
LO MATARON POR CHISTOSO
fotos: Daniel O.
Han existido mejores y peores comediantes que Jaime Garzón. Pero ninguno como él. Por denunciar con humor lo que otros por temor callan, hoy hace quince años lo balearon a pocas cuadras de la emisora donde trabajaba.
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Este país ha tenido mejores cómicos que Jaime Garzón. Superar la hondura en dibujos y hallazgos verbales de un Ricardo Rendón o un Héctor Osuna es casi imposible. Nadie triturará ni desenmascarará con la misma clase y elegancia a los políticos que el columnista Lucas Caballero Calderón, más conocido como Klim. Los tipos humanos de los cuales se burló la libretista televisiva Alicia del Carpio han sido copiados por casi todas nuestras telenovelas a veces ignorando que su fuente está en la suspicacia y la picardía de esa señora. Ya quisieran los humoristas de La Luciérnaga o El tren de la tarde alcanzar la precisión que tuvieron en su día Humberto Martínez Salcedo o Moure y De Francisco dentro del medio radial. Para no hablar aquí de cuentachistes ni de imitadores pedestres: los ha habido desde siempre con más impacto y gracia que Garzón durante su época gloriosa, y para probarlo basta mencionar a gente como Guillermo Zuluaga ‘Montecristo’, a Los Tolimenses o a la olvidada Jaqueline Henríquez de Chispazos.
El humor en Colombia es agresivo, violento y quizá también sea el espejo más preeminente de nuestras agónicas situaciones. Aquí no podrían darse fenómenos como Les Luthiers o como Juan Verdaguer porque sencillamente no pertenecemos a una nación sosegada ni serena. Los asuntos en nuestro territorio se resuelven a la brava, mediante amenazas, machetazos, coacción y bala. Desconfiamos mucho los unos de los otros como para reírnos de las vicisitudes simples de la vida o de nosotros mismos. Y resulta inútil pedir finura o sutileza británica a un ámbito donde la comedia popular se solaza con verdaderos monumentos a la escatología del tamaño de la Nena Jiménez o del Negro Palomino.
Cuando no es burdo, cuando no es el producto de un interés mórbido hacia las bajezas humanas, la comedia colombiana se dedica al escapismo y a negar la realidad. Por eso multiplica como conejos a los humoristas de corte norteamericano, esos superficiales habladores de Stand up comedy que poseen a su dios, el cienciólogo y retardado verbal Andrés López. Estos personajes se dedican a hacer mofa de costumbres y de idiosincrasias, igualando a sus públicos con ellos, indiferentes ante los conflictos sociales que vivimos cada día. Es un tipo de humorismo basado en el miedo a lo que realmente ocurre en la sociedad. Se conforma como el avestruz, con tapar los ojos y esconder sólo la cabeza mientras ríe atemorizado. Colombia ha tenido cómicos pésimos que jamás podrán igualar a Jaime Garzón. Hoy por hoy son la mayoría y son los más exitosos. Eso inquieta, aunque no sorprende: delante del horror es cómodo huir.
Sin embargo, Jaime Garzón entendió desde el inicio de su carrera la desgracia en la que le había correspondido vivir. Y juntó a su talento e inteligencia las características del comediante prosaico al estilo colombiano, así como los efectos y las maneras del bufón que le gusta ver al televidente promedio. Su ejemplo y opiniones quedaron incrustados en la generación que lo vio a través de la pantalla, pues no solo provocaba carcajadas sino invitaba a pensar. La prueba reina de esta inigualable forma del humor puede hallarse en esas sentencias acuñadas por él, que sus admiradores aun repiten: “Joven periodista: gradúate de bachiller”, “Y el gringo ahí”, “Cómo es la güevonada”, “Y que Dios los perdone”. Además de payaso mediático que golpeaba en las rodillas a quienes entrevistaba y decía en público lo que nadie por pudor, miedo o vergüenza se atrevía a decir, Garzón nunca ocultó sus simpatías hacia la izquierda y contribuyó a denunciar y a mediar ante crímenes oprobiosos como el secuestro.
Fue más que un humorista.
Por eso lo asesinaron hace quince años. Y desde entonces los nexos entre humor y opinión política vistos por Colombia se resquebrajaron sin remedio. Gracias al paramilitarismo y al silencio cómplice del Estado —que aprobó su muerte— todo volvió a su cauce acostumbrado: los cuentachistes no se sobrepasan con sus jefes de turno y los otros, caricaturistas, columnistas, libretistas, hacen su trabajo entre la mesura y el espanto. Tras su asesinato la sátira política se ha polarizado, autocensurado o pulverizado. Porque el ambiente intolerante se recrudeció. Y ahora, cuando a alguien no le gusta un chiste tiende a eliminar sin piedad al que lo dijo. Una actitud contra la cual luchó Garzón a lo largo de su breve periplo en los medios.
Han existido mejores y peores que Jaime Garzón. Pero ninguno como él.
Lo que lo hizo fundamental y lo mantiene vigente es algo muy difícil de encontrar en un comediante, algo que quizás sólo el creador de Heriberto de la Calle, Dioselina Tibaná y Emerson de Francisco ha conseguido en la triste historia de nuestro humorismo.
Fue un valiente.
Y eso en Colombia se paga con sangre y dolor. Se paga con la vida.
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