría a todos.

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