
"...FROM LOS ANGELES, CALIFORNIA...¡THE DOORS!"
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
Los Doors. Pocos fenómenos tan vastos, tan inabarcables en la historia de la música como las obras de ese cuarteto. Quizás no sean notorios su poder, su fuerza, pues nos hemos acostumbrado tanto a esas canciones, letras, propuestas estéticas legendarias, que es sencillo olvidar cuántos cambios vinieron con ellos y cuánta actualidad poseen.
Debe reconocerse, en primer lugar, que no han envejecido. Muchas músicas de los años sesenta, desde el rock psicodélico hasta los últimos movimientos de twist y rock and roll basado en dos guitarras, bajo y batería suenan hoy a reliquias, respetables pero arcaicas. Los Doors, por el contrario, permanecen frescos, ágiles, después de casi cincuenta años. Un modo de constatar esto es observando a los adolescentes de nuestros días fascinándose con melodías como “Love me two times” o “L.A. Woman”. Entienden la amplitud de emociones que despierta el conjunto californiano: sonidos para bailar, exaltarse, entristecerse, pensar y amar. El brillo, también el abismo que prodigan los poemas cantados y escritos por Jim Morrison en compañía de la magistral música compuesta por Robby Krieger, John Densmore y, sobre todo, Ray Manzarek siguen siendo la banda de sonido del momento presente, una época tan parecida a aquellos sesenta de guerras e idealismos, condenada al temor, al límite o a la fiesta.
Resulta muy difícil comprenderlos como unidad debido a que siempre algunos públicos masivos prefieren quedarse con minúsculas partes del legado. Así, existen facciones que niegan a los Doors por fuera de su canción más popular, “Light my fire”, o verdaderas oleadas de adoradores y devotos del ícono creado en torno a la estampa, vestimenta y belleza física del vocalista, quien ya es un ídolo indiscutible por sí solo gracias a estos atributos, sin necesidad de oírlo ni de tomarse un momento para reflexionar en sus textos, aportes inobjetables no sólo al rock sino a la música y a la literatura mismas. Tanta admiración superficial no permite advertir lo que el grupo representó y en cierto modo representa. Cuando lo correcto era ser hippie y comprimir los discursos a las palabras amor y paz, los Doors se inclinaron por volver complejas sus letras, por hablar del desenfreno y de la poesía individuales como respuestas a las masificaciones, a los rebaños ideológicos excluyentes (radicalismos raciales o políticos). Hoy el rock es un negocio industrial y si alguien estuviera interesado en recuperar la libertad, el carecer de amos para esta música, debería empezar por dejarse influir de ellos, enemigos de dogmas y gregarismos.
Hace cuarenta años murió Jim Morrison, el rostro poético de los Doors, un ángel maligno que no se permitió llegar a la vida adulta. En esta última semana se fue su contraparte, el pianista Ray Manzarek, metódico, sereno, con quien fundó el cuarteto hacia 1964 y con quien se mantendría trabajando creativamente durante los siguientes ocho años. Manzarek, ya anciano, dejó este mundo convencido de haber creado sonidos inolvidables, enigmáticos y pegajosos a la vez. Uno creó la inmortalidad que el otro alcanzó a ver en vida. Esa alianza impresionante entre poesía y música, entre beligerancia y rigor artístico, seguirá siendo los Doors por mucho tiempo. Y por fortuna para los que, sin mandato ni imposiciones, se niegan a abandonar el espíritu joven.
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